Hace tiempo que hablar de “sueños” en el contexto político e institucional boliviano tiene una fuerte connotación naif y hasta cierto tufillo demagógico. Dada la extrema polarización que hemos vivido en los últimos 20 años, un “sueño compartido” es prácticamente impensable.
Pero, ¿cómo sueñan las naciones? ¿cómo se expresan los anhelos colectivos, fruto de los consensos sociales? Se trata de lo que comúnmente llamamos “políticas de Estado”. Evidentemente, en esta Bolivia precaria en la que vivimos también las políticas de Estado consistentes, solidas, consensuadas, que se anteponen a intereses sectarios, partidarios, grupales en pos del bien común, prácticamente han desaparecido.
Probablemente, uno de los principales problemas que impiden su construcción sea el de la “sectorialización de la política”. Uno de los cambios que trajo la crisis constituyente de principios de siglo fue el de la noción de que la representación social no se hace exclusivamente a través de los partidos políticos, sino también de los “sectores” y las “corporaciones”. Y si en la democracia pactada los gabinetes se “cuoteaban” entre los partidos; durante el periodo del MAS ocurrió lo mismo entre las “corporaciones” (interculturales, cooperativistas, bartolinas, etcétera).
Pero seamos justos, esa práctica también se aplica en los sectores empresariales tradicionales. De allí que las federaciones o cámaras de este sector reclamen cada vez más participación en la administración del Ejecutivo.
En este caso estamos hablando de proporciones. Es correcto que se defiendan los intereses grupales (siempre que tengan un carácter legal), el problema está en que cuando la noción de “bien común” es débil, estos tienden a sustituirla.
El origen está en la precariedad del Estado y del sistema político. En nuestro país, “estar en el gobierno” (nacional, departamental, municipal) se concibe prácticamente como la única forma de reproducir poder. Por ello es que no hay funcionarios de carrera. La política consiste mayormente en apoderarse de espacios para dar “pegas” y ganar licitaciones, de tal manera que el dinero y la influencia sirvan para seguir apoderándose de espacios políticos.
El caso de Tarija tiene ciertas diferencias. Los estudios realizados en el pasado, por entidades como el PNUD, la FES o IDEA, mostraron que se trata de un sitio ideal para formular políticas de Estado (crear sueños), merced a su capacidad para alcanzar consensos. Sin embargo, como era inevitable, el departamento no pudo escapar al fraccionamiento institucional.
Un ejemplo del extremo ridículo al que nos llevó la polarización se dio el anterior año, cuando cerraron el edificio en el que funcionaba la Brigada Parlamentaria Departamental porque diputados y senadores no pudieron ponerse de acuerdo en los mecanismos para pagar alquileres. En este caso, la realidad superaba el argumento de cualquier comedia disparatada.
Pero, si nos propusiéramos volver a pensar a “largo plazo”, ¿cuáles podrían ser los sueños de Tarija? Probablemente se resumirían en el caso del Valle Central, en vivir de los cultivos de alto valor (vid, hortalizas) y del turismo, sin alterar su entorno natural, sin agredirlo con prácticas ajenas y dañinas como la minería, y en expulsar a loteadores y avasalladores que destruyen su potencial productivo y sus fuentes de agua.
En el caso de Bolivia, ¿se podría pensar en un país que se integre a la nueva realidad mundial (en la que las nociones tradicionales que han guiado el “desarrollo” desaparecerán ineludiblemente), preservando y valorizando la biodiversidad en sus distintos aspectos (turismo, conservación, fijación de carbono, etcétera)? ¿Será posible, en el nuevo ciclo político en que vivimos, plantearnos seriamente discusiones de este tipo?
Este tema cobra actualidad porque la Federación de Empresarios Privados de Tarija (FEPT) ha convocado, para este 4 de febrero, a lo que seguramente será el intento más serio realizado en los últimos años para establecer una agenda común de desarrollo, elemento central para una política de Estado departamental.
El encuentro se llama “Haremos realidad los sueños de Tarija” y está organizado en alianza con la nueva Brigada Parlamentaria Departamental y Prometa. Desde hace varios años que la FEPT y Prometa llevan delante una agenda para impulsar políticas de protección de fuentes de agua, impulsar emprendimientos amigables con el entono y desarrollar el turismo.
Se espera que asistan los tres niveles de gobierno, para así consensuar, además, la coordinación entre ellos. (Otra de las barreras para cualquier tipo de política o acción de desarrollo integral en los últimos años fue la abierta hostilidad entre el nivel central y los niveles subnacionales de gobierno).
¿Haremos realidad los sueños de Tarija? La pregunta es pertinente; la respuesta está supeditada a la capacidad de los actores políticos y sociales actuales de generar una visión común de largo plazo.
Rodrigo Ayala es cineasta y gestor ambiental.