He tenido el gusto de debatir con Diego Pary en el programa del periodista Pedro Saúl Gemio. Me remito a un tema fundamental de aquel diálogo: la corrupción visualizada en el gobierno del MAS.
La postura de Pary es coqueta pero errada: “los corruptos eran expulsados del gobierno”. ¿Qué es lo que quería decir el exrepresentante gubernamental? La corrupción era la excepción. La corrupción, en caso de manifestarse, era rápidamente sancionada. Ergo: todos éramos honestos y los corruptos sólo podían ser empleados públicos caídos en la tentación. La corrupción, por ende, sólo podía ser personal. Insisto: los corruptos sólo podían ser la excepción.
¿Es verdad? No, no es verdad. Esa tesis no sólo es errada. Es peligrosa. Impide comprender lo que se debe comprender: la corrupción no es una señal (menor) de que el sistema está fallando. En verdad, es la señal de que el sistema autoritario está funcionando perfectamente.
Como lo dice la profesora Ruth Ben Giat en su fascinante trabajo sobre El hombre fuerte (Strongman): la corrupción es el corazón mismo del poder. La autora lo define como el “pegamento” que une las piezas. Une al presidente con sus ministros, líderes sindicales, gobiernos locales y demás.
Tengamos en cuenta el punto de partida: los presidentes, Morales/Arce no quisieron ni necesitaron funcionarios honestos. Querían funcionarios leales. Funcionarios cómplices. Al permitir que su gente se enriqueciera ilegalmente, Morales/Arce lograban una lealtad absoluta.
El logro era doble: los aliados se convertían en bulldogs en defensa del “proceso de cambio”, y los presidentes en cuestión tenían el “derecho” de poner sobre el tapete mediático los “deslices” de corrupción de estos corruptos en caso de que buscasen independizarse o, peor, hacerse los vivillos y pasarse al enemigo: “si yo caigo, vos también”.
¿Qué significa esta aseveración? Pues lo que vimos: el masismo se convirtió en una fuente de recursos para alimentar la enorme red clientelar creada. Los contratos, cargos y privilegios, no por mérito, sino como recompensa por la lealtad política, devinieron en la recompensa “lógica” creando nuevas y pujantes oligarquías.
Oligarquías alrededor de las licitaciones amañadas, oligarquías al calor del contrabando permitido, oligarquías ligadas al pujante narcotráfico, oligarquías enquistadas en el aparato público y, en su “defecto”, oligarquías aferradas a alguna cooperación internacional “progresista”.
El máximo líder proyectó una idea para enmelar esta corrupción: él merece esos recursos por el “sacrificio” que hicieron por la patria. Se convenció a las bases que las acusaciones de corrupción eran “inventos de la oposición”. Por ende, se normalizó la corrupción. Se la normalizó bajo la tesis de que “sólo quieren destruir el “proceso de cambio”. No es cierto.
El Fondo Indígena sigue siendo el ejemplo más didáctico para rechazar ese planteamiento: no se trataba de dos, 10 o 50 manzanas podridas. No, lo que se veía era un esquema fascinante de corrupción institucionalizada. Una auténtica red de corrupción donde el beneficio económico fluía hacia abajo para asegurar que las organizaciones sociales y los mandos medios defendieran al líder a toda costa. No era una defensa por amor, similitud étnica, afinidad programática; era una defensa por dinero adobada de ornamentos.
La corrupción actuaba, pues, como el pegamento perfecto. También perfecto con la base electoral. Sí el líder repartía suficientes beneficios (bonos, empleos estatales, obras), el ciudadano perdonaba los delitos: “roba, pero hace”. O, mejor: “ellos robaban mucho, pero no hacían nada", refiriéndose a los neoliberales y a los 500 años de perjuicio.
La tesis que ponía Pedro Saúl Gemio resonaba con similar temeridad ideológica: “si ellos han robado 500 años, ¿por qué quejarse de nuestros 20 años?”. Una tesis falsa capaz de justificar todo, absolutamente todo abochornándonos a quienes descendíamos de esos “miserables” instalados en el poder desde la colonia.
¿Es cierta esta tesis? No. No tengo, a pesar de mi condición de “criollo”, ningún lazo con esa blanquitud corrupta. No respondo por los delitos de mis tatarabuelos y demás congéneres. Además, puedo estar seguro, la mayor cantidad de “blancos” no descienden de Pizarro. Quizás llegaron en 1930, tal vez hace dos generaciones, o, en una de esas, hace 285 años.
Siempre me causó insana gracia los castigos del Viejo Testamento. Si pecabas, tu castigo debería extenderse hasta la cuarta generación (o algo así). Qué bonito acabar santificado bíblicamente al revés y pagar por los delitos de los parientes sanguíneos de otras épocas. ¿Síntesis? El MAS creó este fantástico relato para justificar la inmensa corrupción en juego. Una corrupción que no dependía de una banda de corruptos, como dije, era la esencia del gobierno populista instaurado por Morales. Pero claro, les decías algo y la respuesta era obvia: “Ustedes chorearon 500 años”. Vaya.
Diego Ayo es cientista social.