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La curva recta | 22/03/2026

Desfiles, fronteras y el mar

Agustín Echalar
Agustín Echalar
​Es posible que los desfiles escolares tengan algún sentido en la patria ancha y ajena. Pienso en los pueblitos perdidos del Chaco o del altiplano y me imagino que si a esas vidas monótonas se les quita una actividad comunitaria de esa índole, se hace la vida más triste. Y sí, señores, el tema es que los desfiles son, ante todo, una distracción porque el espíritu cívico, el amor por el terruño y cosas más importantes, como la honestidad, no se aprenden marchando.

​Pero la macabra celebración del 23 de marzo tiene un aspecto aún más pernicioso; no solo es una pérdida de tiempo en torno al desfile y los ensayos previos, sino que es un proceso lento, pero seguro, de marcar en los niños el victimismo que tanto daño nos hace, y el odio o rechazo a Chile. Como cualquier odio, solo nos hace más mezquinos, nos hace peores.

​No crea, estimado lector, que estoy argumentando a favor de olvidar la historia; eso, por supuesto que no. Bolivia tuvo una costa, muy alejada y desconectada de sus centros urbanos, por cierto, y la perdió en una guerra que tuvo un serio e innegable componente expansionista por parte de Chile y una enorme cantidad de errores tácticos, tanto diplomáticos como económicos, cometidos por nuestros antepasados. Y la innegable realidad del más débil contra el más fuerte, que en el siglo XIX era la forma de ver el mundo (y en la era de Trump, “ahoringa”, lastimosamente también).

​La tercera región de Chile fue una vez boliviana, eso es una verdad innegable, como es la realidad que hoy son zonas y ciudades chilenas que “nunca más a esta patria volverán” porque, para empezar, eso no les interesa a sus pobladores actuales en lo más mínimo.​Creo que el famoso “Himno al Mar” debe ser archivado de una vez y por todas. No solo porque es una plañidera absurda, sino porque es una provocación a un vecino con el que nos conviene tener buenas relaciones.​
La noticia de que los desfiles escolares del Día del Mar hayan sido desactivados es una buena noticia, y aunque eso tiene más que ver con las elecciones municipales y de las gobernaciones, puede ser tomada como un buen augurio.

​El nuevo gobierno de Chile se ha mostrado muy activo respecto a la frontera con Bolivia y con el Perú, y se está mandando una zanja en esa enorme e inhóspita región. Eso no puede ser visto como una agresión a Bolivia, sino como un intento serio de controlar una frontera difícil de monitorear. Frontera que está plagada de irregularidades comerciales y también humanas.

​Que solo se pueda ingresar a un país por los pasos para ello habilitados es lo más sensato del mundo. Bolivia no está en condiciones de mejorar el control de sus fronteras; en el caso de Chile, ese país lo está haciendo por nosotros.

​Si deja de haber, o disminuye sustancialmente el contrabando, incluido el de narcóticos, en ese frente le irá bien a la Bolivia decente. La que vive de la producción de droga debe, por supuesto, estar preocupada.

​Estamos, por lo expresado por el presidente Paz y por el Canciller, empezando una nueva fase en nuestras relaciones con Chile. Hay a la vista una regularización de nuestras relaciones diplomáticas; esto puede ayudar a dinamizar nuestras relaciones económicas, incluida la posibilidad de bolivianos de ir a trabajar temporalmente a Chile de manera legal (opción que, dicho sea de paso, existe y exige requisitos mínimos: documento de identidad y certificado de buena conducta) que solo debería ser un poco más expedita.

​Amar a Bolivia sin necesariamente odiar (aunque sea un poquito) a Chile sería un gran regalo que la actual gestión gubernamental, en términos de educación, puede darle al país. Encima, eso no cuesta nada, solo se tiene que tener voluntad política.
​Agustín Echalar es operador de turismo.




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