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Mirada multidimensional | 20/01/2026

La deuda externa y el Ekeko

Rolando Morales
Rolando Morales
En este artículo haré dos reflexiones generales sobre el endeudamiento externo y terminaré haciendo un comentario sobre la visita reciente del presidente del BID y su oferta de crédito a Bolivia.

Con la excepción de situaciones de emergencia como una catástrofe natural, una epidemia, un incendio, un accidente, un país espera invertir un crédito en alguna actividad económica que le proporcione recursos para hacer frente, por lo menos,  a las obligaciones que genera. 

Salvo algunas excepciones, la tendencia de los organismos internacionales es dirigir sus créditos a proyectos que no producen bienes o servicios que se puedan vender o exportar (carreteras, agua, escuelas, centros de salud, etcétera). Esa tendencia está acorde con su posición ideológica de evitar que el Estado intervenga en la economía a partir de la producción de bienes transables (que se pueden vender). 

El resultado probable de la acumulación de créditos de este tipo es la insolvencia de los países para hacer frente a sus obligaciones externas. Eso es lo que ocurrió en el pasado en América Latina y que puede ocurrir en el futuro. Diferente sería el escenario si los organismos internacionales prestaran para que los países produzcan bienes y servicios que puedan ser exportados.

Al recibir un crédito externo, el país tiene dinero para gastar por encima de lo que le proporciona su actividad productiva y comercial. Esto hace aumentar la demanda doméstica y la de importaciones. En el primer caso, el aumento de la demanda por encima de la oferta doméstica hace aumentar los precios impulsando la inflación. 

En el segundo caso, el dinero que entra por la ventanilla del crédito se sale por la ventanilla de las importaciones. Argentina sufre amargamente este problema y otros países también. Sin embargo, este efecto es preocupante solo si el crédito es importante con relación al PIB y es desembolsado en poco tiempo. Si no es el caso, puede ser utilizado para aumentar la producción (lo que no se logra de un día al otro) y que, a partir de ello, la oferta se equilibre con la demanda en el mediano y largo plazo en un ambiente de inflación moderada, con algunos problemas en Balanza de Pagos, pero sin provocar eventos catastróficos como en Argentina.

El acuerdo reciente entre Bolivia y el BID contempla la apertura de una línea de crédito por $us 2.000 hasta el 2027 y de $us 2.450 para los años siguientes. Esto significa que Bolivia puede pedir créditos para proyectos específicos hasta alcanzar esas sumas. Cada proyecto será analizado por el Directorio del BID y aprobado por la ALP de Bolivia. 

Hasta donde se sabe, los proyectos estatales a ser financiados por el BID contemplan inversiones para producir bienes o servicios no transables; es decir, que no se pueden vender ni exportar como carreteras, escuelas, etcétera. Pero se ha anunciado que una parte de esos créditos podrían financiar proyectos del sector privado, los cuales, necesariamente, estarían destinados a producir bienes o servicios transables. 

No es mala idea, pero quedan dos interrogantes: teniendo en cuenta su debilidad, ¿el sector privado podrá captar millones de dólares o solo una proporción de ellos? y ¿quién será el responsable del repago al BID? Por otra parte, la banca nacional tiene recursos para atender la demanda de crédito del sector privado sin tener que recurrir a la ayuda externa.

La prensa nacional, basada en discursos de autoridades del gobierno, alardearon sobre la visita del presidente del BID mencionando que venía trayendo $us 4.550 millones para dar a Bolivia. Lo hicieron quedar mal presentándolo como el Ekeko de la fortuna, a pocos días del inicio de las Alasitas en La Paz. 

Sugirieron que ese dinero podría hacernos salir de la crisis. Ese discurso acarrea dos problemas. En primer lugar, los operadores económicos podrían pensar que es un dinero fresco que ayudará a estabilizar el mercado cambiario, ignorando que no entrará por esa vía ni un solo dólar hasta dentro de algunos meses. 

En segundo lugar, aunque puede ser un paliativo en situaciones de emergencia, ningún país del mundo debería pensar que sus problemas se solucionan con base en el endeudamiento externo.

Finalmente, cabe insistir que Bolivia requiere solucionar con urgencia el problema suscitado por el canje de monedas entre el Banco Central y los bancos, que se encuentra a la raíz de la renuncia de éstos para devolver los dólares del público y que inviabiliza la posibilidad de estabilizar el mercado cambiario. 

Para ello, Bolivia requiere con urgencia $us 2.600 millones, que haría bien en intentar conseguirlos a través de algún crédito externo, mencionando que se trata de una emergencia. Solucionado este problemas, los pronósticos para el 2026 podrían pasar de pesimistas a moderadamente optimistas.

Rolando Morales es doctor en economía.


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