Corría el año 1973 y en mi condición de refugiada política, el país que me acogió me brindó cursos de holandés como parte de los extraordinarios esfuerzos que se hicieron para miles de personas que huyeron de las dictaduras.
Una de las cosas que no olvido fue que en las pequeñas aulas de Hilversum conocí a dos mujeres: Eva de Polonia y Shida, de Irán. Una, católica, apoyaba a Solidaridad de Lech Walesa y profesaba la fe católica abiertamente; la otra había huido con cuatro hermanos de la dictadura del Sha, amigo de occidente y derrocado años más tarde por los partidarios de los Ayatolas.
Nos hicimos amigas una tarde fría de invierno cuando Eva, mientras tomábamos un te caliente, nos contó la realidad de su país y la lucha por derrocar el régimen comunista. Encontré que lo que ella vivió era muy parecido a lo que estaba ocurriendo en Bolivia, como consecuencia del Plan Cóndor, que instaló regímenes militares, a veces de la mano de la jerarquía católica y otras persiguiéndola.
Cuando terminé de contar mi experiencia –éramos las tres menores de 20 años– nos abrazamos llorando y Shida comenzó la interminable historia de su hermoso país, sobre cuyo pasado imperial apenas habíamos oído a través de los cuentos infantiles.
Entre sus hermanos, que llegaron a aceptarnos en la pieza de Shila, discutían acaloradamente sobre marxismo, Estado laico y religión. Mientras, nosotras inauguramos una amistad que ahora revivo y sobre la cual recuerdo especialmente un detalle: Shida no llevaba velo nunca. Hoy me pregunto si no estará entre la multitud de mujeres que desafían la teocracia de Irán en las calles, si habrá sobrevivido el mandato de encierro impuesto por las autoridades político-religiosas que, ojalá, estén a punto de caer.
Si ellas estuvieran vivas habrían visto la caída de regímenes autoritarios, la caída del muro de Berlín, la derrota del apartheid. Quiero creer que hemos vuelto a nuestra tierra natal para ser testigos de los nuevos virajes que el mundo está dando, que incluyen una revuelta popular en Irán que tiene a las mujeres en primera fila, con una lucha que es un desafío político para el feminismo occidental.
Es necesario quitarse el velo que impide apoyar la lucha de las mujeres iraníes. Por asociación recuerdo a las cuatro ministras bolivianas que en 2012 –muy feministas ellas– se cubrieron la cabeza para recibir al presidente Ahmadinejad. Shila fue libre y las bolivianas se sometieron. El Estado laico ya se había estido.
Fatima Mernissi , la feminista marroquí defensora de los derechos de las mujeres y una de las voces pioneras y agudas sobre ese occidente de las mil caras que ocultó su pasado colonialista tras la Carta de Naciones Unidas, ha escrito sobre el miedo a la democracia como uno de los rasgos de los políticos islámicos. Ha dicho que, además del miedo a la democracia, lo que existe es una amputación cultural que les impide apropiarse del humanismo laico que permitió la expansión de la sociedad civil en occidente.
En occidente persiste el miedo a la diferencia y eso se ha traducido en debates intensos entre las feministas que en algunos países abogan contra el velo, impidiendo a veces que esta prohibición asociada con la imposición religiosa excluya a niñas del acceso a la escuela.
Por su parte, muchas mujeres que luchan por sus derechos económicos, sociales, políticos y culturales en Irán están desafiando el fundamentalismo religioso simbolizado en su vestimenta pero, sobre todo ,actúan en conjunto contra la crisis económica.
La clave parece estar en la conquista del derecho a decidir sobre los símbolos externos, sobre el derecho a decidir sobre sus cuerpos y su sexualidad, en articulación con las demandas sociales.
La lucha actual en Irán muestra la construcción de alianzas de las mujeres con todos los grupos sociales cansados del régimen, donde ellas ocupan un lugar simbólico: fuman en la calle y encienden su cigarrillo mientras queman el rostro del ayatola, así se suman a la lucha contra la desigualdad social.
Que Trump esté contento o que alguna izquierda se rasgue las vestiduras es lo menos importante; lo estratégico es que si el régimen cae lo hará gracias a que las mujeres en las calles no están solas y que, a diferencia de otras “primaveras”, esta puede convertirse de un baño de sangre a una siembra más fecunda.
Sonia Montaño es feminista.