Mientras pensaba en mi columna de domingo, veía con optimismo el 8 de marzo que en muchos países, las mujeres salieron a las calles recordando a viva voz que sin nosotras no hay futuro.
Había escrito un par de páginas identificando nuevos temas, nuevos desafíos y algunas debilidades en el contexto de la arremetida conservadora mundial. La impunidad con que Trump saca y pone gobernantes, la guerra contra Irán, la subida de aranceles y tantos hechos que muestran un cambio brutal de ciclo político y las transformaciones geopolíticas que afectarán nuestras vidas. El feminismo como pensamiento crítico y como propuesta política –pensé– sigue siendo un activo para la igualdad.
He escrito innumerables veces que la derrota electoral de las izquierdas y el deterioro de la democracia deben explicarse por las autocracias que gobernaron las últimas décadas violentando los derechos humanos, destruyendo el medioambiente y haciendo, en muchos casos, de la corrupción una forma de gobierno.
He criticado las alianzas de grupos feministas que se sumaron a gobiernos populistas y callaron ante las violaciones a los derechos humanos. Iba a escribir una nota festiva incluyendo las actividades de las mujeres bolivianas en las calles en un contexto en que el MAS ya no es un actor relevante.
Y eso todavía me parece bueno.
Sin embargo, la renuncia de la viceministra de Autonomías, Andrea Barrientos, aceptada sin chistar por el ministro Lupo, debido en gran medida a la exigencia del gobernador cruceño Fernando Camacho, me hizo cambiar el foco de mi nota.
Pensé que Camacho, a quien recordamos como un mal gobernador y un activista de escasas luces, no habría podido exigir mucho de no haber sido víctima del abuso a sus derechos que lo llevaron injustamente a prisión. Más ruido me generaron las palabras de la directora de Igualdad de Oportunidades, Durby Blanco, de 32 años, quien, mientras presentaba una excelente propuesta de política de cuidados, inédita en Bolivia, dijo que decidió no tener hijos para no perder años en casa haciendo un trabajo que “no me permita realizar mis sueños”.
Una veloz convergencia entre medios, influencers e internautas de ambos sexos mostró que Blanco había puesto el dedo en la llaga del neoconservadurismo que pretende volver a la idea de la maternidad como mandato divino e irrenunciable.
Pertenezco a la generación que va de salida; me vino así a la memoria que en los tiempos de la dictadura militar, las mujeres de América Latina pintaban paredes diciendo: “democracia en el país y en la casa” y que al día siguiente otras más aguerridas agregaban “y en la cama”.
La consigna sintetizaba la lucha contra las dictaduras que mataban, violaban y torturaban a muchas mujeres, como aún ocurre en Venezuela, Nicaragua y El Salvador: democracia en el país –la que aún está en proceso de reconstrucción– y que implicaba la necesidad de compartir tareas familiares.
Desde siempre, las mujeres cargaban a sus wawas a huelgas, marchas y al trabajo, pero es comprensible que en democracia queramos que sueñen como Durby y que estén bien cuidadas. El ministro Lupo ha de saber cuánto dinero gastó el BID y otros organismos internacionales para reconocer el trabajo no remunerado de las mujeres, lo que está excelentemente reflejado en la propuesta que se presentó el 8 de marzo.
Y, finalmente, el “en la cama”, sin duda el lema más subversivo, apunta a la libertad de decidir sobre nuestros cuerpos. En Bolivia más de la mitad de los embarazos son considerados no intencionales o no deseados. Hay una alta tasa de embarazos adolescentes. Solo en 2024 se reportaron 28.078.
Lo que preocupa de la virulencia en las redes es que esto se hace en un contexto político antiderechos, que quiere desmontar lo que parecía formaba parte del consenso democrático. Claro, dirán algunas voceras del patriarcado, que ellas no solo no son feministas, sino que están en contra de todo lo que se le parezca sin siquiera agachar la cabeza para reconocer que votaron, estudiaron, se casaron, usaron la píldora, se divorciaron y pueden condenar a una funcionaria gracias a las libertades conquistadas por muchas feministas.
Por eso creo que las marchas en el país, todavía fragmentadas y arrastrando la polarización, debieran dar lugar a diálogos intergeneracionales y plurales, haciendo del respeto el principal ingrediente de la democracia.
Si el gobierno presta atención a la propuesta entregada el 8 de marzo podrá levantar las trancas que impiden aprovechar mejor el talento y la educación de las mujeres, promoviendo, al mismo tiempo, la participación de los hombres en las labores de cuidado. Claramente estamos ante un desafío descomunal. La democracia en el país, en la casa y… en la cama solo puede construirse entre iguales.
Sonia Montaño es feminista.