¿En qué terminó el proceso de nacionalización de la empresa más importante de los bolivianos? En la familiarización de esta empresa. Recuerdo al presidente Evo Morales retratado como un héroe milenario, portando su casco de trabajador minero.
Pasábamos, en acuerdo con el discurso vital del MAS, de la ignominia entreguista al acto de mayor dignidad de nuestro recorrido histórico. ¿Utilizó el líder cocalero este cambio como puntal preferido de campaña? Claro, lo hizo una y otra vez restregándonos la palabra “nacionalización”.
Al sólo emitirla generaba un gozo extraordinario en la audiencia que se sentía redimida. ¿En que quedó esa nacionalización tan digna? En una deshonrosa privatización “familiarista”. La empresa más grande y lucrativa de los bolivianos acabó como el motel de visita del ¡hijo del presidente Arce! La nacionalización más preciada de los bolivianos rematada al narcisismo rebuscado del muchachito con afanes empresariales.
El mayor tesoro del “proceso de cambio” sirvió, debemos admitirlo, para el cambio de vida del mediocre, tosco y poco seductor empleado del Banco Central, don Luis Arce. Caminaba por los pasillos del Banco Central, allá por la década de los 90, envidiando a sus jefes y al grandioso economista Juan Antonio Morales, director de esa entidad.
Los miraba de reojo y los saludaba con voz melindrosa, tratando de pasar desapercibido: “Buen día lice”. El señor Juan Antonio, con su doctorado a cuestas en economía, debía tragarse esta muletilla chinchosa que “licenciaba” a cuanto cristo caminara sobre la chonta importada del Ministerio de Economía (no sé si debemos escribir con mayúsculas el nombre de esa oficina pública, pero no hay duda que el presidente Arce la hacía escribir con Times New Roman 24 o 25, ¡sólo para que se enteren, carajitos!).
Sin embargo, en su fuero interno, soñaba con la revancha: “algún día ese farsante va a ser mi empleado, ¡ya van a ver”. ¿Don Juan Antonio su ayudante? Nadie en su sano juicio hubiese creído tamaña idiotez y que Tilinciño remplazara a Pelé Morales no sólo resultaba imposible, en verdad, sonaba ilógico. Pero ya ven, ¡el proceso de cambio generó cambios! Un grupículo de cleptócratas con un resentimiento del tamaño del gigante Camacho venía a liderar una “revolución”. Acabaron impulsando el cambio más remarcable que hoy podemos comentar gracias al apresamiento del gasólogo/litiólogo Marcelo Arce: ¡los necesitados de atención nos gobernaban!
¿Cómo que “los necesitados de atención”? A ver, si eres un choro de estirpe vas a robar con tesón y te vas a ir a casita calladito a celebrarlo con la familia. ¿Qué hizo Arce y, sobre todo, por qué hizo lo que hizo? Recordemos que el hombre no se interesó mucho en la salud, las relaciones internacionales, la ciencia y muchas cosas más para los bolivianos; ¡se interesó en informarnos que sus criaturas eran empresarios de YPFB y YLB!
El primer mandatario gritaba al país que su hijo era hacendado, su hija empresaria y que su otro hijo una fiera en los negocios (o algo así). ¡No se lo guardaba!
¿Por qué? ¿Era estúpido? No, no gimoteaba a los cuatro voces por estúpido, sino por haber sido siempre un ciudadano gris. Era un sujeto de baja ralea con sueños abismalmente inmensos. ¡Quería pasar de servir el sándwich de huevo a don Juan Antonio, en el Banco Central, a ser su jefe!
Quería criticar a los hacendados cruceños, pero asegurarse unos 2.000 metritos para el niño pujante. Quería sentirse sexy como jamás de los jamases se había sentido y, finalmente, tuvo wawitas con mujeres jóvenes y guapas.
Quería tener un pisito en la zona Sur y su hijito consiguió comprar duplexitos a mansalva en cada cuadra de la 2 a las 16 de Obrajes. Quería salir de su condición de empleado público que llegaba al 28 o 29 de cada mes con los últimos 100 pesos en el bolsillo a ser un destacado millonario respetado y temido.
¿O sea? O sea, no quería ser más el intrascendente sujeto de clase media-baja y quería volverse camba, guapo y rico. Todo lo que en su discurso masista rechazaba, en su dimensión paralela, cada vez más enaltecida, lo adoraba. Lo suyo no fue un problema moral, ¡fue un problema psicológico! Y, claro, ¡la cura psicológica venía de la mano de la nacionalización!
¿Qué significa esto? Representa el espíritu de la dinámica revolucionaria del MAS: los mediocres se hacían líderes gracias a este proceso nacionalizador. Y, encima, ¡debían decírnoslo! Debían gritarle al mundo que ellos ya no eran los marginados. Eran los jefes y los ricos.
Siempre hemos pensado que ser corruptos es lo peor. No, lo peor fue ser una tropa de resentidos con ganas de bajar la caña a los que tenían y sabían. ¿Es eso lo peor? No, lo peor es que lo hicieron con la ayudita de la nacionalización como receta psicológica imprescindible: “Doctor, me siento menos, ¿qué puedo hacer?”. “Nacionalice y fija se cura…”.
Diego Ayo es cientísta político.