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Quien calla, otorga | 07/03/2026

Delirio faraónico

Alfonso Gumucio Dagron
Alfonso Gumucio Dagron
Ahora que Evo Morales reapareció en Bolivia con un retoque negro alrededor de los ojos —al estilo del delineado coqueto de Cleopatra— vale la pena recordar su actitud faraónica, cuando tenía todo el dinero del país a su disposición, y lo usó en empresas destinadas a quebrar y en gastos superfluos cuyo costo económico y social pagaremos durante muchos años.                                     


A los faraones los enterraban con sus joyas, sus sirvientes y sus gatos, pero nuestro faraón local, mezcla de señor feudal y neodictador, se resiste a ingresar a los pasillos oscuros de la pirámide del olvido. Y no conviene tampoco olvidar las consecuencias de sus actos.

Salimos de 20 años de delirios faraónicos y todavía hay quienes creen que fue un periodo de bonanza. Lo fue en términos de que Bolivia tuvo diez años de boyantes de ingresos como nunca había tenido a lo largo de su historia. La subida de precios internacionales de las materias primas entre 2005 y 2015 hizo que el país recibiera, cinco veces más dinero que a lo largo de los 100 años anteriores.

Un economista podrá hacer el cálculo exacto, pero esa es una proporción aproximada que no podrá desmentir ni siquiera el funcionario del MAS, antiguo títere de Evo Morales, ahora sumido en el olvido de la prisión preventiva por juicios de paternidad y corrupción familiar.

El problema es que esa enorme suma de dinero se dilapidó y no benefició a la población. Podría titular este artículo “obras son horrores”, porque de todo el gasto público que se hizo durante los catorce años de gobierno autoritarios, menos de un 10 % sirve para algo, y el resto son recursos gastados irresponsablemente.

Los emblemas mayores de esos recursos malgastados ya los conocemos y han sido oficialmente expuestos por el nuevo gobierno: la planta de urea de Bulo Bulo, el ingenio azucarero de San Buenaventura, la sede mastodóntica para Unasur, el hierro del Mutún, la terminal aérea presidencial en El Alto, el nuevo palacio de gobierno, el fastuoso museo en Orinoca construido en un pueblo que no tiene ni alcantarillado (pero es donde nació el faraón), las empresas que se crearon ya quebradas como nichos de corrupción: Papelbol, Cartonbol, Enatex, Quipus, etcétera.

Todas obras faraónicas salidas de la cabeza de un hombre acomplejado, enfermo de poder, y de mansos seguidores que obedecían ciegamente sus órdenes porque se beneficiaban de la cascada piramidal de corrupción. 

Podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que absolutamente todos los proyectos del Programa Bolivia Cambia, Evo Cumple, ejecutados a través de la Unidad de Proyectos Especiales (UPRE) que se manejaba de acuerdo a los caprichos demagógicos del cacique, no sirven para nada o tienen serios problemas de factibilidad, diseño y construcción (cuando existen, porque algunos desembolsos se esfumaron y las obras sólo figuran en el papel). 

Si bien Orinoca, Bulo Bulo o San Buenaventura son casos emblemáticos por la cantidad de recursos invertidos, hubo miles de proyectos medianos y pequeños que se ejecutaron según el mismo patrón: obras contratadas sin estudios de prefactibilidad y factibilidad, sin licitaciones públicas, contratadas arbitrariamente de manera directa con empresas no calificadas para realizar las obras, a veces creadas instantáneamente solo para recibir una tajada del presupuesto. Eso, en palabras llanas significa una sola cosa: corrupción. 

En febrero de 2026, la Oficina Técnica para el Fortalecimiento de Empresas Estatales informó que 64 de las 67 empresas públicas creadas por los gobiernos masistas registran pérdidas económicas y que el déficit acumulado supera los Bs 8.000 millones. 

El director ejecutivo de esa oficina estatal confirmó que “14 empresas se encuentran en quiebra técnica, por lo que las pérdidas superan el valor de la inversión inicial”. Entre las compañías en estado crítico está el ingenio azucarero de San Buenaventura, Quipus, Papelbol y la Empresa de Servicios Aéreos. Las únicas tres empresas públicas que generan utilidades son son Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), la Empresa Nacional de Electricidad (ENDE) y la Corporación Minera de Bolivia (Comibol). 

Incluso esas empresas supuestamente rentables, le deben al Banco Central de Bolivia desde que el año 2009 se autorizó al BCB la otorgación de créditos extraordinarios concesionales “para coadyuvar en la diversificación de la matriz productiva, seguridad energética y soberanía alimentaria”. Pura paja para cubrir los agujeros. De octubre de 2010 a mayo de 2019 se desembolsaron Bs 37.863 millones para YPFB (Bs 13.434 millones), ENDE (Bs 18.405 millones) y la Empresa Boliviana de Industrialización de Hidrocarburos (Bs 91 millones).

