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Más allá del simulacro | 23/01/2026

La plurinacionalidad no está a salvo

Sofía Cordero Ponce
Sofía Cordero Ponce
El 22 de enero de 2010 Bolivia se reconoció como Estado Plurinacional. 12 años después, esa fecha exige reflexión profunda sobre lo logrado, lo pendiente y lo que aún puede torcerse si el país olvida que las instituciones no se sostienen solas, sino en la voluntad y la responsabilidad colectiva. 

La plurinacionalidad no fue un regalo del poder ni un capricho doctrinario. Fue –y sigue siendo– la materialización de una demanda histórica de pueblos indígenas, originarios y campesinos que habitaron este territorio mucho antes que el Estado, y que batallaron para que su existencia política sea reconocida sin tutelas, sin folclorización y sin subordinación.

Ese reconocimiento significó un punto de llegada, pero sobre todo de partida. Porque la plurinacionalidad, si se comprende bien, no es un modelo cerrado ni una receta importada. Es un horizonte en permanente construcción que implica transformaciones culturales, políticas, sociales e institucionales.
 Un horizonte que incomoda, que obliga a repensarlo todo –desde la justicia hasta la burocracia, desde la escuela hasta la representación política– y que solo puede sostenerse en diálogo, en creatividad institucional y en la convicción de que Bolivia no es una pieza homogénea ni mucho menos simple.

Si algo debe quedar claro después de estos 12 años es que el Estado Plurinacional no puede ni debe pertenecer a una sola fuerza política. Ni al MAS ni a ninguna otra. Quien crea que este proyecto es patrimonio de un partido lo reduce y lo condena.La plurinacionalidad es una opción de convivencia democrática entre pueblos distintos; una promesa de igualdad sin imposición, de democracia sin exclusión, de encuentro entre indígenas, mestizos, urbanos, rurales, jóvenes, mayores, mujeres y hombres que habitan y transitan por Bolivia. Es, en el fondo, un antídoto contra esa tentación latinoamericana de convertir la diversidad en amenaza y el disenso en enemigo interno.Por eso es saludable el giro que el nuevo gobierno ha demostrado en estos meses: disposición a escuchar, capacidad de negociación, sensibilidad para leer el pulso social. El episodio del Decreto 5503 fue ilustrativo: iniciativa audaz para reformar subsidios que eran económicamente insostenibles, pero también capacidad de corregir, dialogar y medir el costo social. 

Inteligencia política no es solo avanzar; también es saber detenerse para que el avance no sea a costa del tejido social. En eso Bolivia dio una lección que vale recordar, especialmente cuando se observa la torpeza de otros gobiernos de la región. 

Ecuador, en 2025, impuso el fin del subsidio al diésel mediante la fuerza, la violencia y el desprecio por el diálogo, celebrando aquel acto como un triunfo cuando en realidad dejó heridas abiertas y desconfianza duradera. Las sociedades no se disciplinan por decreto, ni las fracturas se cierran a garrotazos.

Pero hay que decirlo también: la plurinacionalidad no está a salvo. Puede degradarse en retórica vacía, puede convertirse en botín electoral o en símbolo identitario hueco si no se la alimenta con instituciones sólidas, educación intercultural real, justicia que entienda la complejidad cultural y participación política que no sea mera escenografía. 

La plurinacionalidad no vive en los discursos: vive en los hospitales, en las escuelas, en los juzgados, en la economía y en la distribución del poder.Por eso, a quienes gobiernan hoy, les corresponde cuidar el horizonte y abrirlo, no clausurarlo. Y a quienes vienen detrás –las generaciones jóvenes que ya habitan un país distinto al de sus padres– les corresponde defender sin fanatismos el derecho a un Estado que los contenga a todos.

12 años no son suficientes para cambiar una historia de siglos, pero sí bastan para saber que vale la pena insistir. Bolivia tiene diversidad, creatividad política y deseo democrático. Si hay lucidez y responsabilidad, la plurinacionalidad seguirá siendo no solo una conquista, sino una posibilidad para imaginar un país más justo, más plural y más digno.

Sofía Cordero Ponce es politóloga y docente universitaria


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