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La máquina de leer | 09/06/2020

Grandes ensayos bolivianos. “¿Qué es la Revolución Boliviana?”

Grandes ensayos bolivianos. “¿Qué es la Revolución Boliviana?”

Ernesto Ayala Mercado perteneció a la primera camada de militantes del Partido Obrero Revolucionario (POR), que en 1938 fundaran el trotskista José Aguirre Gainsborg y el socialista Tristán Marof. Intelectual precoz, ese mismo año, con apenas 19 años de edad, redactó el programa de la Federación Universitaria Boliviana (FUB), el primer documento sindical de orientación trotskista de la historia del país. Pocos años después publicó su tesis de grado en derecho, intitulada La realidad boliviana. Tres ensayos socio-dialécticos, que era la primera o la segunda explicación boliviana de la revolución permanente, el núcleo teórico de esta corriente del comunismo internacional.

A fines de la década de los 40, justamente en el marco de la teoría de la revolución permanente, Ayala Mercado hizo uno de los análisis marxistas más valiosos con que contamos del gobierno de Gualberto Villarroel y el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR): Enjuiciamiento del régimen Villarroel-Paz Estenssoro.

Poco después de la Revolución Nacional de 1952, Ayala se pasó del POR al MNR, el partido rector de la transformación revolucionaria. Formó parte del “ala izquierda” de este partido, que dirigía el minero Juan Lechín y aglutinaba a los “cuadros obreros” del MNR. El “ala izquierda” dominaba la Central Obrera Boliviana (COB), de la que Ayala fue uno de los primeros dirigentes. El cochabambino también fue miembro del Parlamento y llegó a presidir la Cámara de Diputados.

Del encuentro entre su marxismo y su militancia nacionalista revolucionaria surgió el ensayo más interesante y original que le debemos, ¿Qué es la Revolución Boliviana?, publicado en 1956. Era un intento de reconciliar la teoría de la revolución permanente con los sucesos bolivianos, de modo que estos calzaran en aquella. Considerado un texto herético por los trotskistas ortodoxos, para Ayala fue un intento de dejar de repetir “viejas fórmulas” y de generar otras, propias, dentro de una teoría revolucionaria materialista, esto es, extraída de la realidad antes que impuesta a ella.

León Trotsky postulaba que en esa época, en la que la economía capitalista era global y adquiría una forma agresivamente imperialista, las burguesías de los países atrasados resultarían incapaces de cumplir las tareas históricas que habían realizado con anterioridad sus homólogas de los países adelantados. Estas tareas eran, entre otras, la liberación nacional, la reforma agraria y la democratización plena del sistema político. A diferencia del Lenin de antes de 1917, Trotsky tampoco creía que la pequeño burguesía (en concreto, los campesinos) podría cumplir estas tareas, en caso de tener la oportunidad de hacerlo. En cambio, sí se alineaba con el Lenin de 1917, el que, como se sabe, este año sustituyó el objetivo estratégico original del partido bolchevique, la “dictadura democrática de los obreros y campesinos” –la cual tenía un “carácter algebraico”, es decir, indeterminado respecto a la clase social que dirigiría el bloque– por otra meta más osada y precisa: la “dictadura del proletariado”, el gobierno de los bolcheviques mismos.

Una vez concretada esta dictadura, decía Trotsky, la revolución burguesa tendría que transformarse internamente, en el mismo momento de su realización, para encaminarse al socialismo. Con lo cual, como es lógico, su movimiento sería permanente, pues no se detendría en ninguna etapa hasta lograr la emancipación de la sociedad. Ciertamente que este objetivo solo podría realizarse en el plano internacional, en el marco de la “Federación de Estados Socialistas de Latinoamérica” que planteaba el programa de la FUB. Únicamente en ese contexto podría acumular los recursos necesarios para eliminar el Estado y anular definitivamente la propiedad privada.

