cerrarSAVE_20260301_150414SAVE_20260301_150414
SAVE_20260314_223345
SAVE_20260314_223345
BANNER BRÚJULA DIGITAL1000X155PX_1773957844515
BANNER BRÚJULA DIGITAL1000X155PX_1773957844515
Sin embargo | 27/03/2026

El principito y el mar

Jorge Patiño Sarcinelli
Jorge Patiño Sarcinelli
Se decía que el libro de cabecera de toda Miss Brasil era El principito. No se puede quitar el aspecto machista de un concurso que premia el largo de las piernas y las proporciones entre caderas y busto, pero al menos se puede responder a aquella insidia misógina señalando que en las mesas de noche de los Mister Atlas solo se encuentra el suplemento deportivo; entre los que saben leer, se entiende. 

En esa hipotética comparación quedan mejor paradas las beldades femeninas, pues, con todo respeto por las artes musculares, el libro de Saint-Exupery contiene joyas de reflexión sobre lo humano. No es un Schopenhauer, pero es un libro honesto que no pretende ser lo que no es. Ha sido injustamente menospreciado por no haber escondido su candor poético debajo de un lenguaje pretencioso, como hace, por ejemplo, El Alquimista con su filosofía de café. 

Pero el mercado ha hecho justicia: según Claude, en todo el mundo se han vendido a la fecha 150 millones de copias del libro de Coelho y 200 millones de El Principito –cifras aproximadas, claro– y no creo que hayan sido todos comprados por candidatas a Miss. 

Una de las reflexiones bonitas del libro es que uno es responsable por aquello que conquista. El principito se refería a una flor, pero su aplicación es más general y se basa en la sutil idea de que quien conquista logra, mediante el lenguaje de la seducción, que el objeto deseado baje sus defensas y acepte ser tomado; pero esa rendición no es incondicional.

Hay conquistas que obligan al cuidado de lo conquistado, como enseña el principito. Un ejemplo es la que han logrado los Gobiernos bolivianos al convencer a la población de que “el mar nos pertenece por derecho y recuperarlo es un deber”.

Esa ha sido una conquista de mentes, como haber clavado la bandera del Litoral en el imaginario nacional. Si generaciones anteriores se habían resignado a la pérdida, las mentes conquistadas por esa nueva esperanza hicieron suyo un anhelo tan grande que ha pasado a formar parte de la identidad nacional; tan indiscutible como nuestras costumbres. 

Ese anhelo fue alimentado en membretes, glorificación de nuestros héroes en plazas y calles –incluso de derrotas y derrotados–, desfiles escolares y militares, gestiones diplomáticas, juicios internacionales, debates, etcétera. De hecho, uno de estos dio lugar a una de nuestras raras victorias simbólicas, la de Carlos Mesa en la televisión chilena, de la que no sacamos nada en concreto, pero hizo que por unas semanas hincháramos el pecho nacional celebrando la humillación del enemigo chileno y que el susodicho acariciara nuevamente el sueño de la Presidencia.

No se puede atribuir aquella conquista del imaginario nacional a un solo nombre. Fue una conquista en capítulos, en la que Gobierno tras Gobierno se fue alimentando ese anhelo hasta incorporar entre las ilusiones nacionales las de tener playa y puerto propios; por muy vanos que fueran sus fundamentos.

No está escrito en ningún lugar, pero es tácito que un presidente cuando jura al cargo no solo se compromete a defender la Constitución, sino a respetar y cuidar los sentimientos nacionales. Cuando defrauda ese compromiso implícito no está cometiendo un delito contra las leyes, sino contra la sensibilidad ciudadana. Es lo que ha hecho Rodrigo Paz.

Viaja a Chile, se enamora de Kast –un amor no correspondido, como lo muestran las nuevas zanjas en la frontera– y a pocos días de celebrarse los tradicionales desfiles escolares por el Día del mar, los cancela; no sin una vez más mostrar la improvisación y descoordinación que va marcando su gestión. 

Se puede y se debe buscar un acercamiento con Chile –de hecho, nunca hubo animosidad entre los pueblos– pero esta repentina voluntad de agradar al otrora enemigo es sospechosa justo después de Miami; casualidad quizá, pero es difícil no pensar mal.

Más allá del caos comunicacional –posible reflejo de un más grave desorden de gobernanza–, la decisión de cancelar los desfiles, como si se tratara de un evento sin cualquier transcendencia, muestra esa falta de cuidado con el sentimiento del conquistado al que me referí al inicio. 

Un presidente que, como todos los democráticamente elegidos, está apenas de paso, no tiene derecho a ningunear un anhelo solo porque sus nuevos sentimientos geopolíticos chocan con lo que la mayoría de los bolivianos añora, aunque sea inalcanzable. Al final, los amores imposibles son los que más perduran, justamente porque son inmunes a la racionalidad.

Haciendo una simplificación, hay dos grupos de gobernantes, los sentimentales y los racionales. No es obvio a priori cuál, entre estos dos modelos, es el mejor. El primero, cuando es malo, tiende hacia la corrupción; el segundo hacia el autoritarismo. 

En nuestro caso, reconocidos los matices, podemos decir que Rodrigo Paz está con su padre entre los sentimentales, mientras que el Dr. Paz y Goni están entre los racionales. Sin embargo, como suele suceder en las clasificaciones, para acercarse a la precisión hay que introducir subcategorías. 

Entre los racionales, están los que tienen más o menos materia gris; y entre los sentimentales, los de corazón grande o chico. 

Creo que Jaime Paz era de los primeros –en su corazón siempre cabía más–; mientras que Rodrigo está dando preocupantes señales de ser de los segundos; a quienes la frase bonita les sale con sospechosa facilidad y quieren cambiar realidades con palabras en lugar de enfrentarlas. Esto es un estilo de gobernar y es también un reflejo del alma.

En sicología hay que cuidarse de las demostraciones y este episodio de los desfiles no es una prueba conclusiva de nada, pero sugiere una reacción poco meditada que no ha dado el debido peso al sentimiento popular. Este es un defecto grave en un mandatario a quien las virtudes personales y las condiciones nacionales lo obligan a gobernar en modo populista, más que estadista. Y ¿qué es un populista que no siente con el sentir del pueblo?

Jorge Patiño Sarcinelli es escritor boliviano.


WhatsApp Image 2026-03-03 at 09.11.50
WhatsApp Image 2026-03-03 at 09.11.50