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Con la boca abierta | 15/02/2026

Alianzas sí, pero ojo con los mileicitos

Sonia Montaño Virreira
Sonia Montaño Virreira
Pasan tantas cosas, muchas, demasiadas. El mundo parece un salpicón,  un  revuelto donde el presidente más reaccionario de Estados Unidos aparece como  el protector de algunos sufrientes. Detrás de sus acciones milimétricas está su deseo de derrotar a China y convertirse no solamente en el amo de su traspatio, sino que está empeñado en destruir las ya alicaídas Naciones Unidas, la OEA y todos los organismos multilaterales para crear su propia pandilla. 

La extracción de Maduro provocó un alivio y hasta felicidad en la población venezolana, lo que duró hasta que la traición de Delcy Rodríguez mostró que para salvar su pellejo está dispuesta a todo. 

Hay quienes dicen que  Estados Unidos no necesita el petróleo venezolano, quizás no lo necesite para su industria, pero le sirve para lograr la dominación y la pronta derrota de Cuba y de cualquier país que ose ayudar a la isla olvidada por el mundo a nombre de la revolución, el antiimperialismo y el bloqueo; todos hechos reales que, sin embargo, no explican la miseria a la que se encuentran sometidas las familias cubanas. 

Se ha dicho hasta el cansancio que Trump no es un demócrata y que mientras sus nuevos amigos venezolanos le sirvan, las posibilidades de un cambio de régimen son escasas. Por tanto, no es un demócrata el presidente de Estados Unidos, que ha declarado que el derecho internacional no le interesa y que sólo se guía por su ética que, se sabe, es inexistente. 

Su posición ante las muertes en Irán, el abandono de Gaza y sus guiños a Bukele, otro dictador electo “democráticamente”, alientan a la nueva derecha regional que espera el salvataje de sus economías en un contexto –salvo el Brasil y Chile– en el que la pobreza ha aumentado que da escalofríos. 

El panorama internacional es crítico y nos toca, como país, movernos ahí, entre nuevos aliados cuyas vocaciones democráticas son dudosas. Es lo que hay.

En el plano interno, mientras la sensatez exige paciencia, observamos la aparición de casos de corrupción o por lo menos de lenidad. YPFB aquejada por la corrupción desde el gobierno de Morales –recordemos la caída, en 2009, de Santos Ramírez, expresidente  de la estatal– y la actual  crisis derivada de la calidad de  gasolina que  Bolivia compra de instituciones cuya mera existencia es llamativa. YPFB vendiendo y comprándose a sí misma sin que se sepa el destino de los millones involucrados. Tampoco sabemos el destino de las maletas (¿30, 32?)  que trajo una exparlamentaria de Creemos que –dizque– apoyó a Paz y ahora quiere ser candidata junto a Gary Añez en Santa Cruz.

El recorrido por los partidos de parte de algunas candidatas sugiere que muchas actúan como sus colegas y se dejan instrumentalizar hasta terminar en la cárcel, como ha ocurrido con tantas mujeres que son los chivos expiatorios de sus jefes, sin que eso signifique eximirlas de responsabilidad. 

Ya son cinco las mujeres asesinadas por sus parejas y Bolivia sigue figurando con la tasa más alta de feminicidios en América del Sur. A la impunidad de los curas acusados de abuso sexual, se suma ahora la del pastor acusado de abuso infantil y –aunque son cada vez más las mujeres y niñas que se atreven a denunciar– está claro que la justicia no está preparada para hacer eso: justicia. 

Quedan pocos días para el 8 de marzo, fecha en que conmemoraremos el Día Internacional de la Mujer, para recordar que las mujeres siguen estando por detrás de  sus pares varones en todas las esferas. 

Aunque  viven más que ellos, lo hacen  en peores condiciones: son mayoría entre los informales y siguen siendo las principales responsables de la crianza y el cuidado de las familias. Esto que es recontra sabido, pero no figuró ni en las propuestas de los candidatos. 

Si no fuera por algunas designaciones esperanzadoras, todo indica que la “despatriarcalización” no contará con los recursos suficientes para enfrentar esta pandemia que es la violencia y que es la punta del iceberg de la discriminación sistémica que no preocupa al  gobierno. 

Antes de esa fecha, que pone sobre la mesa la situación de la mayoría de la población, tendremos las secuelas del Carnaval, cuyos excesos se expresan en todas las formas de violencia conocidas. Retardación de justicia, impunidad de los perpetradores y una ola creciente de varones que se victimizan tratando de equiparar las excepcionales, aunque graves, injusticias que los afectan. 

La ley 348 no es perfecta pero es  su aplicación la que debe ser mejorada, aumentando las acciones públicas de prevención en las escuelas, en las familias, en  las comunidades, incluidas las religiosas y, sobre todo, en los medios de comunicación, donde se muestra una ignorancia extrema sobre las causas que están detrás de la violencia. 

¿Será que el gobierno puede dar un golpe de timón para evitar caer en el punitivismo y desarrollar políticas integrales desde la cuna hasta el final del ciclo de vida?  Cuidado con los mileicitos y bukelitos que nos acechan.

Sonia Montaño es feminista.


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