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Diario vagabundo | 01/01/2026

Chile: una izquierda democrática

Hugo José Suárez
Hugo José Suárez
Los resultados electorales en distintos lugares de América Latina, particularmente en Chile, han disparado una interpretación dicotómica, dominante en algunos sectores: la derecha vuelve al continente. Así, sin matices, sin diferencias internas, sin pensar en los comportamientos de cada país, su historia, sus demandas, sus hastíos, sus malestares. Se sabe que es más fácil ver el mundo en blanco y negro, en buenos y malos: se encuentran respuestas fáciles, sólidas, indiscutibles. 

Aquí quiero sugerir otra lectura. 

Considero que lo importante de lo sucedido en Chile fue la llamada del presidente saliente Gabriel Boric, al entrante José Antonio Kast. Con cámaras en ambos extremos telefónicos, le dice: “Lo llamo siguiendo una linda tradición republicana, que nos enorgullece, que nos honra, que es el llamado del presidente en ejercicio al presidente electo (…). Hoy día le presento mis felicitaciones porque ha obtenido un triunfo claro y usted ha sido electo presidente de la República de Chile, y por lo tanto de todos los chilenos (…). Quiero que sepa que como presidente de la República –y prontamente expresidente de la República–, siempre estaré a disposición para poder colaborar con los destinos de la patria”. Más adelante complementa “quiero transmitirle que para mí no es solamente un acto protocolar; una de las cosas que he sentido muy fuertemente recorriendo Chile es el valor profundo de las instituciones de la democracia, sobre todo de su pueblo. Yo estoy muy orgulloso de la democracia; independientemente quienes se alegren o quienes estén tristes con el resultado de hoy, Chile (…) se consolida de una manera que a todos nos enorgullece”. Sí, eso dijo, con todas sus letras. El representante de la izquierda chilena, le manifiesta al “pinochetista” -como es calificado en varios medios- que colaborará en lo que el país sí lo requiera y que se alegra por la democracia y la fortaleza de sus instituciones.

Sucede que la “izquierda de Estado” nos acostumbró a pensar la política como la interacción entre amigo/enemigo y, por tanto, se gana o se pierde, se mata o se muere; “patria o muerte” pues. En esa lógica profundamente antidemocrática es impensable que se entregue el gobierno a quien no es de la misma pandilla, sin importar el resultado electoral.

Aquella “izquierda de Estado”, la de Evo Morales, la de Luis Arce, la de Daniel Ortega y, por supuesto la de Maduro –entre otras–, se acostumbró a hacer campañas políticas desde el aparato gubernamental, utilizar lo que esté a su alcance para tener ventajas en la competencia electoral, y no respetar el resultado final si no les favorece. 

Boric, por lo poco que sé, apoyó a su candidata pero entiendo que no utilizó el gobierno como plataforma proselitista. En Bolivia, funcionarios daban “voluntariamente” parte de su salario para el partido, que estaban obligados a participar de marchas de los candidatos oficialistas en horario de oficina utilizando sus días de vacación, que en las últimas elecciones tuvieron que mandar foto de su boleta –y la de tres familiares más– con la casilla marcada con el candidato masista. De lo que me cuentan, en Venezuela fue todavía peor.

Recordemos que en el 2019, cuando el MAS no obtuvo los votos esperados, jugaron todas las cartas para evitar dejar la Plaza Murillo: manipulación de datos, violencia paraestatal, promoción del caos, provocar el vacío de poder, inventar un golpe de Estado, huir a México. En Venezuela fueron más cínicos, como decir “no ganamos, y qué, sáquennos si pueden” (como repetían los dirigentes priistas en México en 1988).

Voy a evocar un episodio que alguna vez ya conté. En 1990, cuando los sandinistas perdieron las elecciones en Nicaragua frente a Violeta Chamorro, recuerdo una conferencia en México –a la que asistí porque era estudiante universitario–, en la que Daniel Ortega  afirmó que, al conocer el conteo desfavorable, pensaron muchas salidas, pero nunca no reconocer el voto. 

Era un mensaje al priismo que en México poco tiempo atrás había hecho magia –callando su sistema informático– para mantenerse en el gobierno. Era subrayar: “la izquierda, a diferencia de la derecha, respeta la voluntad popular”. La historia posterior es dramática, y ni hablar de lo que se ha convertido Ortega, pero en ese momento el gesto marcaba una diferencia y recuperaba la herencia de una orientación ideológica que durante décadas luchó por elecciones limpias y respeto a los resultados.

Hoy el espíritu antidemocrático de la “izquierda de Estado” ha mostrado su rostro más decadente. En Venezuela, el régimen sabe que no ganó las últimas elecciones pero no le importa; lo delicado es que por su testarudez está dispuesto a provocar una guerra poniendo en riesgo la estabilidad de toda la región. 

Imaginemos que Maduro hubiera sido un hombre democrático, que el 2024 hubiera asumido su derrota y entregado el gobierno al vencedor Edmundo González. Imaginemos pues, aunque cueste, que Maduro hubiera jugado ser una izquierda democrática. En este momento no estaríamos al borde de una confrontación armada en la que todos perdemos.
La lección de Chile es que sí se puede ejercer el poder sin perder las convicciones: la izquierda o es democrática o no es izquierda. Esa es la enseñanza chilena. 
Hugo José Suárez es sociólogo, investigador de la UNAM.


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