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Filia Dei | 10/01/2026

Sodio en vez de litio y lo circular en vez de lo lineal

Cecilia González Paredes
Cecilia González Paredes
En Bolivia todo ahora gira en torno al litio. Dicen que el Salar de Uyuni nos hará ricos con baterías para autos eléctricos. El gobierno habla de plantas para hacer cátodos en 2025 y baterías en 2026. Pero el mundo cambia rápido. Ya hay una opción más barata: las baterías de sodio. ¿Estamos listos?
Primero, lo básico. Las baterías de litio mueven el mundo ahora. Guardan mucha energía en poco espacio: 250 a 300 Wh por kilo. Sirven para celulares y carros como Tesla. Pero el litio es poco y caro. Sacarlo gasta agua y contamina. Las de sodio son parecidas. Cambian litio por sodio, que sale de la sal común. Cuestan menos: un 30 a 50% por debajo. No se incendian fácilmente y aguantan el frío, como en los Andes. Cargan rápido y duran miles de usos. Un estudio nuevo en una revista de energía resume todo: materiales simples, buen rendimiento.

Para comparar: las de sodio dan 120-175 Wh por kilo, menos que el litio, pero son baratas y seguras. Funcionan bien a -40°C, mientras que el litio falla en el frío.​ La noticia grande viene de China. CATL, la firma top, dice que en 2026 pondrá sodio en carros y redes eléctricas. Dan 500 km por carga. Otros estudios de 2024 y 2025 muestran cómo mejoran los materiales para que duren más. 

Aquí en Bolivia tenemos 23 millones de toneladas de litio. YLB firmó con rusos para vender carbonato de litio en un contrato, cuyos términos aún desconocemos. Arce y Paz lo ven como salvación económica. Pero el sodio también está en Uyuni: sal pura. Podríamos hacer baterías fáciles sin pelear por el escaso litio, sin contar con ese proceso tan contaminador y demandante de agua.

¿Por qué importa? El litio sirve para carros caros. Las baterías de sodio están diseñadas especialmente para almacenar energía de fuentes renovables intermitentes como la solar y la eólica. Ese es el gran futuro. Si nos quedamos solo pensando en el litio, perdemos más oportunidades. Chile y Argentina van adelante con el litio. Nosotros podríamos ser punteros del sodio boliviano. Pero tenemos un gran bloqueo de talento y también a nivel país. Al parecer lo precario, lo fácil y mediocre son mejores alternativas, que desarrollar verdaderas soluciones. 

Bolivia debe pasar ya a una economía circular y dejar atrás la lineal, que extrae, produce, usa y desecha, dejándonos vulnerables. Este modelo nos condena a explotar recursos como el litio o gas sin fin, depredando áreas protegidas como la Amazonía o el Chaco, donde la deforestación o minería arrasa con cientos de hectáreas al año. Con 12 % del bosque amazónico y megabiodiversidad (35.000 especies de plantas), somos presa fácil de empresas extranjeras que pagan poco y contaminan mucho. Hace años, llevamos hipotecados a prestatarios lejanos, pero parece que muchos ya lo olvidaron.​
La economía circular cierra el ciclo: reduce, reutiliza, recicla y regenera. En vez de exportar materias primas crudas, transforma residuos en valor. Si bien existen pequeños proyectos, es necesario sentar las bases para desarrollar este nuevo modelo a distintos niveles en el país. ​Nuestra biodiversidad es oro bioproductivo. Frutos amazónicos como açaí, copoazú o camu-camu generan cadenas circulares: procesar en jugos, cosméticos o superalimentos, usando residuos para bioplásticos o compost. Granos altoandinos (quínoa, cañahua, tarhui) se convierten en harinas orgánicas, con envases biodegradables de hojas.​​
Ya toca cortar con más de 15 años de un modelo educativo obsoleto, que genera más ignorancia y dejar de ser víctimas de extractivismo o de líderes sindicales que solo velan por sus propios intereses, y pasar a ser líderes circulares. Nuestros frutos y granos valen más que minerales finitos y minería contaminante. Estamos listos para el cambio o ¿habrá aún que esperar otros 20 años?​
Cecilia González Paredes es biotecnóloga y divulgadora científica.


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