¿Qué me enseña la vida de Antonio Araníbar, quien fuera homenajeado en el Congreso el 6 de febrero de 2026? Leí su biografía La política como opción de vida y supe lo que tenía en mis manos, un testimonio emotivo y certero sobre un hombre que se zambulló en las grandezas y miserias de esta dimensión humana con un convencimiento: la política es y debe ser un eterno compromiso de vida.
Araníbar jamás titubeó. Lo entendió con ese talante que inundó su propia existencia: la política no es una herramienta de gozo, no es un arma de lucimiento. ¿Qué es, entonces, don Antonio? La política es una opción de vida.
Araníbar describe su infancia bajo el manto de un hogar marcado por la disciplina y la ética. Su papá fue una figura de autoridad, pero también de principios sólidos. Ayudó a que la tradición intelectual y política de su familia, conectada con figuras históricas de prestigio y poder, influyera en su percepción del mundo. No nació, pues, en un vacío político. Nació en un ambiente donde se discutía el destino del país.
Desde niño empezó a notar las profundas brechas sociales en Bolivia. El contraste entre la comodidad de su entorno y la realidad de los sectores populares de Cochabamba comenzó a incomodarlo. Aunque era muy niño al estallar la Revolución Nacional, Araníbar recuerda el impacto de aquel mundo que cambiaba de piel. La caída del viejo orden oligárquico y el ascenso de mineros y campesinos fue el telón de fondo de su crecimiento. Este evento le dio la noción de que la realidad social es transformable a través de la acción colectiva.
¿De qué se dio cuenta? Lo repito: la realidad hegemonizada por criollos ¡podía transformarse! No era un mundo inamovible, como siempre lo habían entendido él y su entorno. Esta grandiosa tesis histórica marcó su vida.
El paso de la infancia a la universidad logró que este niño inquieto se convirtiera en el actor político que conocería Bolivia. En el libro, Araníbar detalla cómo su llegada a la Facultad de Derecho de la Universidad Mayor de San Simón (UMSS) en Cochabamba fue el detonante de esta contundente politización.
Don Antonio pertenecía a una generación de jóvenes católicos que, influenciados por el Concilio Vaticano II, empezaron a ver la religión no como un consuelo espiritual, sino como una herramienta de liberación social. Su fe, pues, se politizó al entrar en contacto con la realidad obrera y campesina.Esta etapa universitaria coincidió con el fin de la Revolución Nacional, en 1964, y el inicio de las dictaduras militares que duraron hasta 1982. Ver cómo el proceso revolucionario se agotaba y era reemplazado por el autoritarismo de Barrientos lo empujó a buscar una "tercera vía" que no fuera ni el nacionalismo desgastado del MNR ni el militarismo apabullador. ¡Araníbar empezaba a visualizar el horizonte democrático! Aunque esa visualización –conviene reconocerlo–, todavía demoraría un poco.
Mientras tanto, a principios de los 70, crearon el MIR como una férrea amalgama de la Juventud Demócrata Cristiana –a la que él pertenecía–, los grupos de izquierda radical universitaria y los intelectuales marxistas independientes. El libro describe con mucha nostalgia la primera reunión en la que buscaron crear una izquierda que fuera nacional, democrática y no ciegamente alineada con la URSS. Aquello era una suerte de revolución dentro de la revolución, teniendo en cuenta que la izquierda boliviana era territorialmente nacional, aunque mentalmente languidecía anclada en los patrones soviético y chino. Esa izquierda rezumaba un heterónomo autoritarismo proveniente de aquellos lares.
Tras la fundación del MIR vino el golpe de Banzer, en 1971. Araníbar narra cómo tuvo que abandonar su vida de estudiante "acomodado" para pasar a vivir en las sombras. La política dejó de ser el idealismo universitario y se convirtió en esa "opción de vida": el riesgo de morir o ser exiliado. Lo fascinante del relato es que este pausado narrador admite que hasta aquel momento ellos sólo eran los "hijos de la burguesía" intentando hacer una revolución para el pueblo.
La clandestinidad, empero, los sacó de ese redil privilegiado lanzándolos al mundo real. Un mundo que ellos debían ayudar a crear y mejorar. De ahí nació el famoso “entronque histórico” firmado en 1977, en lo que se denominó el “Pacto de Achocalla”, cuyo propósito era construir la revolución democrática del MIR sobre la cuña de la Revolución del 52. Ese era el mundo mejorado que proponían. ¿Sensato? Plenamente. No dejaban de ser críticos con aquel magnánimo hito histórico de 1952, pero sabían que debían pulirlo, inaugurando una nueva era aupada a ese régimen prometedor, misterioso y fantástico: la democracia.
Precisamente aquel modelo –todavía en pañale– propulsó la llegada de la UDP al gobierno en 1982. Notable, sin dudas, pero las fisuras no se dejaron esperar. Araníbar narra la frustración de ver cómo el MIR, al llegar a las esferas del poder, empezó a perder la mística revolucionaria para volverse un partido más preocupado por las cuotas de poder que por las transformaciones sociales. ¿Por qué sucedió aquello? Quizás la explicación resida en el cambio que sufrió Jaime Paz Zamora, su amigo y compañero de fórmula, tras su “accidente” aéreo en 1980.
