Quiero comenzar estas reflexiones celebrando el nombramiento de Mario Requena como nuevo director de la Autoridad de Supervisión del Sistema Financiero (ASFI). Este es un paso importante hacia la consolidación de la supervisión financiera y bancaria en particular; la que, como lo mostró el episodio del Banco Fassil, dejaba mucho que desear en toda la cadena.
Difícilmente yo podría decir algo que Requena no sepa, pero es papel de los analistas hacer reflexiones que las autoridades no siempre se sienten cómodas de compartir con el público por el peso que tienen sus palabras en la estabilidad del sistema y la parquedad y ecuanimidad a la que están obligadas por este motivo.
Quede claro, en todo caso, que, ante la ausencia de información real actualizada sobre el detalle de los estados financieros de los bancos, las observaciones que hago aquí son de tipo general, como alimento para la discusión.
El único dato que voy a usar es de conocimiento público. El Banco Unión, que es propiedad del Estado, es el más grande del sistema en número de clientes, agencias, activos y depósitos.
Este banco terminó en las actuales manos como resultado de una de esas historias que abundan en los sistemas financieros del planeta, donde los gobiernos se ven obligados a hacerse dueños de algo que no desean. Sin embargo, en la filosofía estatista del MAS, esta propiedad fue en realidad bienvenida porque le permitía ser un actor importante en el sistema financiero.
Pero a los gobiernos del MAS no les bastaba tener un banco más, sino que, teniendo el control de la normativa, fue dándole a su banco ventajas competitivas y el monopolio de ciertas operaciones, como ser el único pagador de los salarios de la administración pública.
Ahora bien, si el actual presidente ha descubierto “cloacas” en varias unidades estatales, debemos suponer que esta realidad no es resultado del acaso, sino de la ineficiencia y varias formas de corrupción propias de una forma de gobernar, que no es invento del MAS, pero que este ha llevado más allá en la osadía.
Se podría argumentar que el referido banco era la excepción y que mantuvo una total pulcritud en sus operaciones porque era una entidad regulada y supervisada. A esto debemos responder que esa supervisión la realizaba otro brazo del mismo Estado, ya que la ASFI dependía –y, de hecho, sique dependiendo– del Ministerio de Economía y Finanzas. ¿Actuaba ella con el rigor necesario cuando se trataba de una entidad a la que el mismo jefe podía decirle que use mano blanda?
Por ejemplo, ¿cuántos de los miles de préstamos han sido realizado sin las debidas garantías porque el prestatario era un compañero del partido o un pariente? No lo sabemos; determinarlo no es sencillo, pero debemos suponer que el equipo de Requena lo está haciendo.
Es bueno también mencionar que ese monopolio del manejo de las cuentas de los servidores públicos impone a todos ellos el mal servicio de este banco. Si el lector no lo sufre, pregúntele a un amigo.
En lenguaje de crisis financieras, cuando un Gobierno determina que un banco es insolvente, puede intervenirlo, liquidarlo o salvarlo, para lo cual hay varios esquemas posibles, pero todos con costo para el Estado, que es siempre el dueño del subsuelo. Cuando el banco es grande y se teme que su liquidación afecte la estabilidad del sistema, en jerga de crisis se dice que es too big to fail; es decir, demasiado grande para dejarlo caer.
En el caso del Fassil, el cáncer era tan avanzado que se optó por el cierre. No sabemos cuáles fueron (o todavía serán) los costos para las arcas públicas. Pero cuando un banco insolvente es demasiado grande en proporción al sistema, se dice que es too big to save. Es decir, ni el Tesoro nacional tiene suficientes recursos para salvarlo.
En el improbable cierre del Banco Unión, además del aspecto financiero del tamaño de la cartera a ser transferida o absorbida y la devolución de esa cantidad de depósitos, se tendría que considerar su papel en la cadena de pagos. Al ser el banco pagador de los funcionarios públicos y tener más agencias en todo el país que cualquier otro banco, su cierre exigiría mucho cuidado. No creo que se llegue a eso.
Quiero aprovechar que he tomado la palabra sobre estas cuestiones para hacer algunas sugerencias para la consideración de las autoridades correspondientes:
Considerando lo argumentado arriba, el Gobierno debería desinflar el Banco Unión, quitándole el monopolio del manejo de las cuentas públicas. No solo esto es innecesario, sino que tiene como consecuencia la existencia de un megabanco en manos del Gobierno, cuya operación es una responsabilidad innecesaria y que además de ineficiente, implica riesgos.
En una segunda etapa y después de la debida preparación, el banco debería ser privatizado. No tiene sentido que el Estado compita con el sector privado en un mercado en el que no suma. El banco vale por su base de clientas, su red de agencias y su nombre. Esa platita no le vendría mal al Gobierno y hasta podría ser una manera de atraer inversiones extranjeras deseosas de sumarse al despegue.
Otra cosa distinta son los bancos de desarrollo y de segundo piso como instrumentos de desarrollo, con estrategias y políticas de riesgos adecuadas a este objetivo, y cuya función primordial es ofrecer recursos de más largo plazo que la banca privada, que está limitada en este aspecto por normas prudenciales en el descalce de plazos, ya que su financiamiento depende mayormente de depósitos del público, típicamente de corto plazo en promedio.
Si se quiere canalizar recursos al sector privado para la reactivación económica -del BID por ejemplo, como se ha anunciado-, se le podría dar nueva vida al Banco de Desarrollo Productivo, con perfil y misión más ambiciosos.
Finalmente, pero no menos importante, se debe devolver a la ASFI la independencia respecto del Poder Ejecutivo que tenía la Superintendencia de Bancos; una de las más fuertes de la región en sus buenos tiempos. Esas fuerza e independencia son importantes en el día a día de la supervisión y más aún en los escenarios de crisis, que esperemos que no ocurran, pero que no se pueden excluir.
Al final de cuentas, como dice un viejo refrán: capitalismo sin quiebras es como religión sin pecados; y el manejo de un banco, como bien sabemos, está lleno de tentaciones. Las autopsias han demostrado el resultado de los deslices resultantes, una y otra vez.
El autor fue Superintendente General del Sistema de Regulación Financiera (SIREFI) en Bolivia.