Qué decir frente a la ausencia. Cómo se llena el vacío. Cómo se vive con el que ya no vive. Tuve que ponerme esas preguntas desde niño. Papá salió, ya no vuelve. Era jueves, como hoy, 15 de enero de 1981, hace 45 años. Hay quienes parten jóvenes, Lucho Suárez Guzmán tenía 37 años aquella tarde en la que fue a la reunión de la Dirección Nacional del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, en Sopocachi.
Salió de casa resfriado, a una reunión corta, en la noche cenaríamos juntos. Hizo siesta, abrazó a su esposa, besó a sus hijos, y se perdió entre las calles serpenteadas de San Miguel. Nada sería igual. Los paramilitares los masacraron, fueron ocho. Un solo rumbo, sin vuelta atrás.
No hay año que no me haya puesto la pregunta. ¿Qué hubiera dicho ahora? ¿Cómo hubiera reaccionado? ¿Qué caricia nos hubiera dado? ¿Cómo hubiera sido verlo envejecer, y nosotros crecer? En la adolescencia, en la experiencia universitaria, en la profesional, en los viajes, en los problemas, en la nueva familia. Lucho, ¿qué dirías? La palabra es viento, la vida es soplo; sólo queda el recuerdo.
Y la materia, y la ropa ensangrentada que vestías aquel día que te torturaron, y tus escritos que todavía iluminan, y tus cosas que custodiamos, y tus sacos, y tus corbatas, y tus fotos y relatos, y aquella fragancia perfumada que heredé que te expandías en el rostro antes de ir a alguna fiesta. La tengo en un cajón, de tiempo en tiempo la abro, la magia de los sentidos te percibe, te reinventa.
Cómo recrearte. Cómo contarles a mis hijas quién eras, qué pensaste, qué viviste. El abuelo que no conocieron. Cómo presentarte ante ellas, los retoños de tus retoños, las adoradas que se hubieran colgado en tu cuello, que te hubieran admirado con pasión, que te hubieran disfrutado con amor. Las que hoy te llevan consigo de una u otra manera.
La muerte no mata, transforma. No hay día, insisto, que no piense en ti, en lo que nos diste, estando y sin estar. El duelo no termina, no es un tiempo, es una condición. Bien lo recuerda Cristina Rivera Garza evocando la desaparición de su hermana en su conmovedor libro El invencible verano de Liliana:
“Vivir en duelo es esto: nunca estar sola. Invisible pero patente de muchas formas, la presencia de los muertos nos acompaña en los minúsculos intersticios de los días. Por sobre el hombro, a un lado de la voz, en el eco de cada paso. Arriba de las ventanas, en el filo del horizonte, entre las sombras de los árboles. Siempre están allá y siempre están aquí, con y adentro de nosotros, y afuera, envolviéndonos con su calidez, protegiéndonos de la intemperie.
Éste es el trabajo del duelo: reconocer su presencia, decirle que sí a su presencia. Siempre hay otros ojos viendo lo que veo e imaginar desde otro ángulo, imaginar lo que unos sentidos que no son los míos podrían apreciar a través de mis sentidos es, bien mirado, una definición puntual del amor.
El duelo es el fin de la soledad”.
Sí, fue un 15 de enero de 1981. Era jueves. Llovía.
Hugo José Suárez es sociólogo e investigador de la UNAM.