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Cartuchos de Harina | 07/03/2026

Ese yungueño que hizo dormir a un Rockefeller

Gonzalo Mendieta Romero
Gonzalo Mendieta Romero
En septiembre de 1942 tuvo lugar una conferencia de seguridad social convocada por el gobierno de Chile en Santiago. Nuestro delegado era el gerente general de la Caja de Seguro y Ahorro Obrero. Nelson Rockefeller, del Departamento de Estado, había llegado también; quería persuadir a Santiago de sumarse a la causa aliada.

El boliviano fue presentado muy de paso a Rockefeller en una recepción. Los dos protagonistas de la historia se alojaban en el Hotel Carrera. La habitación del boliviano se hallaba en uno de los pisos altos. Rockefeller y su séquito ocupaban uno de los pisos medios.

Nuestro compatriota nació en Chulumani; era alto, de traza nativa y una seguridad de sí mismo bien asentada. En eso no se parecía a la mayoría de nosotros, sus connacionales, sin razón inseguros en el mundo. Una tarde, ese hijo de la hacienda Machacamarca esperaba el ascensor cuando apareció Rockefeller con su comparsa de asesores. El boli lo saludó con una venia, pero Nelson no tenía idea de quién era ese moreno de terno. En inglés, Rockefeller expresó que estaba muerto y deseaba reposar unas horas. Pedía a su comitiva ahorrarle llamadas telefónicas y visitas.

Exinterno del Amerinst de La Paz, también en perfecto inglés, el chulumaneño le dijo a Rockefeller que no iba a poder ni respirar en su habitación por la cantidad de gente que había en su piso. Le ofreció la suya: “…si lo desea puede usarla para descansar, pues yo he de volver a salir.” Al notar cierta vacilación, añadió: “probablemente no se acuerda, pero fuimos presentados. Yo soy el delegado de Bolivia a la conferencia de previsión social”.

Entre la insistencia del delegado y las educadas excusas de Rockefeller, venció la pertinacia del andino. Después de tres horas, nuestro representante volvió a su cuarto. Nelson dormía como un lirón: “cuando despertó, declaró que el descanso le había sentado bien. Allí comenzó nuestra amistad”.

Nelson lo invitó a desayunar, “y creo que más por cortesía que otra cosa, me preguntó por la situación en Bolivia”. El interlocutor se explayó en la crisis por el congelamiento de los precios de los minerales bolivianos, a raíz de la guerra en curso. Rockefeller lo escuchó y agregó que se ocuparía del tema. A los tres meses, una bomba política explotaba: la masacre de Catavi. El Ejército intervino y hubo 13 muertos y 39 heridos, según el historiador Roberto Querejazu. A las pocas horas, Rockefeller le escribía al boliviano recordando la charla en Santiago.

Posteriormente, el amigo de Nelson sería ministro de Trabajo, canciller y, finalmente, embajador en Estados Unidos, en tres misiones distintas. Dio clases en el New School for Social Research, en la Universidad de Columbia y trabajó en una de las organizaciones de los Rockefeller: la International Basic Economy Corporation. Ese alumno de los metodistas de La Paz permaneció cercano a Nelson Rockefeller.

Este singular hombre fue Víctor Andrade Usquiano. Como embajador, de puro sabido y pícaro, Andrade gastó unos pesos para hacerse socio del club Burning Tree de Washington DC. Allí jugaba golf el presidente Eisenhower en los años 50 para disipar sus ansiedades. Terminó departiendo con ese personaje de Sud Yungas.

Al batirse con los tiburones que negociaban por Estados Unidos los contratos de compra de estaño, Andrade no se apocaba ni se hacía el mártir. Por el contrario, para Víctor esos burócratas debían ser derrotados “enfrentando sus golpes sin herir la autoestima de la persona que estaba allí detrás. El contrataque debía ser silencioso, pero efectivo”.

Con mi amigote y coautor Rafael Archondo hemos conversado harto con Andrade. También con el primer diplomático gringo en Bolivia, John Appleton; los negociadores del tratado de extradición; Bautista Saavedra y los banqueros de Stifel-Nicolaus o Bob Gelbard bajándoles el pulgar a Rico Toro y Capobianco.

En pocos meses abriremos las puertas para que paseen esos corredores con nosotros. Impertinente, el ministro estadounidense Alexander McClung, bueno para las copas, nos espetará que en nuestras ciudades los habitantes “vivían como sus predecesores sin pensar en cambiar o mejorar su condición”.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado, prepara junto al periodista Rafael Archondo el lanzamiento de un libro sobre las relaciones entre EEUU y Bolivia.

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