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Oveja Negra | 09/02/2026

Dos capitanes, un timón y un mar turbulento

Eduardo Leaño
Eduardo Leaño
Las tensiones entre el Capitán General de las Fuerzas Armadas y el excapitán de Policía pueden leerse a la luz de la teoría de la Agenda Setting, desarrollada por Maxwell McCombs y Donald Shaw, según la cual el poder político rara vez consigue decirle a la ciudadanía qué pensar, aunque sí demuestra una notable destreza para decidir sobre qué debe pensar. 

Esta perspectiva permite advertir que la confrontación entre Rodrigo Paz y Edmand Lara ha derivado en una competencia estratégicamente calculada por definir los temas que ocuparán el centro de la agenda nacional. En este escenario, ambas autoridades parecen disputarse el control del timón del relato gubernamental, como dos capitanes que comparten la misma nave, pero discrepan sobre el rumbo, mientras la tripulación observa con creciente perplejidad si el barco avanza hacia el puerto esperado o si simplemente surca un mar agitado siguiendo la voz que, en cada momento, se impone con mayor vehemencia.

Así, en medio de ese mar de confusión provocado por agendas superpuestas y mensajes, que no siempre navegan en la misma dirección, resulta pertinente examinar con mayor detenimiento las prioridades que enfatizan el presidente como el vicepresidente.

Agenda presidencial: estabilidad y gestión económica. Desde el comienzo de su administración, Rodrigo Paz se propuso ordenar el debate público en torno a una agenda cuidadosamente enfocada en la gestión económica y la estabilidad institucional.   

En esa línea, sus declaraciones públicas, conferencias de prensa y mensajes oficiales han reiterado cuatro grandes prioridades: la estabilidad macroeconómica, el ajuste fiscal, la reinserción internacional y la gobernabilidad institucional, un repertorio que, a fuerza de repetirse, parece aspirar a convertir los desafíos estructurales en simples asuntos de administración técnica. 

La estrategia comunicacional presidencial ha buscado presentar la crisis económica como el desafío estructural más urgente del país. Un ejemplo concreto de esta estrategia puede observarse en la justificación de la eliminación de subsidios a los combustibles. 

En sus intervenciones públicas, el presidente ha insistido en explicar la medida mediante indicadores como el déficit fiscal, la caída de reservas internacionales o la presión sobre el tipo de cambio.

El mensaje implícito es claro: el Gobierno no adopta decisiones por preferencia ideológica, sino por necesidad económica, una narrativa que suele presentar el ajuste como una medicina amarga pero científicamente recomendada.

Otro ejemplo se refleja en las gestiones diplomáticas destinadas a recuperar credibilidad financiera internacional. Las reuniones con organismos multilaterales y la promoción de Bolivia como destino de inversión han sido utilizadas como señales comunicacionales para reforzar la imagen de un gobierno que privilegia la previsibilidad institucional y la responsabilidad fiscal.

En términos de Agenda Setting, Paz intenta que la ciudadanía evalúe su administración con criterios similares a los de un auditor económico: eficiencia, orden financiero y capacidad técnica para estabilizar el Estado.

Desde esta perspectiva, la narrativa presidencial propone una ecuación relativamente simple: si la economía mejora, el gobierno cumple su función. Un planteamiento que, aunque técnicamente coherente, suele confiar en que la ciudadanía comparte la fascinación por los balances fiscales, una suposición que la experiencia política latinoamericana ha demostrado que no siempre se cumple.

Agenda vicepresidencial: corrupción y crisis interna. De manera paralela, Edmand Lara ha impulsado una agenda que reorienta el debate desde la administración económica hacia la legitimidad moral y política del propio Gobierno, como si la economía fuera apenas el telón de fondo de un drama cuya verdadera trama se juega en el terreno de la virtud pública. 

Su relato se organiza en torno a cuatro ejes recurrentes: denuncias de corrupción, cuestionamientos al presidencialismo, tensiones internas dentro del Ejecutivo y los costos sociales derivados del ajuste económico.

La autodefinición de Lara como una “oposición constructiva” constituye, en términos comunicacionales, una jugada especialmente hábil para reconfigurar la agenda pública. Al asumir ese rol, el Vicepresidente introduce una dosis de teatralidad política que reorienta el debate nacional: la discusión deja de centrarse exclusivamente en variables económicas y comienza a gravitar alrededor de la integridad del ejercicio del poder, sugiriendo que, antes de revisar los resultados, convendría examinar la conciencia de quienes gobiernan.

