Es posible que los desfiles escolares tengan algún sentido en la patria ancha y ajena. Pienso en los pueblitos perdidos del Chaco o del altiplano y me imagino que si a esas vidas monótonas se les quita una actividad comunitaria de esa índole, se hace la vida más triste. Y sí, señores, el tema es que los desfiles son, ante todo, una distracción porque el espíritu cívico, el amor por el terruño y cosas más importantes, como la honestidad, no se aprenden marchando.
Pero la macabra celebración del 23 de marzo tiene un aspecto aún más pernicioso; no solo es una pérdida de tiempo en torno al desfile y los ensayos previos, sino que es un proceso lento, pero seguro, de marcar en los niños el victimismo que tanto daño nos hace, y el odio o rechazo a Chile. Como cualquier odio, solo nos hace más mezquinos, nos hace peores.
No crea, estimado lector, que estoy argumentando a favor de olvidar la historia; eso, por supuesto que no. Bolivia tuvo una costa, muy alejada y desconectada de sus centros urbanos, por cierto, y la perdió en una guerra que tuvo un serio e innegable componente expansionista por parte de Chile y una enorme cantidad de errores tácticos, tanto diplomáticos como económicos, cometidos por nuestros antepasados. Y la innegable realidad del más débil contra el más fuerte, que en el siglo XIX era la forma de ver el mundo (y en la era de Trump, “ahoringa”, lastimosamente también).
La tercera región de Chile fue una vez boliviana, eso es una verdad innegable, como es la realidad que hoy son zonas y ciudades chilenas que “nunca más a esta patria volverán” porque, para empezar, eso no les interesa a sus pobladores actuales en lo más mínimo.Creo que el famoso “Himno al Mar” debe ser archivado de una vez y por todas. No solo porque es una plañidera absurda, sino porque es una provocación a un vecino con el que nos conviene tener buenas relaciones.
La noticia de que los desfiles escolares del Día del Mar hayan sido desactivados es una buena noticia, y aunque eso tiene más que ver con las elecciones municipales y de las gobernaciones, puede ser tomada como un buen augurio.
El nuevo gobierno de Chile se ha mostrado muy activo respecto a la frontera con Bolivia y con el Perú, y se está mandando una zanja en esa enorme e inhóspita región. Eso no puede ser visto como una agresión a Bolivia, sino como un intento serio de controlar una frontera difícil de monitorear. Frontera que está plagada de irregularidades comerciales y también humanas.
Que solo se pueda ingresar a un país por los pasos para ello habilitados es lo más sensato del mundo. Bolivia no está en condiciones de mejorar el control de sus fronteras; en el caso de Chile, ese país lo está haciendo por nosotros.
Si deja de haber, o disminuye sustancialmente el contrabando, incluido el de narcóticos, en ese frente le irá bien a la Bolivia decente. La que vive de la producción de droga debe, por supuesto, estar preocupada.
Estamos, por lo expresado por el presidente Paz y por el Canciller, empezando una nueva fase en nuestras relaciones con Chile. Hay a la vista una regularización de nuestras relaciones diplomáticas; esto puede ayudar a dinamizar nuestras relaciones económicas, incluida la posibilidad de bolivianos de ir a trabajar temporalmente a Chile de manera legal (opción que, dicho sea de paso, existe y exige requisitos mínimos: documento de identidad y certificado de buena conducta) que solo debería ser un poco más expedita.
Amar a Bolivia sin necesariamente odiar (aunque sea un poquito) a Chile sería un gran regalo que la actual gestión gubernamental, en términos de educación, puede darle al país. Encima, eso no cuesta nada, solo se tiene que tener voluntad política.
Agustín Echalar es operador de turismo.