Apenas estrenado el calendario, este 2026 ya nos golpea con dos noticias estremecedoras que estarán con seguridad en el inventario de los hechos significativos del año: el incendio en el bar Le Constellation, en Suiza, con 40 muertos y 115 heridos, y el secuestro del dictador Nicolás Maduro.
Con estos dos hechos en la mochila, todavía quedan 50 semanas de futuro en blanco por escribir, en esa coautoría recurrente entre los seres humanos, la naturaleza y las fuerzas del destino (el azar o Dios). Pueden suceder muchas cosas y solo podemos estar seguros de que entre esos hechos que irán convirtiendo la bruma del futuro en datos de la historia estará lo verdaderamente imprevisto; lo que no está ni en el radar de los augures más perspicaces.
Sin embargo, el presente ya nos anuncia bifurcaciones para la especulación. La primera ha sido resuelta. Ya sabemos cómo EEUU planeaba deshacerse de Maduro, y cómo quiere que se gobierne Venezuela de aquí en adelante.
Dice un titular del NYT del sábado pasado:
"Trump dice que EEUU gobernará el país tras la captura de Maduro. El presidente ofreció pocos detalles sobre cómo lo hará y durante cuánto tiempo, pero dijo que su industria petrolera ganaría mucho dinero bajo el liderazgo estadounidense”.
¿Drogas, democracia, derechos humanos? No, señor; petroleo y plata.
A quien esté justificando dicho secuestro con el lema de San Expedito “no había otra” le pregunto: ¿le dispararías a un maleante que se está llevando a tu hijo? Evidentemente, el dilema es otro si el secuestrador se está llevando a su sobrino o tus joyas. Es decir, si la legalidad no te importa mucho o si metes el petróleo en la ecuación, la respuesta cambia.
Lo que llama la atención es que, considerando la cantidad de dictadores y democracias quebradas en el mundo, hubiera tanta preocupación por una de ellas. Sospecho que, además de la proximidad con el MAS, la propaganda ha jugado un papel en esa preocupación selectiva. Pero esta no se ha trasladado a un pesar por la ilegalidad de lo sucedido, como si la democracia no fuera de la mano de la ley.
Al mejor estilo del imperialismo siglo XIX, el secretario de energía de EEUU ha anunciado que “controlará la venta del petróleo venezolano de manera indefinida”. ¡Maldito petróleo! Con esto, Venezuela perderá democracia y soberanía. ¿No era mejor dejar que el secuestrador se lleve al niño y lo recuperes después con vida?
Edmundo González ha declarado que el nuevo presidente es él, pero por el momento tenemos a la muy chavista Delcy en la silla presidencial con el apoyo de los militares y el parlamento, igualmente chavistas. Todos dicen que se van a portar bien, pero en estos días la represión del aparato chavista ha aumentado.
Después de las experiencias de Iraq y Libia, los gringos saben lo que es el caos postdictatorial y nunca han tenido pruritos democráticos con un orden represor, con tal de que las empresas petroleras puedan trabajar en paz. Trump ha dicho estos días que piensa quedarse “muchos años”; así que, guarden las banderitas; no hay verdadera democracia a la vista.
En contraste, aquí, cuando se terminó el ciclo del MAS, este se fue con un soplido, dejando solo las huellas de la corrupción, las arcas vacías, el empoderamiento de los movimientos sociales, pero un país más inclusivo. Hemos mostrado al mundo cómo se hace sin sangre ni fusiles extranjeros. Con veinte años de costos, sí, pero esa es una factura social que venía de antes y no hemos terminado de pagar.
Entre los detalles del plan norteamericano no aparece Corina Machado. La abanderada de la democracia y dizque de la paz clamó por la intervención militar norteamericana y los gringos se la dieron, pero no el poder que quizá ella esperaba. Ahora Trump dice que ella “no tiene el apoyo del pueblo venezolano” (había excusas mejores) y que no habrá elecciones a corto plazo. De nada ha servido que le dedique su Nobel. ¡Ingrato! Pero ella sigue en modo llunku y ha declarado que el secuestro ha sido “un enorme paso para la humanidad”. La humanidad, nada menos.
¿Qué papel jugará entonces Machado en el nuevo escenario? ¿Títere para la galería? ¿Enviada especial para la paz? ¿Candidata en fila de espera? A estas preguntas sobre Venezuela podemos sumar otras:
Sigamos con la política continental. Al inicio de este su segundo mandato, Trump ha prometido retomar el Canal de Panamá y hacer de Canadá el 51° estado de su país. Hace unos días ha amenazado hacer en Colombia lo mismo que en Venezuela y ha vuelto a hablar de ocupar Groenlandia. Al respecto, Stephen Miller, asesor del presidente, explicita las leyes que orientan sus acciones:
"Vivimos en un mundo que está gobernado por la fuerza, por el poder", dijo. “Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos."
