cerrarBrujula La Cascada Tapa Comodin 900x470Brujula La Cascada Tapa Comodin 900x470
Brujula Digital BancoSol PDF 1000x155px
Brujula Digital BancoSol PDF 1000x155px
Diario vagabundo | 29/01/2026

El reloj

Hugo José Suárez
Hugo José Suárez
Unos meses atrás fui a Zacatlán, en Puebla. Los dos atractivos turísticos son las manzanas y la relojería. No entendía, ¿por qué manzanas? ¿por qué reloj? Sucede que una de las familias potentadas del pueblo, creó una tradición de la nada. En la plaza central hay un reloj floral monumental con dos frentes donde los visitantes se toman foto y es un símbolo del lugar. A unas cuadras se encuentra el Museo de Relojería Alberto Olvera que dentro tiene uno que activa cada determinada hora el Show de Autómatas, que son maniquíes que salen por los balcones con trajes típicos mexicanos que se pueden apreciar desde la calle. 

La historia es curiosa. La familia Olvera fue pionera en la construcción de relojes monumentales desde finales del siglo XIX, fundó una empresa en un pueblo enclavado en la sierra poblana que trascendió su época y logró durante más de un siglo acomodar sus relojes en distintos lugares del país y de América Latina. El empeño del fundador hizo que ahora el pequeño poblado asuma ese rostro como identidad cultural y atractivo turístico.

Parte de lo que me hizo pensar la visita al museo fue la necesidad antropológica, y por tanto presente en todas las culturas, de reflexionar sobre el tiempo. Me atrevo a decir que no hay cultura que no se haya puesto la pregunta sobre su importancia, su medición, su misterio. Y así nacieron decenas de formas de medirlo, detenerlo, adelantarlo, manejarlo. El mito de controlar el tiempo siempre fue una aspiración frustrada de la humanidad, aunque, eso sí, son la poesía, la literatura y la plástica quienes mejor lograron desafiarlo (recordemos los relojes de Dalí o los boleros mexicanos).

Recordé mis lecturas de sociología en mis primeros años de estudio, cuando aprendíamos cómo el capitalismo impuso una forma colectiva de relacionarse con el tiempo. Los relojes públicos empezaron a medir el trabajo, la sentencia “time is money” marcó el ritmo cultural de la modernidad, se impuso la necesidad de la puntualidad, de saber qué hora es y, por tanto, llevar un reloj de pulsera, lo que ahora se complementó con la medición precisa y universal que nos arroja el dispositivo electrónico que todos llevamos en el bolsillo.

En fin, en México, donde la puntualidad es la moneda de los ingenuos -como yo-, en un pueblo mágico, me encontré un reloj monumental y un museo que me dejó sembrada una semilla de curiosidad. 

El caso es que, con ese impulso, decidí que quería tener un reloj. 

En un viaje a Barcelona, caminando sin rumbo por la bella ciudad, encontré una tienda típica de maestros relojeros. En la vitrina estaba expuesto uno del que quedé enamorado: pequeño, de escritorio, totalmente mecánico, cuyas piezas y movimiento están a la vista, con péndulo, un soporte de madera elegante y con números romanos. Era para mí. 

Entré, le pedí al vendedor que me lo mostrara, lo sacó, lo toqué, deslicé mis dedos por el contorno de la madera, vi su hipnótico funcionamiento.

Quedé enamorado. No lo compré porque dudé si me lo dejarían subir al avión, ahora que la revisión es tan estricta y que ni una aguja puede pasar el control de seguridad. Apunté los datos de la tienda, la dirección, el teléfono, y lo que quedó de mi viaje me pensé si debería adquirirlo o planear alguna estrategia para transportarlo. Dejé Barcelona con el encanto y con la pregunta. 

Ya desde México, cuando llegué a mi escritorio vi el lugar donde posaría el reloj, y decidí adquirirlo así tenga que movilizar a mucha gente.  Escribí a una amiga muy querida que vive allá, le pasé la dirección de la tienda y la foto del reloj, y le pedí que me lo compre, yo le haría la transferencia a su cuenta mexicana. Así fue, ahora el próximo paso era que llegue a mi departamento en Ciudad de México. 

Mi hija mayor que vive en Grenoble tenía un viaje programado a Barcelona, le pedí que se contactara con mi amiga para que se lo diera. El reloj ya estaba en Francia, en manos de la familia, pero todavía con un océano al medio. 

La última vacación mi hija menor fue a pasar las fiestas con su hermana. Tenía una misión: traer mi capricho a casa. En cuanto llegó de vuelta, en el aeropuerto me fijé si entre sus manos tenía la bolsa con el encargo. En casa, como niño con juguete nuevo, abrí la caja cuidadosamente. Lo saqué y lo puse sobre mi escritorio. Leí el instructivo con paciencia y diccionario –venía sólo en inglés y en alemán–, me tomé mi tiempo, y procedí con los pasos para su funcionamiento: acomodé las agujas en la hora correcta, le di cuerda, colgué el péndulo y lo hice funcionar. 

Me quedé mirándolo, hipnotizado, escuchando el tic tac marcando el nuevo ritmo de mi lugar de trabajo. Misión cumplida. 

Hugo José Suárez es sociólogo e investigador de la UNAM.



BRÚJULA-colnatur diciembre-2024 copia
BRÚJULA-colnatur diciembre-2024 copia
Recurso 4
Recurso 4
SAVE_20251124_165756
SAVE_20251124_165756
BEC_DPF-Digital-970x120px
BEC_DPF-Digital-320x50px