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Oveja Negra | 04/03/2026

Campaña en modo urgente, deliberación en modo espera

Eduardo Leaño
Eduardo Leaño
Desde la perspectiva de Jürgen Habermas, reconocido filósofo y sociólogo alemán, las elecciones subnacionales de 2026 en Bolivia evidencian el predominio de la acción instrumental –orientada al éxito– sobre la acción comunicativa basada en el entendimiento. 

El proceso se desenvuelve en un clima de “descomunicación”,en el que más que diálogo público hay una sucesión de monólogos estratégicos: candidatos que hablan, ciudadanos que dudan y adversarios que confrontan sin intención de comprenderse. Esta columna, inspirada en el enfoque habermasiano, busca analizar este proceso electoral en el que, paradójicamente, casi nadie parece dispuesto a debatir. 

Acción estratégica vs acción comunicativa. Habermas distingue entre la acción comunicativa, orientada al entendimiento, y la acción instrumental, centrada en el éxito. En el terreno electoral, predomina esta última: ganar, posicionarse y convencer se vuelven fines superiores. 

La ciudadanía deja de ser interlocutor y pasa a ser recurso; las campañas operan como laboratorios estratégicos que segmentan votantes, calibran encuestas y administran emociones con la precisión de un relojero. Así, el lenguaje no funciona como puente de diálogo, sino como un reflector que encandila lo suficiente para llegar primero a la meta. 
En las elecciones subnacionales de El Alto, un candidato reorientó su campaña tras identificar, mediante encuestas, que la “seguridad ciudadana” es la principal preocupación en distritos periurbanos. Rediseñó su eslogan, inventó material audiovisual y organizó actos centrados en la idea de “mano firme” y “orden”.  

En esta lógica, la ciudadanía es tratada como un segmento estratégico a persuadir, no como interlocutora deliberativa. El objetivo no es construir consensos sobre el modelo de ciudad, sino maximizar votos, evidenciando el predominio de una racionalidad estratégica orientada al éxito electoral. 

Respecto de la acción comunicativa, orientada al entendimiento recíproco, supone reconocer al otro como un sujeto racional y apostar por la construcción de consensos a través del intercambio de argumentos. 
No obstante, en el escenario subnacional de 2026, esta modalidad parece haberse vuelto más ideal que práctica habitual. Los debates públicos –cuando efectivamente se realizan– rara vez adoptan la estructura de una deliberación fundada en razones; con mayor frecuencia se transforman en escenarios de descalificaciones previsibles, simplificaciones atractivas y mensajes diseñados para circular con velocidad en redes sociales. 

Un ejemplo ideal de acción comunicativa sería la organización de un foro sobre ordenamiento urbano en la ciudad de La Paz convocado por el Colegio de Arquitectos, con participación plural de candidatos y actores sociales. 

El debate partiría de un diagnóstico técnico común y se regiría por reglas de igualdad, tiempos equilibrados y réplicas basadas en argumentos, buscando coincidencias y compromisos mínimos bajo plena transparencia. 

Así, la discusión dejaría de girar en torno a consignas y se orientaría a un tratamiento racional del conflicto, capaz de generar consensos parciales más allá de la coyuntura electoral: como un plano urbano trazado con regla y compás, donde cada línea responde a un cálculo compartido y no al pulso improvisado del momento. 

“Descomunicaciones” vs comunicaciones. Desde la perspectiva habermasiana, las elecciones subnacionales evidencian una auténtica crisis de comunicación. Todo acto de habla, recuerda Habermas, supone ciertas “pretensiones de validez”: que lo afirmado sea verdadero en relación con los hechos, correcto según normas compartidas, sincero respecto a la intención y comprensible en su formulación.

En el proceso electoral de 2026 en Bolivia, estas exigencias parecen haberse debilitado de manera sistemática. La verdad se difumina entre datos cuidadosamente seleccionados; la corrección normativa se ajusta con notable flexibilidad a la conveniencia del momento; la sinceridad se presume inexistente, como si toda declaración fuera, por definición, una jugada estratégica; y la claridad cede ante el atractivo del eslogan breve, intenso y fácilmente replicable. 

Se habla mucho, ciertamente, pero cada intervención parece confirmar que el lenguaje no busca convencer con razones, sino administrar percepciones con eficacia. 

Habermas sostiene que la comunicación racional exige inclusión efectiva, libertad para cuestionar, ausencia de coacción y primacía del mejor argumento. En las elecciones subnacionales bolivianas, estas condiciones se reconocen formalmente, pero en la práctica aparecen desajustadas: la participación existe, aunque la deliberación es desigual; la crítica es posible, pero suele ceder ante la polarización; la coacción no siempre es abierta, aunque opera de forma simbólica o económica; y el mejor argumento compite en desventaja frente al mensaje más emotivo o mejor financiado. 

Así, el proceso electoral deja de ser un espacio de construcción racional de la voluntad colectiva y se transforma en una disputa estratégica: un traje democrático cuidadosamente exhibido en vitrina, pero confeccionado que no siempre ajustan al cuerpo real de la deliberación pública. 

La “enorme descomunicación” de 2026 no puede atribuirse únicamente al exceso de información o al ruido mediático; más bien revela un giro estructural hacia la acción instrumental, relegando la acción comunicativa a un segundo plano casi ornamental. 

Se dialoga en la medida en que resulte útil para ganar; si no aporta votos, la conversación suele postergarse. 

Así, el problema no radica en suprimir la competencia –elemento constitutivo de toda democracia–, sino en restituir un equilibrio que permita la existencia de espacios deliberativos genuinos. 

Solo allí donde los argumentos tengan mayor peso que las consignas, la política podrá recuperar su dimensión comunicativa y no limitarse a una sucesión de discursos que se cruzan sin encontrarse. 

Eduardo Leaño es sociólogo.


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