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De media cancha | 17/03/2026

Anatomía de un instante

Diego Ayo
Diego Ayo
He tenido el privilegio de ver la serie española Anatomía de un instante del director Alberto Rodríguez, basada en el magnífico libro con similar título, de Javier Cercas. Me fascina ver la escena inaugural de esta notable producción audiovisual de cuatro capítulos con tres sujetos sentados en sus curules viendo de reojo a las balas. 

Los representantes de la patria española se escondieron en sus asientos de su Congreso, mientras este trío miraba a los golpistas como en cine. ¿De qué hablo? De un episodio fascinante de la historia de aquel país. Un episodio que reunió a una facción militar, liderada por el teniente coronel Antonio Tejero, dispuesta a tumbar la democracia, allá por 1981. 

El Congreso español fue secuestrado por este personaje y su leal comitiva armada hasta los dientes. El golpe estuvo a milímetros de consumarse. Estuvo a segundos de aupar a los herederos del régimen franquista como los imprescindibles héroes que retornaban de las cenizas de la Guerra Civil española de 1936 a 1939 a reconducir España del “descalabro democrático”. ¡España estaba a escasos minutos de encauzar esa historia transitoriamente malograda por el caos del régimen político democrático naciente! 

¿Respuesta? Condescendencia: los padres de aquella España se lanzaron al suelo como en competencia olímpica, pero quienes colgaron en sus pechos las medallas de oro fueron aquellos que no quisieron –¡no les dio la gana!– sumergirse en las aguas del temor: Adolfo Suárez, Santiago Carrillo, Manuel Gutiérrez Mellado representados magistralmente por los actores Álvaro Morte, Eduard Fernández y Manolo Solo. Se acomodaron placenteramente, como en butaca del Bernabéu, a disfrutar del cotejo entre la precaria democracia española y el persistente falangismo franquista. 

¿Quién ganó aquel duelo tan magnánimo? ¡La democracia! Ganó la democracia gracias a la “quietud” de este trío. 

No se amedrentaron. Suárez encaró a los golpistas, Carillo encendió un cigarro y Gutiérrez Mellado los increpó. Mientras los colegas se arrastraban en el piso amedrentados ante el militarismo franquista, ellos enfrentaban a la muerte armados de un poderoso chaleco antibalas: su dignidad. 

¿Qué tenía de maravilloso ese traje para que Suárez cayera en la más flagrante deslegitimación perdiendo su aureola de político franquista, Gutiérrez Mellado se hundiera en ignominia castrense al dar la espalda a su destacamento militar por un “sistema evidentemente inferior”, y Carrillo se sometiera al mayor desprestigio político ante sus bases comunistas y antimonárquicas? Era traje democrático. Esa evolución, distinta a la siempre bullente revolución, era la democracia. Suárez, pues, canceló su familiaridad franquista en honor a este modelo que apenas nacía. 

Gutiérrez Mellado exigió, por ende, la subordinación del franquismo armado a esa cría en pañales. Carrillo se enamoró de esa novia democrática terminando su relación con su viejo amor comunista. Dejaban de ser sí mismos para ser democráticos. Apostaron por el voto, los partidos políticos y la población seducida en urnas frente a la condición de privilegiado burócrata franquista de Suárez, la posición de aristócrata gubernamental con bayoneta de Gutiérrez Mellado y el rango de luchador por un “mundo mejor” de Carrillo. Tenían una copiosa comodidad en sus respectivos y honrosos feudos. Renunciaron a esa dote histórica abalanzándose hacia este nuevo y esperanzador modelo.

¿Qué tenían en común estos tres personajes? Su infinita dignidad. Una dignidad que ponía en combate a la fuerza militar contra la fuerza moral. Ya vimos en otras latitudes similares comportamientos. Rosa Parks no quiso levantarse de su asiento en el Montgomery racista de 1955. ¿Tenía un dispositivo armamentístico que la defendiera? Sí, aquella coraza moral capaz de boicotear a los autobuses durante 382 días, de 1955 a 1956, con Martin Luther King a la cabeza. 

Posibilitó la promulgación de la Ley de Derechos Civiles en 1964, una norma que prohibió, ¡finalmente!, la segregación racial. En 1930, Gandhi cogió un puñado de sal enfrentando al monopolio británico de este producto. Tras 385 kilómetros de caminata, este fantástico líder tomó un poco de sal en el poblado de Dandi quebrando la disposición de la Corona Británica que poseía el monopolio de esta mercancía. Fue el inicio de la “desobediencia civil”. 

En 1947, la India logró su independencia. En enero de 1969, Jan Palach se echó fuego tratando de frenar a las huestes de la dictadura comunista. En 1968, el presidente Alexander Dubcek impulsó reformas democratizadoras conocidas como la Primavera de Praga, que la Unión Soviética logró aplastar. Palach, sabedor de su minúscula fuerza ante el represor soviético, se inmoló en la Plaza de Wenceslao. Dos décadas después su ejemplo fue decisivo. Vaclac Havel fue un actor protagónico de la Revolución de Terciopelo que derrotó al régimen comunista en nombre de aquel joven que enfrentó con su cuerpo al autoritarismo.   

¿Por qué hago recuerdo de estos sucesos? Porque los débiles siempre tienen una última jugada que poner sobre el tablero: la dignidad. La dignidad de aquella mujer cansada del autobús que despertó a todo un país y venció al racismo, la dignidad de este hombre que no se amilanó ante el poder bélico británico y logró la independencia de su país, la dignidad de este joven que “rescató” a Checoslovaquia dos décadas más tarde y la libró del autoritarismo comunista. 

Estos tres personajes de la vida –y de la serie– se emperifollaron, igualmente, de dignidad y legaron, en su grandiosa derrota, el más grande triunfo español del siglo pasado y del presente: la democracia.

Diego Ayo es PhD en ciencias políticas.


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