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Diario vagabundo | 26/02/2026

El mural

Hugo José Suárez
Hugo José Suárez
Mi hermana tiene guardado el tríptico de 2011 con el programa de las actividades que se llevaron a cabo recordando los 30 años de la masacre de los Mártires por la Democracia el 15 de enero de 1981. Fue una semana con actividades diarias en distintos lugares. Participó la Alcaldía de La Paz y varias instituciones de Derechos Humanos. 

El sábado 15 de enero del 2011 tuvo lugar uno de los momentos más emotivos con el cual culminaron las conmemoraciones. A las 10 hubo una misa de campaña en la calle Harrington, y luego una marcha hacia la Plaza del Bicentenario, al frente del atrio de la Universidad Mayor de San Andrés. Se concluía con broche de oro descubriendo el Mural Conmemorativo. Guardo las fotos de mi madre, mi hermana y mis sobrinas cargando un cartel con el nombre de mi papá y su foto, vistiendo unos ponchillos con el lema “ni olvido, ni perdón, justicia”.

Era un mural enorme con varios metros de altura que tomaba toda la pared desde media cuadra hasta la esquina. Mostraba ocho cuerpos tendidos, dibujados con trazos firmes, ángulos fijos, pocas curvas, sin rostros, colores sobrios pero enérgicos. Un auténtico homenaje a la vida de los ocho mártires, así como un recuerdo por el dolor de su muerte. Presencia y trascendencia en igual intensidad. Los responsables de tan noble tarea fueron los miembros del Colectivo Apacheta.

El mural vibraba, se lo veía desde todos lados, en plena plaza al frente de la Universidad donde varios de los caídos aquel 15 de enero habían sido profesores. Yo estaba fuera de Bolivia, así que no pude participar del evento al que acudieron cientos de personas, pero cada que visitaba La Paz me detenía con emoción ante ese bello centro del recuerdo.

Poco a poco fui testigo de su deterioro y olvido sistemático. Primero el tiempo; la lluvia y el sol quitaron el brillo a los colores, los opacaron hasta hacerlos casi homogéneos. Luego algún grafitero que con aerosol pintó encima el mensaje inmediato que consideró pertinente, desde “por aquí pasó” hasta “amo a…”. Le siguió un kiosco que se colocó en un extremo, al poco tiempo un cartel luminoso de la policía y del Gobierno Municipal con información práctica. Y al final, la estocada mayor: se lo cubrió casi por completo con un panel enorme que no deja ver más que los contornos de lo que algún día fue un justo homenaje. Ahí se alternan publicidad de refrescos o productos comerciales de moda. 

En la parte de los cimientos del sólido muro, se alcanza a leer con mucha atención y empeño en letras chicas, el nombre de los ocho, y el lema -que hay que deducir porque está pintarrajeado-: “homenaje a los asesinados el 15 de enero de 1981 y a todos los que entregaron su vida por la democracia y la libertad”.

La responsabilidad es de todos, de la autoridad edil, del comerciante de la esquina, de la empresa publicitaria, del que deja el sello de su mediocre paso con un aerosol. Claro, ¿para qué sirve el recuerdo? ¿por qué cuidar y custodiar un muro que nos evoque a ocho mártires asesinados en tiempos de la dictadura hace ya casi medio siglo? Sabemos que la memoria es un espacio de disputa, que el mercado ocupa todo a su paso si no se lo detiene, que la autoridad sólo valora aquello de lo que puede tener un rédito inmediato.

Me queda claro: sólo una política colectiva de recuerdo, sólo un esfuerzo sostenido nos salvará de la amnesia, de dejar en el olvido el nombre de aquellos a quienes les debemos, como bien todavía susurra el mural casi desaparecido, el privilegio de la democracia y la libertad.

Hugo José Suárez es sociólogo, investigador de la UNAM.




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