cerrarBrujula La Cascada Tapa Comodin 900x470Brujula La Cascada Tapa Comodin 900x470
Banner Carnaval Altoke Revistas 1000x155px (1)
Banner Carnaval Altoke Revistas 1000x155px (1)
Oveja Negra | 18/02/2026

Exceso de candidatos, escasez de ciudadanía

Eduardo Leaño
Eduardo Leaño
Las elecciones subnacionales de 2026 en Bolivia se anuncian como un triunfo de la democracia: un alud de postulantes a gobernaciones y alcaldías, un carnaval de siglas recién desempacadas y una procesión interminable de caras sonrientes que colonizan redes sociales, muros y pantallas. 

Todo parece indicar que la democracia goza de excelente salud, al menos en términos de cantidad. Pero bajo esta abundancia casi industrial de opciones se esconde un mal menos visible y bastante más persistente: ese agotamiento colectivo que Byung-Chul Han bautizó, con menos euforia y más lucidez, como La sociedad del cansancio. Bajo esta óptica, el fenómeno boliviano no es una "fiesta democrática", sino una patología de la hiperactividad. Observemos algunos detalles.

Candidatos emprendedores de sí mismos. Según la tesis de Byung-Chul Han, no vivimos bajo la vieja sociedad disciplinaria –aquel mundo de órdenes claras, jerarquías rígidas y obediencias más o menos forzadas–, sino en la sociedad del rendimiento, donde nadie manda explícitamente, pero todos se autoexigen hasta el agotamiento bajo el seductor imperativo del “tú puedes”. No hace falta un capataz: basta un espejo y una cuenta en las redes sociales.

El abultado número de candidatos en Bolivia encaja con precisión quirúrgica en esta lógica. La política se ha convertido en una especie de gimnasio del ego: cada dirigente vecinal, cada activista con buen alcance en TikTok y cada caudillo local con micrófono propio siente que no postular sería casi una forma de fracaso personal. No se trata tanto de representar a una colectividad como de demostrar rendimiento electoral, aunque ese rendimiento consista en juntar firmas, imprimir afiches caseros o grabar videos con consignas recicladas.

Así, el dirigente del barrio que ayer gestionaba luminarias hoy se descubre a sí mismo como “opción departamental o municipal”; el influencer que acumuló seguidores comentando coyuntura se siente moralmente compelido a traducir likes en votos; y el viejo caudillo local, aunque no tenga programa ni equipo, insiste en competir, porque retirarse sería admitir que no “da la talla”. 

En este escenario, no postular es perder, y perder –como bien sugiere Han– es una culpa íntima. La democracia, por supuesto, aplaude el esfuerzo, mientras bosteza discretamente ante tanto entusiasmo agotador.

En el proceso electoral en curso, los partidos dejaron de ser espacios orgánicos de ideas para transformarse en simples accesorios prescindibles. Lo que realmente importa no es la organización ni el programa, sino la marca personal. El candidato no aspira a encarnar un proyecto colectivo; se gestiona a sí mismo como producto, se promociona sin descanso y se exhibe con la convicción –tan moderna como discutible–  de que ser visto equivale automáticamente a ser competente.

El efecto es previsible: una campaña convertida en feria de autopromoción, donde cada aspirante grita un poco más fuerte para no desaparecer. Pero en ese esfuerzo desesperado por sobresalir, todos acaban fundidos en el mismo murmullo visual: rostros omnipresentes, slogans intercambiables y una visibilidad tan intensa que termina volviéndose invisible. La política, al final, se parece menos a un debate de ideas y programas y más a un escaparate saturado, donde la abundancia no aclara la elección, sino que la deja convenientemente borrosa.

Escasez de ciudadanía: El votante agotado. Aquí se instala la paradoja central del momento electoral: sobran candidatos –una positividad desbordada, casi entusiasta–, pero escasea la ciudadanía en su sentido más exigente y reflexivo, esa negatividad contemplativa de la que habla Byung-Chul Han. Hay tanta oferta política que no queda espacio para la pausa, la duda o la comparación. Todo empuja a reaccionar, nada invita a pensar.

Han advierte que el exceso de estímulos no amplía la mirada, la atrofia. Y eso se verifica con precisión empírica en el electorado boliviano de 2026: el ciudadano promedio es asediado por spots en tik-tok, afiches que prometen “cambio”, videos de treinta segundos donde todos “sí pueden” y transmisiones en vivo donde cada aspirante jura ser distinto mientras dice exactamente lo mismo. Ante el quinto spot del día –idéntico al cuarto y sospechosamente parecido al primero–, la mente no analiza: se defiende.

