Los bloqueos son un verdadero atentado contra quien no esta de acuerdo con los motivos que llevan a un grupo de ciudadanos a hacerlos. Son un desrespeto a su derecho inalienable y principal de ejercer su libertad, vale decir, moverse de un lado a otro, de acuerdo a sus deseos o necesidades. Limitar esos derechos es inconstitucional, antidemocrático y delictivo.
Digo antidemocrático en primera instancia porque es una forma brutal de no respetar la disensión, el derecho a opinar de una manera diferente, y no solo de quienes se sienten y son perjudicados por una acción de esa naturaleza; sino inclusive por quienes participan de esa acción. Como habitante de una zona rural sé de lo que hablo. Muchos de los comunarios que estaban en el bloqueo no estaban de acuerdo con este, y hasta hubieran estado en condiciones de argumentar, pero se veían impedidos de hacerlo debido a las sólidas estructuras comunitarias que, lastimosamente, no pueden convivir con un verdadero espíritu democrático.
Los bloqueos son una aberración política, y no es de extrañarse que el MAS haya convertido a esa forma de hacer política en un derecho de los pueblos; es una más de las herencias nefastas de ese aparato político con el que nos toca lidiar.
Más allá de lo meramente conceptual, el bloqueo perjudica a todos, a quienes lo hacen y a quienes lo sufren, a la economía del país, en grande, y a la de los individuos, y, por supuesto, como en todo, lastima, sin lugar a duda, a los más vulnerables.
Hay actividades que son aún más perjudicadas, como por ejemplo el turismo o la producción de verduras, que tiene poca sobrevivencia (si es que el bloqueo es muy largo).
Lo peor, lo decisivo, sobre todo en esos bloqueos que se extienden con el colocado de piedras y escombros a lo largo de cientos de metros o de un par de kilómetros, tiene que ver con temas de emergencia de salud.
¿Cómo puede pasar una ambulancia un bloqueo, aún habiendo en el momento la voluntad de los bloqueadores de dejarla pasar? Un bloqueo es también un atentado contra la salud pública, y quienes bloquean pueden convertirse en culpables de un homicidio.
Dicho esto, la idea de hacer una ley antibloqueos pareciera ser lo más razonable, y tal vez lo sea, en la medida en que podría tratarse de una oportunidad para discutir a fondo lo absurdo y lo criminal de estas medidas; solo aceptables cuando un gobierno deja de ser legítimo, como lo sucedido cuando Morales violó la Constitución reiteradas veces para eternizarse en el poder.
El problema es que con o sin ley, el frenar los bloqueos posiblemente no vaya por discutir el tema, sino por combatirlos con la fuerza que el Estado tiene derecho a ejercer cuando los derechos de los ciudadanos son vulnerados. La pregunta es si el Estado tiene la suficiente fuerza y el profesionalismo para hacerlo sin causar bajas innecesarias, y si esa opción no llevaría a una vorágine que debilitaría, una vez más, el sistema democrático, como sucedió en 2003.
La pregunta no tiene una respuesta fácil, o si se trata tal vez de negociar, de vivir con lo que se tiene, de frenar lo que se puede frenar, de negociar, vale decir , de hacer lo que se ha hecho el domingo pasado.
El rubro del turismo es posiblemente el más perjudicado cuando tiene lugar un bloqueo. Un bloqueo de un par de horas puede arruinar un programa preparado con meses de antelación, y no solo descepcionar al consumidor, sino llevar a cifras rojas al operador. Pero es difícil, cuando no absurdo, imaginarse un bloqueo que respete la actividad turística. Los bloqueos son hechos para perjudicar y, a partir de eso, para llamar la atención o para imponerse.
La dinámica de los bloqueos, heredada de tiempos de las dictaduras, cuando tenía una cierta legitimidad, fomentada con dineros del chavismo, consolidada por el masismo, glorificada por grupos intelectuales de izquierda que se engolosinan con la mal llamada “democracia de las calles”, será muy difícil de superar.
Y eso es algo que hace también muy difícil salir de la pobreza, que nos hace vulnerables a políticas que reivindican esos bloqueos. Estamos bloqueados, estamos frenados.
Agustín Echalar es operador de turismo.