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Sin embargo | 02/01/2026

Cada perro con su hueso

Jorge Patiño Sarcinelli
Jorge Patiño Sarcinelli
Hace unas semanas, uno de nuestros distinguidos economistas, Roberto Laserna, señalaba que mientras el genocidio en Gaza recibe la atención de los posteadores en las redes sociales, otros conflictos con similares números de muertos no reciben ni una fracción de esa atención, por hipocresía, según él, y hacía un inventario de las masacres actuales para ofrecer evidencia.

No quiero quitarle a Laserna la primicia de la revelación de esos conflictos ni busco su absolución, pero dejo constancia de que, hace un año, en mi primera columna de 2025, dije lo siguiente:

“Ahora estamos asistiendo en vivo y en directo al primer crimen del siglo XXI. Pero Gaza no es todo. En Somalia mueren hoy más personas al día de hambre y por balas somalíes que en Gaza. Son once millones los que han perdido o huido de sus casas. En partes de Ucrania también hay esqueletos de edificios donde vivían y eran felices familias que nada han hecho para provocar esa guerra y menos para justificar que un tanque aplaste a sus jóvenes o que una bomba haga añicos sus rutinas domésticas”.

Podría repetir este párrafo, casi palabra por palabra. Desde entonces, poco ha cambiado; hay atisbos de paz, pero el sufrimiento y la destrucción se siguen acumulando.

Sin embargo, Laserna no hacía la observación con el objeto, loable por cierto, de informar de la existencia de otros conflictos, sino para delatar el sesgo de quienes se conmiseran con unas victimas porque son privilegiadas por una agenda liberal, pero guardan deliberado silencio sobre otras.

Laserna expresa así su indignación:

"Me decepciona profundamente (sic) [el] silencio ante los genocidios que se cometen hoy mismo en Nigeria, Sudán y Siria, donde se persigue y asesina a inocentes sin otra culpa que ser kurdos o cristianos. Algo me dice que ya no ven noticias, solo propaganda (¡!) . 

La implicación de la palabra “propaganda” aquí es que, aunque lo digan personas y medios de prestigio, no hay en Gaza un número de muertos, heridos, refugiados y hambrientos que justifique, sin ayuda de la propaganda, los sentimientos de conmiseración de una persona con un tris de humanidad. 

Sobre la atención diferenciada a unos y otros conflictos, Laserna comete un error elemental de lógica. Que alguien escriba hoy un post dedicado a Gaza no obliga a que se pronuncie sobre todo el horror planetario. Si él señala una hipocresía, nadie le reclama que denuncie todas las hipocresías del FB. Que cada perro se ocupe de su hueso.

Se le puede dar algo de razón a Laserna en que ahora hay un sesgo de atención –aunque no de reconocimiento de sus reivindicaciones– sobre Gaza, pero él apunta mal su dedo acusatorio; pues este sesgo (o hipocresía) es mundial y no se reduce a los posteadores de nuestro país, sino que nace en los medios de comunicación. Al lector le costaría encontrar noticias sobre otros conflictos en un número que se acerque siquiera a las dedicadas a Gaza o Ucrania y, si los medios no informan, solo una persona diligente como Laserna puede presumir de saber de todos.

El sesgo informativo ha sido notable, por ejemplo, en la cobertura mediática de la reciente tragedia en la playa de Bondi en Australia, en la que fueron asesinados 15 judíos. Un número mayor de palestinos sigue muriendo cada semana por balas israelitas, pero la prensa ya se ha cansado de llevar la cuenta. No creo que Laserna haya protestado por este sesgo.

Supongo que él habrá celebrado el bombardeo norteamericano a posiciones islamistas en Nigeria, en defensa de “nuestros hermanos cristianos” y que el paquete de ayuda humanitaria de EEUU para 2026 favorece a Sudán, Siria, Ucrania, Chad y Congo, pero excluye a Gaza (NYT, 29/12/25). 

La igualmente distinguida columnista Daniela Murialdo aprovecha la senda abierta por Laserna y en una columna reciente hace suyas sus palabras –incluyendo lo de la propaganda, supongo–, y va más allá, sazonando su verbo con sus obsesiones antiliberales. 

Ella comienza su artículo con esta cándida confesión:

“Todos escribimos con agenda en mano y leemos esperando reafirmar nuestros pensamientos o, por los menos, aclararlos. Sentimos las posiciones contrarias como picaduras de abeja y reaccionamos en consecuencia”. Que hable por ella.

Después de copiar a Laserna en el inventario de masacres, ella nos da esta muestra de su teleclarividencia:
“(…) estos activistas [de la Flotilla de la libertad] están complacidos con su sentido de humanidad, sensibilidad y compasión. Pero su misericordia es algo selectiva”.

Vaya uno a saber qué motivaciones individuales hay en un grupo tan heterogéneo como el de esa flotilla. ¿Cómo saber por una foto si alguien está complacido o qué sesgo tiene su misericordia (si la siente)? Sin sombra de evidencia, esas palabras son frívolas.

Ella caricaturiza a dichos activistas como “tiernas quinceañeras partiendo en un crucero” y reclama que ellos en lugar de asolearse en las plácidas aguas del Mediterráneo, no hayan desafiado los drones rusos navegando por las frías aguas del Dnieper rumbo a Kiev. 

Murialdo es conocida por su buena pluma; nunca mejor que en su vena solipsista. Por la inteligencia que le conozco, sospecho que en realidad ella no cree en eso de los bikinis y la misericordia selectiva; solo intenta ser graciosa para su barra.

Uno puede ser socialista o sionista, justificar a Hamas o al IDF, pero nadie, que esté bien informado puede negar que siguen muriendo a diario por balas o de hambre decenas de palestinos inocentes. El total de muertos quizá pueda ser debatido por la dificultad de precisarlo, pero nadie se atrevería ya a decir que son menos de 60 mil –20 mil niños al menos entre ellos– y queda poca gente seria que no reconozca que ahí se está cometiendo un genocidio. 

Que alguien quiera llamar la atención sobre esta tragedia y llevarles alimentos es al menos encomiable. Que haya tragedias peores, no es consuelo, y si otros quieren llamar la atención sobre lo que pasa en Sudán, Darfur o Chad, es cuestión de dejar la comodidad de sus casas y organizar una caravana por el desierto.

Por una de esas dinámicas perversas, pero no infrecuentes, lo que comenzó como una crítica legítima a los excesos de la cancelación se convirtió en desprecio a valores como la igualdad, la diversidad, la inclusión, la tolerancia, la misericordia y la protección del medio ambiente. Estos objetivos eran valorados por la izquierda y la derecha bien pensantes, y más aún por la Iglesia Católica, como lo expresa elocuentemente su Infinita Dignitas de 2024. 

Pero ahora, esos valores se han convertido entre los neoreaccionarios en ideas despreciables y quien los promueve es sometido al látigo de la cancelación. En su lugar, para ellos solo quedó el desprecio por el humanismo y una mitificación de la libertad; la que, cuando raspamos el barniz, se reduce a la de hacer negocios, porque las otras han sido amputadas.

En esa lógica, quien, en lugar de quedarse pasivo ante el horror, intenta hacer algo por una causa, es objeto de escarnio. Cuando la valentía no pasa del teclado, la sorna es la manera más barata de cosechar aplausos. 

Jorge Patiño es escritor boliviano.


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