El resultado es un cansancio cognitivo generalizado. No se rechaza la política por desacuerdo ideológico, sino por fatiga visual y auditiva. El votante deja de mirar programas, no porque no le importen, sino porque ya no logra distinguirlos. Así, mientras la contienda se llena de nombres propios y egos en plena actividad, la ciudadanía se repliega, exhausta, practicando una forma muy contemporánea de abstención interior: está presente en el padrón, pero ausente en la deliberación. Una democracia hiperactiva por arriba y notablemente agotada por abajo.Principio del formulario

Final del formulario. La ciudadanía, para existir de verdad, necesita tiempo, silencios y algo tan subversivo hoy como el debate; en términos de Han, necesita vita contemplativa. Sin embargo, en una elección inundada de estímulos, ese ideal queda elegantemente archivado. El ciudadano no actúa como sujeto político, sino como consumidor exhausto frente a una embarcación interminable de candidatos.

Cuando en las elecciones se ofrece 15 o 20 alternativas –todas urgentes, todas imprescindibles, todas “históricas”–, el elector no decide: hace limpieza. No compara proyectos, elimina opciones por cansancio. Y si el agotamiento es total, opta por la salida más eficiente: el voto impulsivo, el gesto emocional o la fidelidad automática de siempre. Así, el acto democrático se mantiene formalmente intacto, pero su contenido se evapora. Se vota, sí, aunque más por supervivencia cognitiva que por convicción política.

El carnaval de la transparencia. Que esta explosión de candidaturas coincida, además, con la temporada de carnaval no es un simple capricho del calendario. El Carnaval es, por excelencia, el territorio de la máscara, el brillo efímero y la apariencia celebrada sin culpa. Y en la Sociedad de la Transparencia que describe Han, todo –sin excepción– debe mostrarse, exhibirse y, si es posible, venderse en cómodas cuotas.

Convencidos de que la cercanía se mide en pasos de baile y selfies festivos, los candidatos se lanzan a corsos, comparsas y escenarios improvisados como si la política se resolviera a ritmo de banda. Se exponen con entusiasmo, creyendo que mostrarse es sinónimo de revelar, cuando en realidad solo multiplican la superficie. El resultado es una auténtica grosería de la imagen política: cuerpos visibles, sonrisas omnipresentes y gestos calculados, pero una profundidad programática tan esquiva como el silencio en plena entrada folklórica.

Esa sobreexposición permanente no construye confianza; produce, más bien, una elegante y silenciosa indiferencia. Cuando todo se muestra sin descanso, nada logra importar demasiado. El resultado es que la papeleta electoral se parece cada vez más a un catálogo de ofertas temporales: muchos nombres, muchas promesas y una clara sensación de que casi todo es reemplazable.

En ese escenario, la política deja de ser un espacio de compromiso con los demás y se transforma en un ejercicio de administración del yo. Cada candidatura funciona como un proyecto personal, más atento a la autopromoción que a la responsabilidad colectiva. Así, mientras los egos se gestionan con esmero, la idea de lo común queda discretamente relegada a la letra pequeña del folleto democrático.

Así, la avalancha de candidaturas en las elecciones subnacionales no es un accidente electoral, sino el espejo de una sociedad incómoda con el silencio y firmemente convencida de que hacer más equivale, casi por definición, a hacer mejor. En ese frenesí, hablar, postular y mostrarse se confunden con gobernar, y el ruido se celebra como si fuera participación. 

Mientras no se restituya la figura del ciudadano que piensa, seguiremos asistiendo a comicios estridentes y democracias sorprendentemente huecas. Bolivia, en rigor, no requiere más nombres impresos en la papeleta; necesita algo bastante más escaso: que los candidatos guarden silencio por un instante, para que el ciudadano pueda, al fin, volver a oír lo que realmente le importa.

Eduardo Leaño es sociólogo


BRÚJULA-colnatur diciembre-2024 copia
BRÚJULA-colnatur diciembre-2024 copia
Recurso 4
Recurso 4
SAVE_20251124_165756
SAVE_20251124_165756
BEC_DPF-Digital-970x120px
BEC_DPF-Digital-320x50px