Un ejemplo revelador puede observarse en los videos que Lara difunde en redes sociales, donde acusa a funcionarios de presuntas irregularidades o cuestiona decisiones económicas mediante un lenguaje cargado de emotividad y confrontación. 

Estas intervenciones suelen privilegiar el impacto simbólico por encima de la explicación técnica, construyendo relatos que conectan con el malestar ciudadano frente al ajuste, recordando sutilmente que los datos suelen necesitar gráficos, mientras que la indignación apenas requiere un buen micrófono.

Otro episodio se produjo cuando el Vicepresidente insinuó que ciertas decisiones gubernamentales podrían responder a intereses empresariales. Este tipo de declaraciones no altera necesariamente el contenido de la política económica, pero sí modifica el terreno del debate, desplazándolo desde la eficacia de las medidas hacia la sospecha sobre sus motivaciones. 

En términos políticos, Lara consigue instalar la interrogante sobre si el Gobierno actúa correctamente antes incluso de discutir si actúa de manera eficiente, una prioridad que, en la arena pública, suele resultar más atractiva que cualquier cuadro estadístico.

Del mismo modo, su afirmación de haber sido “encapsulado” dentro del Ejecutivo instala la idea de que existen fracturas internas dignas de atención pública, transformando lo que podría ser una disputa administrativa en un asunto de interés nacional. 

Con este recurso, las tensiones dentro del gabinete pasan a presentarse como un episodio político con suficiente dramatismo para rivalizar con la agenda económica impulsada por el Presidente, sugiriendo que, en la política actual, las discrepancias internas suelen captar más atención que los programas de gobierno elaborados con meticulosa prolijidad, quizá porque los conflictos ofrecen emoción inmediata, mientras que los planes requieren el incómodo esfuerzo de ser leídos.

Desde la perspectiva de la Agenda Setting, Lara busca que la ciudadanía evalúe al Gobierno bajo un parámetro distinto: menos por su capacidad de gestión y más por su credibilidad ética. Una estrategia que, con notable frecuencia, resulta políticamente rentable, sobre todo porque, en tiempos de dificultades económicas, la indignación moral suele desplazarse con una velocidad que los informes técnicos, por más rigurosos que sean, difícilmente logran igualar.

La colisión de agendas y sus efectos políticos. La coexistencia de ambas agendas configura un escenario de competencia comunicacional dentro del propio Ejecutivo. Mientras el Presidente procura posicionar la economía como el problema central del país; el Vicepresidente impulsa un debate enfocado en la integridad política del Gobierno y en los costos sociales de las reformas, en una dinámica que sugiere –con refinada ironía– que dentro del mismo equipo gubernamental coexisten distintas definiciones sobre qué significa exactamente “prioridad nacional”.

Esta superposición produce efectos perceptibles en la opinión pública. Cada vez que el Gobierno anuncia medidas económicas de carácter estructural, el discurso presidencial intenta que la ciudadanía las interprete como componentes de un plan coherente de estabilización. 

Sin embargo, las intervenciones del vicepresidente suelen reformular el encuadre del debate, planteando que dichas políticas deben evaluarse también desde su impacto social o desde eventuales irregularidades en su diseño, recordando que, en política, los diagnósticos rara vez son inmunes a nuevas interpretaciones cuando aparecen narradores alternativos.

El resultado es un fenómeno singular: la agenda gubernamental tiende a fragmentarse y la ciudadanía recibe mensajes diversos sobre qué debería considerar como su principal preocupación. 

Esta situación transforma, paradójicamente, al Ejecutivo en un espacio donde conviven dos prioridades políticas simultáneas, como si el Gobierno intentara dirigir una orquesta en la que cada músico interpreta con impecable convicción una partitura distinta, aunque todos coincidan en afirmar que ejecutan la misma sinfonía nacional.

En definitiva, la tensa relación entre Paz y Lara evidencia que la disputa central dentro del Ejecutivo no pasa tanto por las políticas públicas como por decidir qué tema merece encabezar la conversación nacional. Mientras el Presidente insiste en la racionalidad económica y la gestión técnica; el Vicepresidente desplaza el foco hacia la ética y el conflicto interno, fragmentando la agenda y dejando a la ciudadanía ante un menú de prioridades difícil de digerir.

Eduardo Leaño es sociólogo.


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