El título del presente artículo quiere hacer referencia al “mundo” en dos acepciones distintas. Primero, el “mundo” global que vive un cambio de estructura social e inclusive nuestra redefinición como especie, la que se está dando de manera trepidante ante nuestros ojos, aunque nuestra cortedad de vista insista en ignorar el fenómeno para centrarse en la politiquería y las chicanerias diarias.
¿Cuál es el rol que en este nuevo contexto va a tener la minería, la que de una u otra manera marca la forma en que nuestro país se relaciona con los “otros”?
La segunda acepción se refiere a “nuestros mundos”, los espacios en que nos desenvolvemos cotidianamente los bolivianos, nuestros “contextos geográficos”, que, dada la dinámica que la explotación minera ha tomado en las últimas dos décadas, corren el peligro de convertirse rápidamente en paisajes degradados de tierra dañada y ríos envenenados (sin exageraciones de ningún tipo).
A pesar de que José Luis Roca en su Ni con Lima, ni con Buenos Aires hundía las raíces de la identidad nacional en las etapas anteriores a la llegada de los españoles, queda claro que nuestro hito fundacional fue el descubrimiento y explotación del Cerro Rico de Potosí.
A partir de ese momento, pasando por los ejes Potosí –Chuquisaca, La Paz– Oruro, o el actual La Paz–Cochabamba– Santa Cruz, la minería se ha mantenido como nuestro principal nexo con la económica mundial.
Durante unos pocos años vivimos el espejismo del gas y en la última etapa histórica se han incorporado nuevos actores, como la agroindustria y la manufactura, pero, aun así, la “preeminencia” histórica de la minería es indiscutible.
Y esa realidad se incrementará, dada el alza de precios que se esta registrando en el mercado internacional.
Si quisiéramos hacer una comparación de tipo grueso, podríamos decir que la minería es una herramienta: depende cómo se use para determinar el daño que hace o el beneficio que brinda a un país.
En las primeras décadas de este siglo, de la mano de los “barones” del estaño, Patiño, Hoschild y Aramayo, se constituyeron en nuestro país empresas que se encontraban entre las modernas e importantes del mundo. Sin embargo, dicho sitial lo único que hacia era perpetuar nuestro atraso.
Estas empresas tenían sus oficinas centrales en Nueva York o Londres, depositaban sus ganancias en bancos extranjeros; mientras que en Bolivia lo único moderno eran sus minas y el ferrocarril que conducía los minerales al puerto.
Con la Revolución del 52 y la nacionalización de las minas, la calidad de la industria cayó pero sus ingresos por fin sirvieron para construir caminos hacia las otras regiones del país, para fomentar, aunque fuera de manera timorata y distorsionada, la industria, etcétera. Esos sectores agroindustriales y manufactureros que hoy luchan por crecer en Bolivia son producto de la minería nacionalizada de la Revolución Nacional.
¿Cuál es el aporte que la minería como conjunto hace actualmente al país? A pesar de que se encuentra en un momento de alza, y salvo contadas excepciones, prácticamente ninguno. La minería cooperativista, la dominante en Bolivia, contribuye con migajas al erario nacional y, en muchos casos, según diversos reportes, tan solo es la fachada para que empresas extranjeras eviten pagar impuestos y cumplir con las normas laborales y ambientales.
Sin embargo, el daño mayor se encuentra en la forma despiadada en la que está destruyendo diversas regiones de Bolivia: tierras y ríos envenenados, ecosistemas que ven dañados sus medios de subsistencia, poblaciones enteras que tienen que consumir agua envenenada, ante la pasividad del Estado.
Si la minería del pre 52 no contribuía al desarrollo nacional, la que tenemos actualmente destruye en forma inmisericorde el hábitat y nuestras posibilidades de una subsistencia digna en el futuro.
Es probable que la importancia de los minerales y materias primas en general siga siendo alta por un buen tiempo, pero tarde o temprano disminuirá radicalmente merced al uso de tecnologías (como las impresoras en 3D) que, merced a su eficiencia, optimizaran su uso. En cambio, la destrucción que promueve la minería cooperativista está dañando el potencial más importante con el que podríamos ser valorados en el nuevo mundo: la biodiversidad.
La destrucción de nuestros mundos próximos y la obstaculización de nuestra relación con el mundo global del futuro: ese es el rol que está jugando la minería boliviana en la actualidad.
¿Es posible erradicar la actividad minera del país? Plantearse eso es un absurdo, pero es igualmente absurdo que dicha actividad continue realizándose como lo hace actualmente.
El Estado tiene que volver a sentar presencia en el sector. Tiene que ordenarse la adjudicación de concesiones, compatibilizándose con la vocación productiva de las regiones.
El oro, que en este momento es la principal potencialidad de Bolivia para obtener divisas, debe venderse obligatoriamente al Banco Central. Se debe controlar el cumplimiento estricto de las normativas. Y, por supuesto, los cooperativistas tienen que pagar impuestos, ni más ni menos que el común de los bolivianos.
Esto para que podamos afrontar con alguna posibilidad de éxito el fin de unos mundos y el comienzo de otros.
Rodrigo Ayala es cineasta y gestor ambiental.