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Sin embargo | 27/02/2026

Antonio Sánchez de Lozada y la cultura SAFCO

Jorge Patiño Sarcinelli
Jorge Patiño Sarcinelli
La partida de Antonio Sánchez de Lozada ha provocado la publicación de varios reconocimientos a sus realizaciones como contralor, senador y ministro, que son más que merecidos. Se destaca entre sus logros que se introdujera en el país la cultura de la disciplina administrativa gubernamental basada en la responsabilidad, consagrada en la Ley 1178 de Administración y Control Gubernamentales, conocida como Ley SAFCO. 

Antes de esta Ley, la Contraloría aprobaba los contratos ex ante, haciéndose con ello corresponsable de las fallas de procedimiento que hubiera. Con la nueva Ley, la máxima autoridad ejecutiva de cada entidad era responsable por adoptar procedimientos de contratación adecuados a la ley, y cada funcionario tenía la responsabilidad de seguirlos. La propia Ley contemplaba las situaciones extremas en que se podía contratar directamente, por excepción, cuando el daño al Estado de seguir los procesos de rutina lo justificaban. Para los interesados, Juan Carlos Aguilar hace un excelente resumen de la Ley en un artículo reciente (BD, 21/2/26).

La Ley SAFCO fue un instrumento diseñado sobre la base de objetivos bien definidos y principios de administración gubernamental debidamente pensados; producto que evidenciaba el calibre intelectual de quien lo concibió y promovió. En el ámbito de la construcción de un Estado moderno, ese fue un importante aporte de Antonio Sánchez de Lozada y no fue poco. Está entre los procesos de reforma estatal de gran impacto, pero que, por ser silenciosos, tienden a ser subvalorados cuando introducidos y su destrucción ignorada. 

Sin embargo, no le estaríamos haciendo un reconocimiento cabal si redujéramos sus méritos al diseño de un instrumento legal y su implementación, por trascendental que fuera. Para él, la contribución de dicha ley al control gubernamental era parte de un esfuerzo mayor no solo de modernización, sino de construcción de un Estado democrático que pudiera canalizar sus escasos recursos a la ciudadanía de manera más efectiva. 

Fue senador por Cochabamba, elegido por el MNR, pero él no hubiera usado en este contexto la palabra pueblo, sino ciudadanos. Su formación era clásica, alejada del populismo y le hubiera gustado más ser comparado con un Cicerón que con Víctor Paz; para mencionar uno de nuestros notables. 

Era hermano de Goni, con la misma sangre en las venas y con el mismo acento gringo que nunca hicieron el esfuerzo de quitarse como rasgo característico de sus identidades, por razones que Freud podría explicar. Goni tuvo sus méritos (y pecados). Toño era de otra madera y tenía los suyos. Por encima de todo, él quería verse como un humanista; ético y realista en la política, pero sin nunca perder de vista el objetivo mayor de ordenar el Estado y beneficiar al ciudadano.

Cuando cayó Goni y el MAS comenzó a mostrar de lo que era capaz en su saña persecutoria y el uso de la Justicia para ello, Toño, a pesar de no tener ningún delito ni acusación en su contra, consideró más prudente no exponerse a ser usado como trofeo político. Las persecuciones vistas en el periodo masista dan razón a esa prudencia, pero las consecuencias personales fueron grandes.

Toño y su esposa Lulé eran personas generosas y no son pocos los que podían llegar a final de mes gracias a sus generosas pero discretas contribuciones. Quizá algunos se sorprendan en saber que durante las dictaduras ellos escondieron en su casa a varios perseguidos, con gran riesgo personal. Estas generosidades y otras les valían un sitio en la sociedad que no hubieran alcanzado sin el dinero y apellidos que tenían, es cierto, pero que otros con iguales condiciones no intentan siquiera ocupar.

Lamentemos la partida de un hombre noble -bueno con inteligencia-, un servidor público notable en las intenciones y en la ejecución, y un gran boliviano en la dedicación y la visión. Me duele particularmente la pena de que la muerte lo haya encontrado en tierra extranjera y no en la que más ha amado y donde merecía terminar sus días: Bolivia.

Quienes fuimos funcionarios públicos durante la era SAFCO sabemos de la importancia que tuvo esta ley en la creación de una disciplina administrativa en el Estado. Naturalmente, ninguna ley por sí sola impedirá que se comentan delitos. Los Diez Mandamientos tampoco evitan pecados, pero hacen que el creyente sepa en qué ofende a Dios. La SAFCO creó una cultura, una disciplina y los mecanismos que permitían ordenar no solo los procesos de contratación sino los que se debía seguir contra los infractores.

Sin embargo, como suele suceder, la aplicación de la Ley dependía de la voluntad y rectitud de quien estaba a cargo de aplicarla y, poco a poco, la propia Contraloría se fue corrompiendo por la falta de voluntad del Gobierno de que ejerciera el control para el que había sido diseñada. Los interinatos quitaron a los contralores la imprescindible independencia, y la afiliación partidaria de los funcionarios vino con una merma en su capacidad técnica y una menor voluntad de investigar a los correligionarios. Los niveles más altos del Estado, a su vez, adoptaron lo que debía ser excepción -la contratación directa- como regla conveniente. Esta fue la puerta mayor por la que ingresó al país la corrupción en gran escala. 

El optimismo que nace hoy en el país es supuestamente consecuencia de la destrucción del MAS, la normalización de la venta de combustibles y la mayor disponibilidad de dólares, pero ese optimismo será solo un entusiasmo fugaz si el proceso no es acompañado de una reconstrucción de la institucionalidad diezmada.

Rodrigo Paz ha sido elegido con, entre otras promesas, la de luchar contra la corrupción. En consecuencia, una de las medidas más significativas que debe tomar su Gobierno es la elección vía Asamblea de un contralor capaz e independiente. Admito mi pesimismo al respecto. Los bolivianos solemos destruir nuestras mejores reformas y este Gobierno ha dado una muy grave señal eliminando a candidatos idóneos al TSE sin una justificación válida. 

Si no tuvo la determinación o la capacidad de negociación para hacer que se elijan los mejores para el TSE, no lo sabemos, pero esto no puede suceder en la elección del nuevo contralor. Sería una traición a los compromisos que ha asumido el presidente en su campaña y las consecuencias serían muy costosas para el país.

Jorge Patiño es escritor boliviano.

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