Como puede verse, la teoría de la revolución permanente posee un número de componentes más o menos nítidos: Se trata de un proceso orientado a concluir un trabajo que, de otro modo, la burguesía y la pequeña burguesía dejarían a medias; implica la transformación, sobre la marcha, de la revolución burguesa en socialista, y debe ser capaz de trascender las fronteras nacionales, para realizarse plenamente en un marco mayor.

Palabras más, palabras menos, Ayala había repetido estos conceptos en sus textos previos. Por esta razón, pese a su interés, eran los textos de un seguidor, de un miembro de escuela, y no abrían perspectivas nuevas. Hasta entonces, la revolución permanente en Ayala –igual que en Guillermo Lora, el teórico trotskista boliviano por antonomasia– había sido un mero replanteamiento de la fórmula diseñada por Trotsky en 1905. Sin importar si esta fórmula fuera correcta o no, lo cierto es que, de serlo, no hubiera sido un mérito teórico suyo o de Lora. En cambio, en ¿Qué es la Revolución Boliviana?, Ayala produjo una verdadera aplicación, en el sentido fuerte de esta palabra, de la teoría marxista a la práctica política boliviana. Y este logro, así como la prosa vibrante en que está escrito, lo convierten en uno de los grandes ensayos bolivianos.

Desarrollo desigual y combinado

Ayala define la economía y la sociedad bolivianas como “combinadas”: en ellas coexisten aspectos muy retrasados y muy avanzados del desarrollo histórico; conviven, para decirlo en sus palabras, “el salvajismo, la barbarie y la civilización”. Este entrecruzamiento se debe a la simultaneidad de los diferentes modos históricos de producción y reproducción social; no es que uno ceda el paso ordenadamente al otro, sino que varios se dan de manera simultánea y desigual.

En Bolivia, el primer cruce entre dos realidades productivas y reproductivas distintas se produjo, como es obvio, en 1535, cuando los conquistadores españoles llegaron a nuestro territorio trayendo consigo un conocimiento, una tecnología y unos sistemas organizativos muy superiores a los que había aquí, los que apenas estaban, dicho en la nomenclatura marxista clásica, en el “estadio medio de la barbarie”.

Otro momento de superposición de estratos civilizatorios y culturales se dio alrededor de 1870, cuando Bolivia se conectó finalmente a la economía capitalista mundial, gracias al repunte de sus actividades mineras, que desde entonces se fueron complejizando, mientras que los otros sectores económicos del país, como el agrícola, languidecían aislados y desprovistos de recursos modernos. En el campo perduraba todavía la servidumbre y el arado egipcio, mientras que en la minería se había impuesto el trabajo asalariado y maquinizado.

Caracterización de la revolución

Teniendo la economía y la sociedad un carácter combinado, por lógica la revolución boliviana debía tenerlo también: “La expresión ‘combinado’ significa que la revolución resuelve, al propio tiempo, objetivos nacional-democráticos y socialistas, a través de una lucha constante y de un proceso cuya duración de antemano no se puede precisar.

Por lo tanto, entre las realizaciones nacional-democráticas y socialistas no existen ni pueden existir etapas separadas ni periodos históricos apriorísticamente delimitados. Las unas se suceden a las otras ininterrumpida y progresivamente”. Esta es la declaración que se inscribe en el portal mismo de ¿Qué es la Revolución Boliviana? Parece una reafirmación de los viejos conceptos, pero muestra ya un cierto desplazamiento teórico, que el autor resalta por medio de cursivas.

En la teoría trotskista usual, la transformación de la revolución burguesa en otra cosa se producía a partir del triunfo de la dictadura proletaria. En cambio, para Ayala esta dictadura constituía un hecho ulterior, cuya realización dependía de “una lucha constante” y sin plazo fijo en el seno de la propia revolución. “La previa necesidad de la ‘dictadura del proletariado’ para resolverlos objetivos de la fase democrático-burguesa de la revolución ya no es ni perentoria ni inevitable”, escribía. Al contrario, “esa fórmula –si pretende ser mecánicamente aplicada– puede tornarse más bien en una fórmula directamente contrarrevolucionaria” (cursivas en el original).

