El luctuoso accidente aéreo, que tuvo lugar el viernes 27 por la noche, ha puesto en evidencia, de una manera extremadamente grosera, las debilidades de la condición humana. El saqueo al que quisieron proceder, y al que de hecho procedió un grupo de personas –que ya sea viven por las inmediaciones o estaban casualmente en el lugar–, ha mostrado un lado indignante de nuestra sociedad.
Por supuesto que no se trata de generalizar a la hora de condenar este hecho; esa falta de empatía no es ni una característica de los bolivianos, ni de los paceños, o de los alteños, aunque lastimosamente se puede constatar que actitudes similares se han dado a lo largo de nuestra historia en momentos parecidos. Me refiero al vandalismo que se da muchas veces cuando tiene lugar un accidente de una flota en una carretera, y que también se ha dado cuando tuvieron lugar otros accidentes aéreos.
Lo escabroso de este caso es que sucedió en el aeropuerto que atiende a la sede de gobierno, a pocos kilómetros del Palacio de Gobierno. Subrayo la importancia de esta ubicación porque, en realidad, esto demostró más que una debilidad extraordinaria del carácter de los protagonistas del saqueo: una debilidad del Estado, que no está en condiciones de reaccionar con celeridad y de imponer su presencia en forma inmediata. Aclaro que esta no es una crítica al gobierno, sino una constatación de nuestra pobreza de siempre.
Si por algún motivo aparece una lluvia de dinero sobre un grupo de personas, es absolutamente comprensible que estas personas lo recojan y se lo guarden; aunque lo correcto sería que lo devuelvan. Pero no es esa la actitud que se debe criticar y condenar, sino el intento de convertir en botín un avión siniestrado y su contenido, estando este a pasos no solo del aeropuerto más importante del occidente del país, sino también de un cuartel del calibre del Tarapacá.
Es incorrecto, injusto y prejuicioso tratar de señalar este hecho como algo que sucedió “porque la gente de El Alto es así”, más allá de que posiblemente, si el avión caía o se arrastraba en una zona residencial de mayor poder adquisitivo, tal vez, y solo tal vez, las cosas se hubieran dado de una manera diferente.
Ahora, en lo que respecta a ese comportamiento, Bolivia en general y la ciudad de El Alto en particular (porque el hecho tuvo lugar allí) tienen que cuestionarse sobre los valores que están siendo impartidos en la población. ¿Es este caso una situación excepcional, como lo es que caiga un avión y vuelen literalmente miles de billetes por los aires, o tiene que ver con (des)valores más arraigados? ¿Toma en serio la mayoría de la gente el cacareado “ama sua”, o es una consigna completamente hueca de la triste revolución cultural? ¿Es el “ama khella” un aliciente para “sin flojera” ir a saquear donde sea y aunque esté lloviendo y granizando?
Lo que ha sucedido el viernes en la noche es una gran vergüenza; es, de alguna manera, una muestra de un fracaso de la manera civilizada de vivir. Esa tarde, muchas personas han retrocedido miles de años para convertirse en recolectores, como nuestros antepasados de las cavernas.
Pero la actitud hace juego con el comportamiento laxo, inmoral y evidentemente delictivo en el que vivimos: el mundo de las coimas para lo malo y también para lo bueno y lo ineludible. Si para estudiar, para ser maestro o para ingresar a la Policía se tiene que pagar debajo de la mesa, ¿por qué nos tenemos que sorprender por lo que sucedió hace 10 días?
Creo que tiene que encontrarse un equilibrio en el análisis de este hecho; no debe ser minimizado ni edulcorado, pero tampoco debe ser utilizado para consolidar prejuicios que, además, pueden tener un alto componente racista. Pero por nada se debe echar tierra sobre el asunto. Se lo debe discutir, se debe poder aprender de él.
La pregunta de por qué un grupo de personas, de vecinos comunes y corrientes, de jóvenes, se lanzaron a cometer un acto de vandalismo puro y duro debe ocupar a los estudiosos de la sociedad, para luego sacar insumos para modificar un comportamiento.
Es posible que el saqueo del viernes sea la grotesca punta de un iceberg de una sociedad que no cultiva la honestidad, ni en escuelas, ni en cuarteles, ni en instituciones.
Agustín Echalar es operador de turismo.