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Sin embargo | 06/02/2026

El animal que ríe

Jorge Patiño Sarcinelli
Jorge Patiño Sarcinelli
La frase que más gusta repetir a los periodistas es que una función de la prensa es cuestionar al poder. Siendo así, el humor debiera estar en su arsenal de aplicación cotidiana. La risa puede ser subversiva y pinchar es también una forma de cuestionar. Pero nuestra prensa ha dejado de cultivar su vocación natural por el humor. 

Algo similar podemos decir de los políticos. Goni es, que yo recuerde, el último exponente del humor inteligente en la política. Tuto, Mesa, Samuel y Manfred son todos nulos en ese terreno. Andrónico, por tímido, me parece, no se animaba, Evo decía solemnes estupideces y Jaime Paz provocaba risas por sus ocurrencias. 

A Rodrigo le brota fácil la sonrisa y a medida que vayamos sintiendo que cunde el optimismo en el país y el olor de las cloacas se vaya disipando, esperemos que se relaje y nos suelte alguna broma. Por el momento está muy acartonado, demasiado consciente de la imagen presidencial que quiere proyectar.

El humor es agradable y catártico, y también es una cosa seria y muy compleja. La risa mueve más músculos y tiene más variantes que el llanto, pero mientras que para las lágrimas es fácil establecer razones, las de la risa todavía no han sido del todo descifradas. 

Dice Mary Beard en un libro reciente (La risa en la Roma antigua, 2024):

“Durante más de dos mil años, la risa ha desconcertado e intrigado. La teorización sobre su naturaleza ha ido de la mano de la imposibilidad de resolver su misterio. El fenómeno exige explicación, pero desafía nuestros intentos”. 

Así que, dos mil años después, seguimos volviendo a las pistas que dejó el gran Aristóteles, quien dijo que el hombre es el animal que ríe y cuyas tesis sobre el humor se supone que estaban en la desaparecida segunda parte de su Poética; tema de El nombre de la rosa.

Quien se pregunte por qué debería interesarse por el humor de una civilización de hace dos mil años, considere lo siguiente: si hemos heredado de los romanos las raíces de nuestra lengua y el lenguaje es una de las fuentes más fértiles de la risa, no es imposible que hayamos heredado por la misma vía el gusto por el humor. 

Entonces, ¿podemos reírnos de los mismos chistes? Probémoslo con dos ejemplos:

“Ese hombre era tan mezquino que en su testamento se puso como único heredero”.

“Anoche me soñé contigo”. “¡Imposible, estaba en el campo!”. (Los romanos llevaban más al pie de la letra sus sueños, por considerarlos proféticos).

Un romano que viera estos ejemplos protestaría argumentando que su humor era más sofisticado que eso y señalaría alguna de las varias comedias que han sobrevivido, donde, además de los juegos lógicos, aparecen el erotismo, los juegos de palabras y enredos que, con algunas variaciones, han llegado a nuestros días en las telenovelas brasileñas.

Para explicar la risa, se han propuesto tras mecanismos (cito a Beard): 

“La primera teoría sostiene que la risa es una forma de burla. La risa, en otras palabras, siempre tiene una víctima. (…)

La segunda se conoce como la teoría de la incongruencia y ve la risa como una respuesta a lo ilógico o inesperado. (…)

La tercera es la del alivio. En su forma más simple, esta hipótesis ve la risa como el signo físico de la liberación de energía nerviosa o emoción reprimida”.

Diga el lector en cuál de estas categorías entra nuestra perla de la sicología: “quien a solas se ríe, de sus travesuras se acuerda”; walaycha en su formulación, pero universal en su aplicación. 

El chiste, según Beard, es un invento romano, pero la sonrisa, “al menos en Occidente latino, fue una invención de la Edad Media”. Yo creía que la sonrisa había sido eterna.

El humor y la risa son culturalmente determinados y hay una gran cantidad de chistes que sobreviven como refritos a través de los tiempos. Muchos de los mejores chistes que conocemos, una vez que les quitamos el ropaje de la circunstancia, obedecen a la misma lógica cómica de sus variantes. 

No todos los chistes se trasladan igualmente bien. El gusto de los alemanes por el humor fecal, el de los gringos contra las rubias y el de algunos países por la homofobia y la misoginia son marcas registradas. Nosotros tampoco estamos libres de volcar nuestros prejuicios misóginos y racistas al humor (generalmente el de mal gusto). 

Entre los rusos predomina el chiste político (¿cuándo no?), por ejemplo:

“Un chiste comunista solo es bueno si todos se ríen”.

Debemos separar la risa de los mecanismos que la provocan; el chiste es uno de ellos, pero en casi todas las culturas la gente se ríe de las imitaciones imperfectas, como los monos, y de alguien que pisa una cáscara de plátano y cae estrepitosamente. Cuanto más estrepitosa es la caída, mayor la risa; aunque después corramos a socorrerlo. No es muy lógico.

Mary Beard hace notar que: 

“Una forma de marcar la diferencia entre grupos sociales es que ríen de forma distinta y de cosas distintas”; observación que se aplica a romanos y bolivianos. Pero las personas tienen también sus formas particulares de risa. Con los ojos cerrados, yo reconocería la risa de mi amigo C entre mil otras. 

Las risas se parecen, pero el vocabulario de la risa es propio de cada lengua. En castellano solo tenemos cuatro vocablos: risa, carcajada, sonrisa y risotada. Las demás variantes del acto físico de reírse, como morirse de risa o desternillarse de risa, risa irónica, risa cruel, etc. denotan gestos específicos, pero usan la misma palabra. En este aspecto, el inglés nos supera, pues ofrece: (to) smile, laugh, chuckle chortle, giggle, titter, snigger howl, guffaw, grin, vean y smirk. 

Una curiosidad lingüística (¿o sicológica?) es que muchos idiomas del mundo, del francés al árabe, del ruso al japonés, existe la expresión “morirse de risa”, con pocas variantes de enunciado. El alemán tiene “sich tot lachen”, que es más bien matarse de risa, y el más sintético latín tiene “risu mori”. Como dato histórico tenemos al pintor griego Zeuxis, quien se decía que murió de tanto reír, pero es poco probable los chinos lo hayan sabido.

A propósito, lo que no falta es un estudio similar sobre el humor de nuestras culturas; cuestión que, por razones obvias, debería interesarnos más que el de los romanos, pero sospecho que no es lo suficientemente seria como para despertar el interés de nuestros estudiosos. 

La cuestión no es sencilla, pues si preguntamos a un aimara o quechua parlantes de hoy, quizá sepan algún cuento trasladado a sus idiomas, como aquel “Jesusito, Jesusito, tráeme la escopeta que esa paloma está otra vez rondando a tu mamá”, que obviamente no puede ser precolombino. La cuestión es ¿de qué se reían los habitantes del incario? Hasta donde he podido averiguar, el Inca Garcilaso no dice nada al respecto. 

Cierro con una anécdota. Se cuenta que un día apareció en Roma, venido del interior, un hombre muy parecido al emperador Augusto. Tanto llamó la atención la semejanza, que este lo hizo llamar. Cuando lo tuvo delante, queriendo ser gracioso, le preguntó si su madre había estado alguna vez en Roma. No, contestó el hombre, pero mi padre venía a menudo. A lo que el emperador reaccionó con una bella carcajada, mostrando una bonhomía que no siempre muestran los poderosos.

Dos mil años después, en un mundo totalmente distinto, descubrimos que tenemos escondidas las claves culturales que nos permiten disfrutar del humor divertía a los romanos. Interesante, ¿no?

Jorge Patiño Sarcinelli  es escritor boliviano.


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