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Más allá del simulacro | 20/02/2026

Poblar la política, abandonar los extremos

Sofía Cordero Ponce
Sofía Cordero Ponce
Han pasado 100 días y, por primera vez en mucho tiempo, el país parece caminar por una franja estrecha: ni el voluntarismo épico que todo lo promete ni el ajuste brutal que todo lo rompe. Una zona intermedia, incómoda, pero necesaria. Ese es el centro político. Y es, también, el lugar más difícil de sostener.

Al gobierno le corresponde entender que su mayor activo no son las medidas económicas en sí mismas, sino haber evitado hasta ahora los extremos. Retirar las subvenciones sin muertos, liberar exportaciones sin desorden inmediato, iniciar correcciones sin una ruptura social, no es simplemente eficiencia técnica: es la posibilidad de reconstruir normalidad institucional después de años en que el país vivió entre la negación de la realidad y la confrontación permanente.

Pero el centro no se ocupa solo una vez, se defiende todos los días. Y empieza a mostrar fisuras cuando el poder se encierra en círculos de confianza personal, cuando la agenda pública se vuelve difusa o cuando las decisiones parecen favorecer territorios, sectores o aliados antes que al conjunto. 

También se debilita cuando la comunicación oficial se contradice o cuando problemas graves –como la escasez de divisas, la inflación persistente o los escándalos en empresas estatales– no reciben una respuesta política proporcional. El centro no es la moderación discursiva; es la sensación social de imparcialidad.

La tentación será siempre la misma: ante la dificultad económica endurecerse; ante la crítica polarizar; ante la fragilidad política refugiarse en los propios. Ahí comienza la deriva. Gobernar desde el centro implica algo más exigente: aceptar costos sin buscar enemigos, tomar decisiones sin construir bandos permanentes y administrar la economía sin convertir cada medida en una batalla ideológica.

A los ciudadanos nos corresponde comprender que una transición democrática real no consiste en reemplazar un proyecto por otro igualmente excluyente, sino en transformar la política en un espacio donde la alternancia sea previsible. Donde perder no signifique desaparecer ni ganar implique quedarse para siempre.

Durante años la política se redujo a adhesiones totales o rechazos absolutos. La apertura de un escenario más moderado no será duradera si la sociedad vuelve a organizarse alrededor de salvadores o antagonismos irreconciliables. El desafío ahora es otro: construir nuevas opciones, proponer antes que reaccionar, participar más allá del voto, poblar el espacio público de ideas distintas. Una democracia madura no es la que evita los conflictos, sino la que los procesa sin poner en duda su propia continuidad. La diversidad política no debilita al Estado, lo protege.

Si el gobierno resiste la tentación de los radicalismos y la sociedad abandona la comodidad de la polarización, el país puede inaugurar algo inusual en la región: un sistema donde la alternancia sea rutina y no catástrofe. Donde cada elección no decida la supervivencia del adversario, sino solo el rumbo temporal de la administración. No es una meta espectacular, es más bien sobria.

Pero precisamente por eso sería histórica.

Sofía Cordero es  es politóloga y docente universitaria.


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