Y, para que no queden dudas, Trump ha advertido que "El dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a ser cuestionado". Así, cualquiera entiende.
Dinamarca ha protestado, señalando que atacar un país de la OTAN puede tener consecuencias graves. Rubio ha aclarado que su país prefiere comprar la isla –como si todo fuese cuestión de plata– pero no excluye el uso de la fuerza. Quizá sea una táctica de negociación. Los isleños dicen que no están en venta; quizá también como táctica. Entonces, ¿será por plata, con botas o nones nomás?
Después de lo de Caracas podemos imaginar la preocupación de los países amenazados por esas “leyes de hierro”. A su vez, chinos y rusos observan con interés, pues tienen mucho que ganar; los primeros con el precedente y los segundos con el debilitamiento de la OTAN. ¿China se atreverá con Taiwán?
Lo indudable es que rige un nuevo orden mundial (o el viejo orden se ha quitado la máscara) y los mandatarios al sur del Rio Grande, con pocas excepciones, saben que la soberanía de sus países es contingente y si no se portan bien “viene el diablo blanco y zas, les corta las alitas, chacapumba, chacapumba…”. ¿El próximo será Cuba, Panamá o Nicaragua?
En la lista de incertidumbres tenemos la salud de Donald Trump, a quien de tanto tomar aspirinas –lo dice él mismo– le están apareciendo moretones en el cuerpo. Los de las manos se han visto en la televisión, los demás preferimos no ver. A esto se suma la hinchazón en los tobillos y la cada vez mayor frecuencia con que se duerme en las reuniones. Nada de esto es mortal, pero unos chamanes peruanos han predicho para este año “una grave enfermedad para el presidente estadounidense” (CNN, 30/12/25). Esto ya es más serio. Clarito ha de ser.
En el ámbito internacional, el conflicto ruso–ucraniano pesa sobre Europa y no obstante los anuncios de progreso hacia la paz, todavía no hay nada concreto. El débil Zelenski hace lo imposible para mantener la compostura en un ingrato ir y venir en que su país es el que más tiene que perder, pero los que deciden son Trump y Putin. El juego del primero, excepto obtener el Nobel de la paz (este año sí que sí) no está claro, mientras que Putin, adoptando la probada táctica estalinista, no muestra querer ceder sus avances territoriales y de excluir a Ucrania de la OTAN de manera definitiva. ¿Habrá paz este año?
En el ámbito nacional sobran interrogantes sobre el futuro inmediato de la economía y la política. ¿Logrará Rodrigo poner en vereda a los movimientos sociales o estos le doblarán la mano? ¿Cuál será el nuevo precio oficial del dólar? ¿Vendrán las inversiones? ¿Logrará el turismo ser un pilar de la economía?, ¿Será el año del litio? Yo apuesto a que, a pesar de los sobresaltos, errores y peleas inevitables, nos irá bien, pero el riesgo que más me intriga es el papel del capitán.
El individuo, en lugar de ser parte de la solución, se ha convertido en un problema por sí solo y todavía no se vislumbra la solución. ¿Logrará el Gobierno arrinconarlo y anularlo institucionalmente? ¿Aparecerá un caso de corrupción en su pasado policial que lo desacredite y lo obligue a renunciar? ¿Una junta médica lo declarará incapacitado para gobernar? O, al contrario, ¿consolidará un espacio de poder propio que le permita ser un incordio permanente?
Sobre la última pregunta, es concebible que Evo Morales juegue un papel, pero para eso tendría que poder actuar políticamente, aunque sea desde el Chapare. Si termina jugando cacho con Maduro, será más difícil. Entonces, ¿Chapare o Nueva York?
En 2026, habrá elecciones presidenciales en Brasil y Colombia, además de Costa Rica, Perú y Haití. ¿Se mantendrá el giro regional hacia la derecha? ¿Lula será reelegido?
Finalmente, para aligerar esta serie de interrogantes, una pregunta importante en el corazón de los bolivianos es ¿llegará la Verde al Mundial? Y, ¿qué país ganará la Copa?
Estas son algunas preguntas referidas a hechos concretos. Mientras tanto, habrá otras evoluciones significativas como el papel de la inteligencia artificial en la vida cotidiana, el avance de la mujer, la implosión demográfica, el deterioro de las democracias, el calentamiento global, etcétera, que seguirán cambiando el mundo, y que harán que sea un poco diferente a final de año, pero no irreconocible; a menos que…
Preguntas en todos los ámbitos no faltan. Los lectores tendrán las suyas. Ensayen respuestas y guárdenlas. En diciembre con seguridad nos asombraremos con lo que fue y lo que no.
Jorge Patiño Sarcinelli es escritor boliviano.