Todas las demás (EASBA, Ecebol, EnviBol, Huanuni, Yacana, Promiel, Quipus, Enatex y un largo etcétera) eran un barril sin fondo donde, después de la inversión inicial, se ha seguido gastando para mantener a miles de empleados que no hacían absolutamente nada, pero era obsecuentes militantes del MAS. 

Veamos el ejemplo de Quipus, que pretendía posicionarse como ensambladora de computadoras y teléfonos celulares, pero ni las propias instituciones de gobierno usaban esos equipos porque sencillamente son de baja calidad y no pueden competir con los importados. 

Se mantuvo Quipus inyectando dinero, de manera que el costo real de cada aparato fabricado, era astronómico. Se repartieron a los colegios miles de computadoras gratuitas, con la cara de Evo Morales en el empaque, como si el autócrata hubiera pagado de su bolsillo esos “regalos” que en poco tiempo terminaban en la basura. 

La Empresa Pública Productiva de Cementos de Bolivia (Ecebol), en Oruro, es otro caso de los muchos. En enero de 2025, una delegación de legisladores de Comunidad Ciudadana (CC) y pobladores de la comunidad de Jeruyo, en Oruro, verificó que la planta no operaba supuestamente por la falta de bolsas para envasar el producto. 

 “Hemos corroborado que es un elefante blanco y no está generando ingresos”, explicó el legislador Enrique Urquidi. La planta fue inaugurada en 2019 por Evo Morales, con una inversión de $us 306,8 millones en la construcción y puesta en marcha. Arriba en el espacio está (supuestamente) el satélite Túpac Katari fue lanzado en 2013 con abundancia de lágrimas de emoción gubernamental, y presentado como la solución para cerrar la brecha digital entre el campo y la ciudad. 

Se prometió televisión, telefonía e internet a precios bajos en las comunidades más alejadas, y se gastó $us 360 millones (un crédito chono), además de $us 6 millones anuales por el servicio de la deuda. Sin embargo, los indicadores censales confirman que no se produjo el cambio prometido y la transmisión digital no llega a los hogares campesinos. Cuando en 2030 el satélite cumpla su vida útil seguiremos pagando la deuda (esta vez con lágrimas de verdad. 

Otro caso patético es el de la Empresa de Servicios Aéreos, que nació con un patrimonio de Bs 52 millones y acumuló pérdidas por Bs 47 millones hasta 2024. Dos helicópteros destinados a prestar servicios al sector público y privado, por ejemplo, el control de incendios forestales y los rescates humanitarios, no despegan porque están dañados.

Como nadie en Bolivia quería hacer películas de propaganda política para el MAS, y menos aún filmes llenos de mentiras, contrató a través de sus testaferros del ministerio (y luego viceministerio) de Comunicación, a una empresa fantasma de México, Neurona Consulting, que tenía en Coyoacán una minúscula oficina junto a un garaje, y ningún capital de empresa.

Fui el primero en denunciar ese caso de uso y abuso escandaloso de recursos del Estado. Los responsables siguen sueltos, ni uno está preso y lo peor es que algunos cómplices que trabajaban en medios de información del MAS se están reciclando en el gobierno de Rodrigo Paz. 

El Aeropuerto Internacional de Chimoré, inaugurado en 2015 con una inversión de $us 34,5  millones, es otro caso muy claro de las decisiones faraónicas del jefe cocalero para crear en su región una suerte de imperio intocable. El aeropuerto no tiene de “internacional” más que los vuelos de avionetas cargadas de cocaína que parten a Brasil (principal consumidor) o Paraguay. No recibe vuelos comerciales de ninguna naturaleza y con frecuencia es tomado por las huestes de cocaleros para impedir que aterricen aviones militares para el control del narcotráfico. 

En ese afán de crear un área del país con una dinámica económica propia y al mismo tiempo un refugio, el faraón de la coca creó otra empresa que nunca funcionó: Ebococa (Empresa Boliviana Comunitaria de la Coca), una planta supuestamente construida para transformar la coca en productos legales: jarabes medicinales, cremas, mate, dentífricos, panetones, “chizitos” y otros productos que mucho antes se habían fabricado artesanalmente por iniciativas privadas (mi primo Jorge Hurtado Gumucio fue un pionero en ese rubro). 

En 2021, durante una visita de María Mena, corresponsal en Cochabamba del diario Página Siete, se constató que “la estructura parece abandonada debido a la pintura desgastada y el moho que se apodera de sus muros. Todas sus puertas están cerradas y la maleza crece por la humedad. En el interior, las máquinas están paralizadas y no producen nada desde hace siete años”. Sólo funcionó durante los tres primeros años al 20 % de su capacidad. 

Indiferente e ignorante sobre las advertencias de que hay ciertas industrias que no pueden funcionar bien en un ambiente tropical húmedo, el faraón se encaprichó para instalar también en su reducto del Chapare, la Planta Industrializadora de Urea y Amoniaco y la Empresa de Papeles de Bolivia (Papelbol), otros dos rotundos fracasos de una gestión disparatada y corrupta. 