Tengamos en cuenta que Toño era la disciplina y Jaime el encanto. Sin embargo, el accidente cambió la personalidad de Paz dotándolo de un aura mística y mesiánica. Ya no era sólo el encantador, ¡era una suerte de hijo pródigo de la democracia! Un héroe que venció a la muerte. El empuje colectivo del MIR mutó al devenir privado de Paz. La discusión ideológica cedió ante el avasallamiento pragmático del protagonista de la “caída” de la aeronave.
Ya en 1989 aquel cambio casual adquirió carnet de identidad. Araníbar relata con mucha dureza el momento en que Paz Zamora decidió aliarse con su antiguo perseguidor, el dictador Hugo Banzer Suárez, con el propósito de alcanzar la Presidencia. Don Antonio vio en aquel acto una imperdonable "claudicación ética". Esos mismos “claudicadores” quisieron ridiculizar las críticas de Araníbar contra el Acuerdo Patriótico, señalando que él y los suyos acabaron aliándose con el neoliberalismo de Gonzalo Sánchez de Lozada de 1993 a 1997. No es lugar para clarificar el asunto, pero es fundamental apuntar que el MBL creyó legítimamente que podía ponerle el "alma social" a este modelo de mercado que surcaba por todo el planeta.
Lo quiso hacer de la mano de la Reforma Educativa, de la Participación Popular, la Ley INRA, el Bonosol. ¿No era todo esto útil y, sobre todo, social? Lo era; sin embargo, don Antonio jamás dejó de ser autocrítico (extraña y fantásticamente autocrítico, ¡un rasgo ajeno al común de los políticos!), reconociendo que aquello fue el suicidio político del MBL.
Fue una apuesta de altísimo riesgo que terminó desvirtuada por la soberbia y la radicalización de las recetas del Banco Mundial. En todo caso, Araníbar hace una disección imprescindible entre el Goni que el MBL apoyó del 93 al 97 y el Goni del 2002. Lamenta la presencia de un Presidente radicalizado, sordo a las demandas sociales y rodeado durante su segunda presidencia de una derecha mucho más dura. El Goni que ordenó la represión en "Febrero negro" y luego en la "Guerra del gas", en octubre de 2003, ya no era el socio reformista de 1993.
Esta crítica contundente debe ir casada de la evaluación del periodo previo a la caída de Goni, vale decir, el gobierno de Banzer de 1997 a 2002. Para don Antonio, el regreso de Banzer al poder por la vía democrática no fue un acto de redención del antiguo dictador, sino un síntoma de la degradación del sistema político boliviano. Este gobierno solo fue posible gracias a la "traición" previa de Jaime Paz Zamora en 1989.
Sostiene que ese pacto rehabilitó políticamente a un hombre que nunca pidió perdón por los crímenes de su dictadura. Banzer representó lo opuesto a la política como opción de vida: representó la política como opción de fuerza. ¿No es injusto, don Antonio? A la luz de los resultados, parece tener razón: el gobierno de Banzer fue el punto máximo de la repartija de pegas, las cuotas de poder. El país entró en un estancamiento moral en el que las ideas dejaron de interesar y sólo importó sumar votos en el Congreso para asegurar la permanencia en el cargo.
¡Se vació de contenido a la democracia! Más aún con la erradicación de cocales, una receta impuesta por Estados Unidos que solo generó violencia y luto en las familias campesinas. Fue el retorno a autoritarismo del pasado, oculto bajo el disfraz “democrático” de la política antidrogas.
Hacia el final de esta historia de vida, el autor reflexiona sobre su aceptación al cargo de Ministro de Hidrocarburos en el gobierno de Mesa. Admite su error y afirma que el tema gasífero terminó devorando a este Presidente. Siente que buscaron "bolivianizar" el gas de manera institucional, pero admite que el clima político exigía medidas más radicales. Medidas de “fuerza” que Mesa y Araníbar no irían a tomar dada su formación democrática y su respeto a las leyes.
Don Antonio intentó, hasta el último momento, aplicar la racionalidad y el diálogo en un país que ya había decidido resolver sus conflictos a través de la confrontación. ¿Quién generaba ese estado de ánimo en el país? Evo Morales. Él entendió su emergencia como sensata: los indígenas ya no necesitaban a "intelectuales de izquierda" para representarlos. Vale decir, admite que el MAS logró concretar el ingreso campesino/indígena en el Estado. Un sueño que su generación no pudo ejecutar con éxito electoral.
Sin embargo, es profundamente crítico con la naturaleza del poder de este partido. En las páginas finales del libro advierte sobre el "autoritarismo competitivo" de esta tienda política. Concluye narrando cómo el proyecto de Morales acabó priorizando el control absoluto de las instituciones en desmedro de la calidad democrática.
Al concluir este fascinante relato entiendo, o hago el esfuerzo de entender lo que él supo entender: la política no es ni puede ser un ardid publicitario para tener posesiones y privilegios. Es –conviene repetirlo– una opción de vida para servir a los demás. Ético y generoso. Una izquierda imprescindible.
Muchas gracias, don Antonio.
Diego Ayo es PhD en ciencias políticas.