Evo Morales ha dejado la Presidencia hace poco más de cinco años, pero todavía no es historia; ni él lo quiere ni lo dejan ir. Lo primero es consecuencia de sus locas ambiciones. Lo segundo es en parte ansias de quienes sueñan con su retorno, pero es también resultado de la dificultad que tienen muchos de dejar de hablar de él. No faltan, por ejemplo, aquellos que cada vez que sale una noticia sobre Epstein, nos recuerden que “Evo también”, como si encontrar similitudes entre la depravación de la élite de Manhattan y la del Chapare sumara.
Al parecer hay personas que, después de estar denostando a Evo durante veinte años, les cuesta detener la costumbre ni quieren dejar de ser festejados por ello. Será hasta que se les pase y llegue el momento en que hablar mal de Evo sea como recordar anécdotas de Melgarejo.
Algunos lectores objetarán que dé por muerto políticamente a Evo, ya que temen que todavía vuelva en hombros de Lara. O, quizá sea el capitán, quien en sus delirios de grandeza sueña con ser él quien entra a Palacio en hombros de Evo. Mi vieja bola de cristal no le da mucha probabilidad a ninguna de esas hipótesis y creo, más bien, que ha llegado la hora de enterrar a Evo en las páginas de algún compendio de presidentes de Bolivia.
Si nos transportamos al próximo siglo, cuando se escriba una historia de este periodo, Evo estará ahí inevitablemente, y si el historiador es serio, apenas mencionará sus aficiones sexuales. Estas, su falta de amigos y sus rodillazos son para las biografías. Hablará de la corrupción y hará una lista de los elefantes blancos ya desaparecidos o sus esqueletos, pero si de verdad es serio, analizara por encima de todo el efecto transformador que tuvo el MAS en el país.
Porque lo que no se puede negar es que, esas gestiones, incluso comparadas con las más duraderas, como las del MNR, estarán entre las que más cambiaron el país. Hay un antes y un después del MAS como pocos en la historia. Esto no es una aprobación y menos un elogio, sino una constatación que, situados en el ahora, la evidencia nos obliga a hacer. Estoy hablando de causalidades, no de méritos.
Sin embargo, dar por muerto políticamente a Morales, o incluso al MAS como partido, no significa decir lo mismo del masismo, entendido como la expresión de una manera nociva de hacer política y de gobernar y, más significativamente, como la consecuencia de expectativas de inclusión en la vida política y social del país de amplios segmentos de la población, cuya integración había sido postergada durante casi toda la historia republicana.
No debemos confundir ese masismo, que sigue latente, con la presencia de masistas en el actual aparato de Gobierno, como lo están haciendo quienes quieren terminar de liquidar al MAS, expulsando de la Administración a cualquiera que haya sido contratado en el periodo masista, como si no hubiera entre ellos también profesionales idóneos. La idea que tienen esos sañudos de la construcción del aparato del Estado es una desinfección total cada cinco años, operación que tanto ha perjudicado la estabilidad institucional y la continuidad administrativa, gestión tras gestión; incluso antes del MAS.
Los apologistas de nuestra Restauración ven en la Presidencia de Rodrigo Paz el retorno a la normalidad democrática, pero es más la vuelta al poder de una clase que se satisface en reconocer el nombre de los nuevos ministros. Esos entusiastas quisieran hacer un borrón y cuenta nueva, pero, aunque cuentas nuevas siempre se puede hacer -es cuestión de llamar “Día 1” al que se quiera- en historia no hay borrones. Lo vivido, vivido está y perdurarán sus marcas, aunque sea en forma de cicatrices.
Desde el punto de vista de esa historia, que sin duda un día se escribirá, ahora el esfuerzo más importante es recoger del periodo masista de la manera más rigurosa e imparcial posible, lo que fueron sus luces, sombras e impactos. He oído que uno de esos esfuerzos en vena analítica vendrá de la buena pluma de Rolando Morales. Ojalá que se materialice y que sigan otros.
En el ámbito de la sociología, me parece que nos falta un buen análisis del imaginario en torno a Evo. En ciertas clases, ese imaginario se reduce al de un hombre corrupto, astuto y encima “pedófilo”. Pero ese no es el Evo del imaginario popular. Más que otros líderes recientes, Evo tiene un poderoso correlato en ese espacio intangible; quizá sea el único líder reciente que lo tiene.
Que sea él quien ocupe ese lugar, en vez de alguien de mayor estatura moral, dice mucho de las preferencias populares (en indirectamente de la democracia), pero también de la incapacidad nacional de producir grandes líderes. En algo nos debería consolar que ambas falencias sean hoy mundiales.
El propio Evo es quien más ha saboteado con sus excesos el mito que deja, pero no cometamos el error de trasladar nuestros prejuicios a otros mundos, quizá inmunes a lo que para nosotros son pecados mortales. Al final, como dice Lévi-Strauss, “la comprensión de un mito nace de la comprensión de las relaciones que lo sustentan, más que de sus contenidos explícitos”, y en este caso, esas relaciones están inmersas en el misterioso imaginario popular.
En similar vena, la figura de Evo me parece que tiene un gran potencial literario. Diego Ayo ha dado un paso en esa dirección con su novela En la cumbre en la que aparece un Evo apenas disimulado. Se puede ir más allá literariamente, como lo hizo Roa Bastos con el dictador paraguayo Rodríguez de Francia en su Yo, el Supremo.
Quien sepa manejar el verbo podrá contar la historia de un personaje ignorante y mezquino, ensoberbecido por la adoración de las masas y el ejercicio del poder. Al enredo podrá añadir unos personajes palaciegos siniestros -entre ellos un falso cabalista-, un hijo rumoreado nunca encontrado, una femme fatal con partes postizas, Chinese connections, delitos sexuales, mercenarios extranjeros acribillados en un hotel, persecuciones políticas y negociados millonarios. ¿Da o no da?
La historia escrita en caliente nunca será definitiva, por objetiva que intente ser -menos en Bolivia, donde nadie quiere hablar mal de los amigos vivos- pero es insumo imprescindible para que las siguientes versiones se vayan nutriendo de datos y reflexiones y no de las emociones y los prejuicios que han dominado el análisis en estos años.
El entusiasmo que domina la bienvenida recuperación económica y política que al parecer estamos viviendo no debería impedir que busquemos objetividad sobre el pasado reciente; lo único que contribuirá a la cabal elaboración de nuestra historia cuando se la escriba. Debemos dejar a las siguientes generaciones lecturas multifacéticas; mejor si son incompatibles entre sí, como serán siempre las que reflejen la complejidad humana.
Jorge Patiño Sarcinelli es escritor boliviano.