Ayala se diferenciaba así, con una claridad meridiana, de su antiguo partido, el POR, que para él se había convertido, luego de abril de 1952, en la “ultraizquierda”. El POR, con su llamado a radicalizar de inmediato la Revolución Nacional, la ponía en riesgo. Para demostrarlo, Ayala citaba a Víctor Paz Estenssoro, el líder del MNR, tratando, por picardía política, de presentarlo como un copartícipe de sus ideas o de mostrarse a sí mismo como un copartícipe de las suyas.

Ayala, claro está, no pensaba del todo como Paz Estenssoro. No obstante, sí estaba de acuerdo con él en la necesidad de actuar con prudencia y no ir demasiado lejos de inmediato. La razón de esto se podía hallar en la siguiente frase de Paz Estenssoro, citada por Ayala: “Nos aguantan a su pesar, porque tenemos un tremendo respaldo popular; y porque somos un gobierno soportable. Pero en el caso de un gobierno troski-comunista no lo tolerarían y le harían un cerco que a ese gobierno lo estrangularía en pocos días. Entonces tampoco existe la posibilidad de un gobierno comunista”.

Pero, si así era, había que preguntarse para qué hacer una revolución que se limitase a encumbrar a un “gobierno soportable”. El POR de Lora no veía razón alguna. Ayala respondía: “A los ultraizquierdistas que plantean el problema en tales términos habría que responderles con las frases de Lenin: Los partidos revolucionarios no tienen alternativa alguna entre ‘hacer’ o ‘no hacer’ la revolución; sino, en ser sus caudillos conscientes. Porque no son las voluntades ‘subjetivas’, sino los ‘hechos forzosos’ los que determinan la acción…. No había que trazarse, pues, una línea de conducta fijada a priori; debía, inversamente, seguirse el sendero que señalaba el curso real de la lucha de clases. En este aspecto –digámoslo de pasada– las categorías abstractas de los ‘coleccionadores’ de dogmas… fueron superadas por la rica experiencia de los hechos”.

Ayala justificaba así su nueva posición política. No había podido elegir “no hacer” la Revolución y entonces, puesto que se había decidido a hacerla, había tenido que sujetarse a los términos en que esta se hallaba planteada. ¿Y cuáles eran estos términos? Los dados por la condición “semi-colonial” del país.

En Bolivia todavía hacía falta la construcción de la nación; al mismo tiempo, el proletariado aún no era una clase nacional. Por tanto, la revolución debía ser hecha, sin purismos, por una alianza entre el proletariado, que tenía sus intereses, las clases medias urbanas, que tenían los suyos, y los campesinos, lo propio; clases que, sin embargo, coincidían en la necesidad de liberar al país y transformarlo económicamente. “A causa de su atraso, en Bolivia el proletariado no tuvo un partido político propio; en consecuencia, fue el MNR –precisamente– el que acaudilló el frente nacional y condujo a la nacionalidad postergada por el camino del poder… imponiendo un gobierno democrático de obreros y sectores revolucionarios de la clase media, al que se agregan luego los campesinos”.

¿Era una verdadera revolución? Para Ayala, no cabía duda. Se había dado un reemplazo de la clase dominante y también un verdadero cambio económico. Sin embargo, no bastaba, porque no cabía quedarse en la etapa burguesa de la Revolución Nacional. En tanto revoluciónpermanente, esta debía avanzar hacia el socialismo, pasando primero por un proceso previo, cuya duración no podía determinarse de antemano. Ayala y el resto del “ala izquierda” militaban en el MNR, justamente, para apurar este proceso y profundizar la revolución.

