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Sin embargo | 13/02/2026

Bolivia será camba

Jorge Patiño Sarcinelli
Jorge Patiño Sarcinelli
Un inesperado diálogo con uno de los intelectuales cruceños de más prestigio, Carlos Hugo Molina, me ha devuelto a la reflexión sobre uno de nuestros problemas nacionales trascendentales: el papel de Santa Cruz en el desarrollo político del país. 

En esta frase introductoria, quiero llamar la atención sobre cuatro conceptos que no están ahí por casualidad: problema, trascendental, Santa Cruz y desarrollo político. Pero antes de explicar mi intención en esas palabras, quiero recordar que Molina ha tenido un distinguido paso por la función gubernamental y ha dejado su sello en una de las importantes medidas de reforma del Estado; la Participación Popular. Nunca inactivo, ahora se ha lanzado en una quijotesca cruzada para convertir el turismo en motor del desarrollo. Espero estar equivocado en mi escepticismo al respecto, pero el futuro tendrá, como siempre, la última palabra.

En lo que Molina y yo coincidimos es en la preocupación, enunciada en la introducción, sobre el papel de Santa Cruz en nuestro desarrollo, que deberíamos compartir todos los bolivianos, cambas y collas de izquierda y derecha. Para eso, basta querer lo mejor para Bolivia. 

Digo que es un problema porque es algo para lo que podemos formular y trabajar soluciones; no basta esperar que ellas aparezcan; y que es trascendental porque lo que hagamos (o no hagamos) será determinante en el rumbo que siga el país. Me refiero al desarrollo político porque el papel de Santa Cruz en el económico y social será determinado por fuerzas imparables que no necesitan guía; en cambio lo político está por definirse y construirse. Y me refiero a Santa Cruz, y no a todo al Oriente, porque el liderazgo –ejercido o esquivado– corresponde a esta región específicamente, con todo respeto por los conciudadanos benianos y pandinos. 

Es una perogrullada que el camino que nos llevará hasta el futuro comienza en el ahora, pero como en tantas otras verdades que parecen triviales, cuando analizadas a la inversa nos ofrecen claves que a primera vista no aparecen. En este caso, en lugar de enredarnos en las infinitas complejidades del presente como punto de partida, podemos comenzar preguntándonos cómo será ese futuro al que podríamos llegar. Concretamente, ¿cómo será Bolivia dentro de 50 años?

Cuando se habla de definir grandes objetivos, el futuro es una visión, y la mía es que esa Bolivia de dentro de 50 años, cuando ya no estemos aquí ninguno los que ahora pensamos estos problemas, ni los que sabotean las soluciones, es que Bolivia será tropical, se parecerá más a Guatemala que a Nepal, más a Colombia que a Chile. El icono que nos represente ya no será el lluch’u sino el sombrero de saó. 

Cuando pensamos en construir soluciones, está implícita la idea de que ese futuro no caerá del cielo, sino que será el resultado de una construcción deliberada pero realista; es decir, en el espectro que combina lo posible con lo inevitable. 

Y si esa Bolivia tropical es viable, es porque Santa Cruz habrá asumido el liderazgo que corresponde a su peso económico y social. Es decir, si aceptamos esta visión de país como norte para orientar nuestro desarrollo, es insoslayable que Santa Cruz asuma más temprano o más tarde ese liderazgo. Ahí es donde entra la cuestión del desarrollo político del primer párrafo.

Así como Santa Cruz ha mostrado en las últimas décadas el empuje económico y social que la ha hecho merecedora del calificativo de “locomotora del desarrollo” y otros, en lo político su contribución no ha estado a la altura de lo económico. Santa Cruz ha sido un Hércules con cabeza de chorlito; y no es porque le falten inteligencias, sino porque estas no se han empeñado en asumir el liderazgo que les corresponde por su peso económico.

Ningún observador podría negar el peso económico y político que tienen los emprendedores alteños, pero una dinámica basada sobre todo en el comercio, en parte informal y hasta ilegal, nunca tendrá el potencial constructivo de una economía productiva como la cruceña. De lo que se trata es de que este potencial se deshaga de sus rémoras y realice su plenitud.

No son nuevas estas observaciones y la respuesta que se les da habitualmente es que los cruceños inteligentes –que no son pocos– están más empeñados en hacer negocios que en las ingratas cuestiones de la política y la disputa por el poder. 

Sea cual sea la explicación, cabe a los propios cruceños como sociedad reconocerlo y cambiar de actitud. De una cosa podemos estar seguros, nadie irá a ofrecerles el poder en bandeja, a pedirles por favor que lo asuman. Los liderazgos se pelean y se arrebatan, o se los deja pasar.

Entonces, la siguiente pregunta es ¿cómo se logra ese liderazgo? La primera condición obviamente es quererlo, la segunda es adquirir la estatura reconocida que haga que ese liderazgo sea incuestionable, la tercera es imponerse desde su propio centro, ser una fuerza centrípeta que atrae y que aglutina; ser energía generosa que recibe y suma; ser crisol de la bolivianidad; en otras palabras: ser grande de alma. Esto no es fácil, pero es posible.

Jorge Patiño Sarcinelli es escritor boliviano.




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