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De media cancha | 28/02/2026

El capitalismo de la sangre, Roberto Navia y Gory Patiño

Diego Ayo
Diego Ayo
La crónica de Roberto Navia, Tribus de la inquisición, se volvió una película. Una película a cargo de Gory Patiño bautizada como Mano propiaFui a verla con inmensa expectativa. Me resultaba difícil creer que este escabroso como imprescindible relato pudiese, con similar contundencia, caber en un filme. ¿Lo hizo? Confieso que hoy, ya habiéndome relamido ambos abordajes, siento la necesidad de expresar mi profunda gratitud con lo escrito y lo filmado. 

¿Por qué gratitud? La razón debe relevarse: desmenuzar la esencia del régimen cocalero en esta faceta del linchamiento es capilar. El régimen cocalero tuvo al linchamiento como el “motor judicial” del paraíso de la cocaína. Mientras el régimen cocalero se recluía en la Plaza Murillo, Navia y Patiño se colaban magníficamente en esta estremecedora verdad “verde”. Si a esa ponderable valentía yapamos belleza en la escritura y en la imagen, se recibe este doble bono de estética y ética en similar dosis. 

¿Porqué estética? No voy a detenerme en el elogio fácil. Tan sólo decir que la elegancia en cada párrafo y escena es sobrecogedora. ¿Porqué ética?

Es acá donde quiero centrarme. Es ético poner el lente en un hecho aparentemente casual, episódico y local ocurrido en Villa Tunari sabiendo que, en verdad, aquel hecho desnuda un sistema no–casual, no–episódico y no–local. Un modelo, más bien, pensado, permanente y global. Esta crónica y esta película motivan a desatar el nudo de este inmisericorde problema.     

Dejemos en claro que los linchamientos no ocurren como “actos desesperados”. Al contrario, son actos racionales. ¡Actos planificados! ¿Quién planifica con tanto tesón semejante barbarie? Una oligarquía asentada en el Chapare portadora de una consigna: “debemos vender nuestra coca y nadie puede detenernos”. 

¿Qué significa esta certeza de partida? La puesta en marcha del marketing del terror más elocuente donde los cuerpos de los linchados son la valla publicitaria de una identidad que impulsa este acto con empresarial tenacidad. ¿Qué tipo de identidad se exhibe sin pudor? La identidad cocalera criminal. 

Una identidad que reivindica el territorio como espacio privado total. El Chapare no es un territorio patrio, es un feudo al servicio de los “jefes” narcos que posibilita la generación expedita de riqueza a partir del tráfico de la hoja. Quienes estorban en ese trajín son linchados para que el capital fluya. 

Es, pues, el flujo del capital que enseña un indispensable lema: si el narco mata es crimen, si la gente lincha es “desesperación”. La culpa, por tanto, se agazapa y desaparece. Los narcos, a su vez, se escamotean en el disfraz de “angustiados”. Es sólo un atuendo. Es un truculento, pero efectivo ritual del poder cocalero enlazado al mercado.

¿Conviene usar el linchamiento de tanto en tanto? Sí. Una escena de Mano propia, casi al final de la película, deja ver un auto escondido en los matorrales con los “promotores” del linchamiento al volante debatiendo sobre el destino de algunos seleccionados en esta lotería de la desgracia: “¿los culpamos?, sí, a esos sí”. 

Aquellos elegidos fortuitamente no eran, claro que no, los verdaderos culpables. Seguro que no, pero eso no parecía importar. El linchamiento no es un acto de justicia, es un ejercicio rutinario al servicio de esa “fracción burguesa de la cocaína” (como lo describe con lucidez Hugo Rodas) con el firme propósito de mostrar ¡quien manda! 

La puesta en escena del linchamiento es sólo el recordatorio “legal” perfecto. Si hay niños alrededor en la escena del crimen como lo narra Navia y lo enseña Patiño, mejor. Es fundamental agregar el componente de pedagogía infantil al asunto posibilitando que los críos crezcan con la certidumbre de cómo se afianza “lo correcto” y “lo legal”. El linchamiento, por tanto, se convierte en un acto pedagógico inmejorable. La espectacularización de la violencia facilita la enseñanza, alzándose como el mecanismo más eficaz de comunicación política.

La justicia de los tribunales bolivianos, a su vez, se acelera. Tengamos en cuenta que someterse a juicio conlleva recursos en dinero y tiempo, además de las frustraciones propias de su puesta en marcha. La justicia del linchamiento no exige ese dinero, recorta el tiempo y evita toda desilusión. Tan sólo se ejecuta y “los malos” son castigados. El linchamiento, pues, es un prominente acelerador judicial. 

No es un error del sistema, ¡es el motor del sistema! El linchamiento, así, no es más que el aprovechamiento racional de la muerte para legitimar la justicia inmediata en manos de los cocaleros/linchadores.

No es todo: el linchamiento es la autopista de desenfreno capitalista mejor construido. Tengamos en cuenta que el Estado no tiene cabida por acá. Lo único que se luce es el aparato sindical como el auspiciante más preclaro de este capitalismo en auge. El sindicato es el actor consagrado del estatismo paralelo, cuyo mérito consiste en realzar las billeteras cocaleras, rubricando este “capitalismo de sangre”. Es el capitalismo soñado: ágil, sin trabas, monotemático/productor, donde el proceso de “acumulación del capital" es veloz y, sobre todo, imparable. 

¿Quiénes se suben a este tren? Aquellos que se inscriben como miembros de este suculento club capitalista del pacto más sanguinario y cruel de la historia democrática: “yo te doy el derecho a plantar y linchar, tú votas por mí”. Se erige el derecho a una permisividad capitalista absoluta a cargo de traficantes de cocaína, a cambio de votos y calle a cargo de cocaleros. 

La democracia llega, pues, al Chapare, pero sólo como moneda de transacción. Una eficaz y aterradora moneda de transacción que, al apropiarse del Estado desde 2006, se multiplicó exponencialmente por todo el país. El Estado, la economía y los hábitos se adecuaron a esta dinámica de dominio narcotizada. 

La película narra el episodio más violento, no el único, de una realidad construida a su imagen y semejanza. Esa es la realidad que Navia y Patiño, los profesionales de la escritura y el cine, dan a conocer al país con tanta valentía y talento. 

Diego Ayo es PhD en ciencias políticas. 




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