Si la pequeña burguesía emenerrista había aceptado a regañadientes la nacionalización de las minas o se había limitado a acariciar la idea de una reforma agraria, el proletariado emenerrista, en cambio, había concretado estas medidas de la forma más radical posible, y, además, las había complementado con otras que no tenían una índole estrictamente burguesa, como el cogobierno obrero o las cooperativas agrícolas. Además, al posibilitar una práctica democrático-liberal real, el proletariado había abierto espacio para el despliegue y el progresivo ascenso de la consciencia socialista de las masas.

Dualidad de poderes

Por todo esto, dentro de esa alianza de clases llamada MNR, la clase obrera chocaba constantemente con la pequeño burguesía, la cual se había hecho fuerte en el Estado, al constituir la mayor parte de su burocracia. La pequeña burguesía, por su parte, ora seguía al proletariado, ora lo combatía. Si llegase a triunfar sobre él, pensaba Ayala, se produciría un retroceso, una ola reaccionaria que los marxistas llaman “termidor”, en alusión al periodo de la Revolución Francesa con este nombre. En cambio, si el proletariado fuese el vencedor, la Revolución avanzaría hacia el socialismo.

En cualquiera de ambos casos, la “dualidad de poderes” dentro de la alianza de clases y de la Revolución desaparecería y se entraría en un momento de “unificación”: se reestablecería la estabilidad social y política, en uno u otro sentido ideológico.

La descripción de la dualidad dentro de la Revolución Nacional constituía uno de los rasgos más idiosincráticos del pensamiento de Ernesto Ayala, e iba a influir en los esfuerzos teóricos de René Zavaleta, tanto antes como después de la conversión de este al marxismo, a fines de los 60.

Además de la resolución de la dualidad de poderes en uno u otro sentido, Ayala también contemplaba la posibilidad de una “tercera salida”. Esta era el aplastamiento fascista de la Revolución por la oligarquía desplazada por esta, que entonces se hallaba organizadas en Falange Socialista Boliviana (FSB) y en los residuos del Partido de la Izquierda Revolucionaria, que vivía una fase de agonía política e ideológica.

De verdad, este esquema profetizaba hasta cierto punto el futuro de la Revolución Nacional, pero, como suele ocurrir, lo hacía de una forma farragosa. En 1956, el año de publicación de ¿Qué es la Revolución Boliviana?, el termidor ya había comenzado, como el propio Ayala hacía notar. En enero de este año, la derecha del MNR, entonces dirigida por Hernán Siles Suazo, había atacado a Lechín y sus colaboradores, procurando aislarlo de las bases emenerristas. El incidente podía haber terminado en un enfrentamiento militar si Lechín no desistía de su deseo de candidatear a la presidencia en representación del partido. La fuerza de la izquierda había comenzado a menguar desde entonces y su caída no se detendría más.

Pocos meses después de la publicación del folleto de Ayala, el nuevo presidente Siles aprobaba el Plan de Estabilización Monetaria, que superaría la crisis económica que había agudizado el primer gobierno de Paz Estenssoro, al costo de que el país perdiese su soberanía económica. En ese momento, en diciembre de 1956, terminaba el centrismo de la Revolución, su equilibrio entre los “dos poderes”, que era también el centrismo de Paz Estenssoro mismo. Se consumaba el termidor, aunque, igual que en Francia, este no sería capaz de acabar del todo con el impulso de la Revolución. Para eso se requeriría que, ocho años después, el fascismo externo se sumara a la reacción interna. Eso ocurriría en noviembre de 1964. Se cumpliría así la “tercera salida” planteada por Ayala: el aplastamiento del proceso  revolucionario por la dictadura militar de René Barrientos, con el apoyo de FSB.

