Se estima que un tercio de los hogares del mundo tienen al menos un perro de estimación. Me gusta este término porque recoge el sentimiento de ternura que sus dueños tienen por ellos. Así se entiende que besuqueen sus hocicos húmedos, les digan palabras melosas y hasta duerman con ellos.
Ese amor tiene más de una compensación. Los estudios muestran que: “Tener un perro se asocia con una menor presión arterial y un riesgo 24 % menor de morir por todas las causas en un horizonte de 10 años”. (NYT, 3/3/26)
Esto es muy impresionante, pero hay que tener en cuenta que el efecto depende de la actividad física con las mascotas. Si la que lleva el perro a pasear es la empleada, la que va a vivir más años es ella.
Sospecho que los zoófilos rechazarán que asocie los objetos de su amor a los verbos del título de esta columna: morder y matar. ¿Cómo me atrevo a sugerir semejantes cosas de sus tiernos amigos? No se ofendan. No dudo de esas ternuras ni sugiero que todos los perros muerden y matan, pero no hay contradicción. Los ejemplares violentos no representan a toda la especie.
Es como en el reino humano. Así como hay personas sabias y buenas y las que dan incluso la vida por personas que ni conocen, hay también desgraciados que abusan de niños, matan a sus parejas, roban a los pobres u ordenan bombardear poblaciones civiles. La lista de crímenes que cometen nuestros congéneres es larga. Esto nos horroriza, pero lo hemos incorporado en nuestra idea de las posibilidades de nuestra especie.
A los humanos que cometen dichos crímenes, donde hay justicia les cae la ley; excepto a los que ordenen tirar bombas contra civiles indefensos, quienes son condecorados como héroes defensores de la paz.
Algo similar pasa con los perros. Los hay pequeños y dulces, grandes y fieles. Los que acompañan a ciegos o cazadores (que matan a otros animales), los que defienden la casa y juegan con los niños, los que rescatan a personas perdidas, etc.
Pero también están los que muerden a cualquiera en la calle o se juntan en jaurías urbanas y matan a transeúntes inocentes. Es raro que un perro mate a una persona, pero le puede causar heridas o contagiarla de rabia, lo que puede llevar a la tumba.
Sin embargo, aquí hay una asimetría. Los humanos que cometen crímenes lo hacen a sabiendas. Mientras no los cometan, son considerados inocentes y solo van a la cárcel si su culpa es demostrada en un juicio; excepto en Bolivia, donde basta la acusación para enviar un sujeto a la cárcel con “detención preventiva”. Si resulta que es inocente, pena; nadie le devuelve los días perdidos ni la reputación manchada. El nuevo Gobierno no ha terminado todavía con esta práctica nefasta.
Si aplicáramos el mismo principio a los perros, tendríamos que decir que todos son inocentes hasta que muerdan y si solo ladran, no cabe la detención preventiva.
En Bolivia se ha otorgado a los perros y otros animales domésticos los siguientes derechos (Ley 700 de Evo Morales): “a) ser reconocidos como seres vivos, b) tener un ambiente saludable y protegido, c) ser protegidos contra todo tipo de violencia, maltrato y crueldad y d) ser auxiliados y atendidos”.
La ley habla de animales domésticos; a los salvajes, la ley de la selva. Sobra decir que estos “derechos”, excepto el c) no pasan de lirismo legislativo.
Los perros tienen “derechos” por ley, pero estos difieren de los derechos políticos de los ciudadanos, que emanan de un pacto social -en el que no participan los animales- y que tienen como contraparte obligaciones. Los derechos de los animales deben en realidad ser entendidos como obligaciones que se impone la sociedad de protegerlos de la crueldad humana.
La crueldad degrada a quien la ejerce y a la sociedad que la permite. Este es el gran principio que se aplica a la defensa de todos los vulnerables y que constituye una defensa más fuerte que la existencia de derechos que los animales no conocen ni podrían reclamar.
Por otro lado, no hay cómo asignar obligaciones ni prohibiciones a los perros. No se puede establecer, por ejemplo, que los perros callejeros deban orinar solo en los postes pintados de amarillo; una utilidad que podrían haber tenido los que ha plantado la Alcaldía en la Zona Sur.
Tampoco se les puede prohibir morder a cualquiera en la calle. Un perro puede ser entrenado para saber lo que no “debe” hacer, pero el perro callejero no sabe lo que hace y si ladra o muerde es porque es de perros ladrar y morder.
Aquí es donde se plantea el dilema. Si dejamos que esos perros callejeros, inocentes hasta que se pruebe lo contrario, sueltos por la calle, exponemos a la población a que sea mordida el rato menos pensado y deba ir de emergencia a hacerse vacunar contra la rabia. Esto no es excepcional; me ha pasado a mí, a gente que conozco y otras que salen en las noticias, sin que hayamos hecho nada para provocar esa desagradable y peligrosa violencia.
Me imagino que hay animalistas que creen que su derecho de ver sus barrios adornados con esos “animalitos” y el de estos perros de pasear por la ciudad y cagar donde les urja es más importante que el de los transeúntes de ir por las calles sin temor de ser mordidos. Encima les ponen casitas en las aceras y agüita cada mañana.
Esta posición es considerada inaceptable en las ciudades que reconocen que los perros son una amenaza a la salud pública; no solo por el riesgo de las mordeduras y el cólera, sino por las heces que dejan en las aceras, a la espera de ser pisadas.
Casi todas las ciudades que se toman el problema en serio adoptan políticas de sanidad y control basadas en campañas de vacunación masiva, esterilización, campañas de adopción y otras. Las perreras municipales de antaño, donde se los tenía a la espera del matadero, ya no son consideradas aceptables por inhumanas.
En La Paz, adoptamos la pasividad y los alcaldes no han tenido la debida determinación para defender a los ciudadanos de los perros callejeros. Es decir, hasta la fecha se ha impuesto el derecho de estos animales por encima de la seguridad y salud de la población. Esto es una aberración que espero que el próximo alcalde sepa corregir.
Jorge Patiño Sarcinellies escritor boliviano.