Si de niño alguna vez su mamá lo retó por frotarse los ojos con las manos sucias, créame que intuitivamente esa mamá tuvo mucha razón en tratar de educarlo para que no se frote los ojos con los dedos sucios. Sin embargo, quizás la recomendación va más allá: no se debería frotar los ojos directamente con los dedos, así estos estén limpios.
Imagínense: una bacteria común, de esas que todos hemos albergado alguna vez en las vías respiratorias, Chlamydia pneumoniae, la causante habitual de neumonías leves o infecciones sinusales, ahora se revela como una intrusa en la retina. Sí, en ese tejido delicado que forra la parte posterior de nuestros ojos.
Investigadores del Cedars-Sinai Medical Center en Estados Unidos, en un estudio publicado en Nature Communications, han encontrado que esta bacteria no solo habita allí, sino que acelera el deterioro cognitivo y agrava la enfermedad de Alzheimer. ¿Cómo llegó hasta ahí? Una simple frotada de ojos con manos contaminadas podría ser el puente traicionero hacia el cerebro.
El equipo analizó tejido retiniano de 104 personas postmortem y los resultados fueron contundentes: niveles elevados de Chlamydia pneumoniae en la retina y el cerebro de pacientes con Alzheimer. La relación directa está ligada con mayor inflamación, muerte de neuronas y un declive cognitivo más pronunciado.
En experimentos con neuronas humanas cultivadas y ratones modelo de Alzheimer, la infección bacteriana disparó la producción de beta-amiloide –proteína tóxica que forma placas en el cerebro– y activó el inflamasoma NLRP3, un complejo inflamatorio que amplifica el daño neuronal. Para los portadores del gen APOE4, el riesgo genético más conocido para Alzheimer, el efecto fue aún más devastador.
Experimentos en roedores muestran que, tras una infección nasal, la bacteria viaja por nervios craneales como el olfatorio o el trigémino en cuestión de horas o días, establece una infección en el sistema nervioso central. Ahora, con este estudio, se suma el ojo: frotarse los ojos con dedos que acaban de tocar la nariz o la boca, podría depositarla en la conjuntiva, de donde penetra a la retina.
Según la OMS, en América Latina, el Alzheimer afecta a más de 7 millones de personas, y en nuestro país, con una población envejeciendo y hábitos de higiene variables –exacerbados por la pobreza rural y el hacinamiento urbano– este hallazgo resuena con fuerza. La higiene ocular no es un lujo citadino; es una defensa básica. Y en un contexto donde el acceso a antibióticos es irregular, una infección persistente podría pasar de molestia respiratoria a cómplice del olvido.
Si bien se puede argüir que la correlación no es causalidad plena. Aun así, el vínculo es robusto: mayor carga bacteriana peor cognición. Y en un panorama donde el 99 % de los ensayos para Alzheimer fracasan por enfocarse solo en placas amiloides, esta perspectiva infecciosa abre nuevas puertas.
En Bolivia, donde la ciencia a menudo llega tarde y mediada por presupuestos escasos, este descubrimiento nos interpela como sociedad. ¿Capacitaremos oftalmólogos para vigilar la retina como centinela cerebral? Mientras tanto, gestos simples: lávese las manos antes de tocarse los ojos, use lágrimas artificiales para irritaciones en vez de frotar y ante infecciones respiratorias recurrentes pida pruebas para esta bacteria. No es paranoia; es prevención.
Cecilia González Paredes es biotecnóloga y divulgadora científica.