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La aguja digital | 02/02/2026

Heroína de los hilos andinos, mama Verónica

Patricia Flores
Patricia Flores
Era una de mis heroínas, nos ha dejado la antropología y la etnohistoria, Verónica Cereceda (1940-2026) fue una destacada antropóloga y etnóloga chilena que dedicó más de seis décadas de su vida a Bolivia, convirtiéndose en una figura fundamental de la recuperación del patrimonio cultural de los Andes y de la preservación y el estudio del arte textil andino. y a quien el país debería rendirle un enorme homenaje y colocarla junto a las libertadoras de nuestro continente.

Llegó a Bolivia siendo casi adolescente, en 1966, para desarrollar proyectos de teatro indígena en Charazani, experiencia que transformó su mirada sobre la marginalización y la encaminó definitivamente hacia la antropología. Años más tarde, junto a su esposo Gabriel Martínez, cofundó en Sucre la Fundación Antropólogos del Sur (ASUR), desde donde impulsaron la recuperación de las técnicas y diseños de Jalq'a y Yampara, logrando su reconocimiento internacional y la creación del Museo de Arte Indígena de ASUR

Fue pionera en descifrar el "lenguaje" de los tejidos, tratando a los textiles como documentos históricos y estéticos. Su tesis de maestría en la Pontificia Universidad Católica del Perú (1985) analizó la estética y la meditación en los tejidos aymaras, abriendo un campo de lectura semiótica del textil andino que hoy es referencia obligada. Su labor fue clave para que expresiones culturales como el Pujllay y el Ayarichi fueran declaradas Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.

Conocí a Verónica en los albores de los años 90, cuando tuve el privilegio de descubrir los estudios andinos de la mano de Rosana Barragán, Silvia Arce, Silvia Rivera, los estudiosos Ramiros Molina, Ricardo Calla… y, claro, Thérèse Bouysse-Cassagne, Thierry Saignes, Tristan Platt o la gran  Olivia Harris. Un enorme privilegio porque con enorme generosidad me introdujeron a un universo que ni asomó por las aulas universitarias por las que atravesé.

Pero ya antes, Jorge Sanjinés me la había presentado en una de sus extraordinarias historias “detrás de cámaras”. Nos contó que Yawar Mallku (1969) pudo concretarse, en parte, gracias a los puentes tendidos entre los cineastas y la comunidad de Kaata (Charazani) por medio de Verónica Cereceda. Esta hermosa joven chilena, que vivía allí, generó la confianza necesaria para que el rodaje se llevara a cabo. Jorge recordaba su papel fundamental: incluso le descifró los vuelos de los cóndores, las magias y rituales de los amaneceres en el mundo kallawaya.

Verónica había logrado una profunda integración con los comunitarios, lo que permitió que el equipo de filmación fuera aceptado tras un rechazo inicial. Fue un nexo cultural, y amoroso, entre el grupo y la comunidad; gracias a su presencia, los habitantes consintieron en realizar el ritual del yatiri para consultar a la Pachamama si la película debía filmarse. 

La confianza que le tenían se convirtió en una verdadera puerta de entrada, permitiendo al grupo Ukamau superar la desconfianza hacia los “k'aras” que llegaban con cámaras. Su trabajo antropológico previo en la zona aseguró, además, que la narrativa de Yawar Mallku respetara la cosmovisión andina y los conflictos reales de la región.

La vida de Verónica fue consagrada al estudio del mundo andino, desde los años sesenta cuando era una jovencita, junto a su compañero de vida, el Apu Gabriel Martínez, se internaron en este lado del mundo, para descubrir sus propias raíces andinas, esos nexos que enhebraron su historia en Bolivia. Generosos, rigurosos, sus clases estaban impregnadas de pasión, de amor. 

A través de ellos descubrí el mundo de los Jalq'a, de los Tarabuco, pero también de las culturas polifónicas de los Kallawaya, de los K'ata, de los habitantes de Curva… Su monumental tarea fue silenciosa, sencilla, pero caló hondamente en el contexto chuquisaqueño y, gracias al trabajo particularmente de Verónica, hoy el mundo puede admirar la extraordinaria belleza de los textiles de este lado de los Andes centrales.

El  antropólogo Guillermo Delgado-P. en sus estudios sobre etnicidad y representación en los Andes, recuerda que Verónica Cereceda: aún estudiante de secundaria en los años , dirigió al Teatro Nacional Kollasuyu y presentó la obra en quechua ¿Mayta purisanchej?  ¿A dónde vamos) con actores indígenas, hombres y mujeres,  en la sala principal del segundo piso de la Universidad Técnica de Oruro, vestida con un poncho de Charazani que simbolizaba su destino. 

Este gesto disruptivo no solo marcó el inicio de su compromiso con la identidad indígena y el teatro originario, sino que preludió su monumental labor silenciosa en Chuquisaca, donde reveló al mundo la extraordinaria belleza de esos textiles andinos, culminando en la fundación de ASUR en Sucre.

En esa época, dos figuras clave de la herencia antropológica andina eran precisamente Verónica Cereceda y Gabriel Martínez Soto–Aguilar. Desde la Universidad Técnica de Oruro, sistematizaban una aproximación antropológica al quechua y al aymara, al simbolismo de los tejidos andinos y al teatro oral. Influenciados por el estructuralismo francés, la semiótica y el simbolismo, combinaban un compromiso con la conservación de la lengua y la cultura material andina –junto a una precoz sensibilidad ecológica– con el estudio de sus portadores.

En esas sincronías etnohistóricas, casi en paralelo al estreno de Yawar Mallku de Jorge Sanjinés (1969), ambas obras exploraban dos temporalidades asintóticas marcadas por el desencuentro entre el quechua y el castellano. 

La tensión cultural y lingüística es notable en ambas propuestas, que proféticamente sitúan las herencias étnicas como motor de cambios revolucionarios. La obra del Teatro Nacional Kollasuyu atrajo una audiencia mayormente estudiantil y se mantuvo en cartelera por algún tiempo, aunque como recordaría después de Verónica, el aire de represión de la época lo soliviantaba todo.

En 2008 Verónica Cereceda recibió el Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanas en Bolivia por su vasta contribución intelectual, reconocimiento otorgado por el PIEB y la Academia Nacional de Ciencias de Bolivia. 

Antes había sido distinguida con la Medalla Adela Zamudio, el Premio Gunnar Mendoza y la Medalla Gabriela Mistral, entre otros honores. Conocida cariñosamente por las comunidades como "mama Verónica", falleció el 31 de enero de 2026 en la ciudad de Sucre, dejando un legado invaluable para la cultura boliviana y el mundo andino.

Ojalá Bolivia le rinda el tributo que merece: un museo, una ley, y, sobre todo, el reconocimiento a los hilos que ella ayudó a descifrar, tejidos que son parte  la memoria viva de los pueblos, de sus naciones… y de nuestras identidades. Gracias mama Verónica.

Patricia Flores Palacios es Mgs en ciencias sociales y feminista queer.


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