El decurso de la Revolución Nacional

No sucedería, eso sí, de la forma prevista, como es natural. Sorprendentemente para el Ayala de 1956, la obra destructiva de Barrientos contaría con el apoyo –por un breve de tiempo– de Lechín, Siles y la izquierda comunista, que habían acabado resentidos por el acaparamiento caudillista de la Revolución por parte de Paz Estenssoro. Ayala no convalidaría las cabriolas de sus colegas; en esos ocho años se había alejado de Lechín y acercado a los pazestenssoristas. Así que, bajo Barrientos, sufrió persecución y exilio. Luego se retiró de la vida pública.

La “Revolución Restauradora” cambió muchas cosas, pero no llegó a borrar la Revolución Nacional de la faz de la tierra, como hubieran querido sus ideólogos más derechistas. Doce años después de 1952, quien diera una mirada retrospectiva al proceso debía concluir que, le pesara a quien le pesara, y a trancas y barrancas, se había consumado una revolución burguesa en Bolivia. El hecho de que tal cosa ocurriera, y que el MNR fuera el partido que la realizara, el que satisficiera las demandas de tierra, voto y nacionalización, había cortado de tajo las posibilidades de éxito del trotskismo, impidiendo que ocupara la dirección del movimiento revolucionario aupándose en la incapacidad histórica de la clase media, como rezaba la teoría de la revolución permanente. En los hechos, la clase media había cumplido algunas tareas democráticas, aunque no perfectamente. Y esto le había dado a sus líderes una popularidad inusitada, que les duraría hasta mucho más tarde, cerrando el paso a cualquier reemplazo desde la izquierda.

Por otra parte, para evitar que el impulso de esta realización fuera más allá del límite que la propia clase media se había planteado (ser un “gobierno soportable”), esta se había visto obligada a hacer a un lado o a cooptar al proletariado, esto es, a la izquierda del MNR. Con ello, la posibilidad de continuación de la revolución había quedado coartada. Esta maniobra había dado una estabilidad conservadora al proceso, al mismo tiempo que lo había tornado vulnerable ante la reacción oligárquica.

Los trotskistas fallaron en sus pronósticos porque, contra ellos, la revolución burguesa no necesitó volverse socialista para ser y desplegarse. Pero también erraron los marxistas dentro del nacionalismo revolucionario, como Ayala –y en cierta medida Paz –, porque, contra sus previsiones, la restricción de la Revolución Nacional a su “etapa burguesa” no la preservó de una contraofensiva oligárquico-fascista.

En el argumento de Paz Estenssoro citado más arriba, la clave estaba en el “tremendo respaldo popular” del MNR, no en su condición de “gobierno soportable”. Cuando el MNR perdió este respaldo, en parte por las concesiones realizadas a la oligarquía y Estados Unidos, y en parte por los errores de tipo continuista de su líder, la Revolución agachó la cabeza y, entonces, sus enemigos la decapitaron. Acto seguido, como hemos dicho, trataron de eliminar la impregnación de su épica y su ideal sobre la sociedad boliviana, pero fracasaron en el intento.

La resiliencia de la Revolución Nacional se debió –y se debe– a que le debemos logros históricos como la unidad nacional, la reforma agraria, la expansión de la propiedad privada, la necesidad de democracia electoral, el crecimiento del “demos” para que incluya a toda la población, la igualdad de los ciudadanos ante la ley, etc. Tal cosa no impide que otros grandes requerimientos de una sociedad democrática, como la superación de los “estamentos” racializados o la construcción de un Estado racional, continúen pendientes hasta hoy.

Fuera como fuera, lo cierto es que el paradigma y el mito de la Revolución Nacional sobrevivieron, diluidos, en la ideología nacional-popular. Los movimientos de izquierda posteriores a 1952 no encontrarían en la memoria de este proceso una decepción completa y un gran “fraude”, como quería Guillermo Lora, sino una referencia ambigua, pero a la vez real, para el progresismo boliviano y, por tanto la considerarían, aunque a regañadientes, un punto de partida de sus propios esfuerzos.

Fernando Molina es periodista y escritor.