La Planta Industrializadora de Urea y Amoniaco en Bulo Bulo tiene un historial lamentable, ya que nunca funcionó al tope de su capacidad y en cambio estuvo “en mantenimiento” con frecuencia. Las bolsas de urea eran inservibles, ya que debido a la humedad el producto se compactaba y era inutilizable. 

La inversión fue de  $us 953 millones y suspendió definitivamente sus operaciones en noviembre de 2019, aunque durante años todos sus empleados recibían un salario, por no hacer nada. La Empresa de Papeles de Bolivia (Papelbol) costó $us 162,4 millones y no funciona desde 2020. 

El universo de las empresas públicas ha sido la estrategia de los gobiernos masistas para dar trabajo a militantes tan incondicionales como sin preparación técnica. Las dimensiones del malgasto no tienen precedentes. 

Los ministerios han triplicado su personal a través de esas empresas públicas destinadas a la quiebra: ministerio de Defensa: cinco empresas públicas; ministerio de Desarrollo Productivo: 12 empresas; ministerio de Economía: tres empresas; ministerio de Hidrocarburos y Energías: 27 empresas; ministerio de la Presidencia: dos empresas; ministerio de Minería: ocho empresas; ministerio de Obras Públicas: 10 empresas. ¿Para cuándo las auditorías y los juicios de responsabilidades?

Otras dos “megaobras” del faraón en el territorio “libre” del trópico de Cochabamba son la sede de Unasur, que nunca llegó a funcionar como no sea para fiestas de cumpleaños o matrimonios, y el conjunto de edificios del Centro de Alto Rendimiento (CAR) una villa deportiva en Villa Tunari que cuenta con un lujoso estadio para 25.000 personas (jamás ha llenado su capacidad), más usado para eventos políticos que deportivos, dos coliseos techados, un polideportivo, numerosas canchas de tenis, un hotel, y numerosas edificaciones con habitaciones para varios miles de deportistas que nunca llegaron ni llegarán a la obra faraónica, que ahora también es propiedad de la maleza que crece a su alrededor y de la humedad que terminará ahogando el conjunto de construcciones. 

Hasta 2017, la UPRE de Evo Morales había entregado 17.000 viviendas en un plan que teóricamente iba a proporcionar viviendas a los que las necesitaban. Sin embargo, sólo 40 % de esas viviendas estaban ocupadas, porque carecían de los servicios elementales para ser habitables. 

Evo Morales creyó que bastaba elevar los edificios y enriquecer a unos cuantos constructores de su predilección. Mi tocó ver uno de esos barrios en las afueras de Cochabamba. Se habían entregado 200 casas a campesinos de Potosí…pero al poco tiempo quedaron deshabitadas, porque no tenían siquiera unos metros de jardín para cultivar legumbres. Los vecinos de ese barrio se quejaban de un incremento en los robos. Todo el proyecto carecía de sentido. Algo similar sucedió con esas torres en El Alto, decoradas por uno de los pintores mimados del régimen masista. 

El MAS se vanagloria de los miles de kilómetros de carreteras asfaltadas que dejaron sus gestiones. Es cierto en alguna medida, pero con dos notas al pie de página. Por una parte, los contratos por asignación directa a empresas que no eran idóneas y que hicieron un mal trabajo por falta de supervisión, y por otra parte las enormes “tajadas” de corrupción que hacían que cada kilómetro construido tuviera un costo exorbitante comparado con los costos internacionales. 

Varios organismos crediticios internacionales, como la CAF, fueron cómplices en esos negociados.  A los pocos días de inaugurada la “doble carretera” a Oruro ya aparecieron los primeros agujeros y parches, y la falta de señalización produjo horribles accidentes.

En uno de ellos murió una familia entera, que no solo no fue socorrida, sino que habitantes de la zona robaron sus pertenencias mientras todavía estaban vivos. En 2019, una semana después de inaugurada por Evo Morales la carretera de Trinidad a San Ignacio de Moxos (una inversión de $us 618,4 millones), ya había fisuras en la capa asfáltica. 

A fines de junio de 2019, antes de la pandemia de coronavirus, el diario Página Siete hizo un reportaje sobre 33 unidades educativas en malas condiciones recién construidas por la UPRE (contratos de muchos millones otorgados “a dedo” por el Ppresidente) en el municipio de La Paz, sin ninguna consulta con instancias locales y sin la transferencia de las instalaciones, de manera que las autoridades municipales no podían intervenir. 

Los reporteros encontraron resquebrajaduras, mal sistema de alcantarillado, baños dañados y sin agua, techos colapsados en las aulas, pizarras caídas, chapas destrozadas y en general, falta de mantenimiento a apenas un año de su entrega. Costo, según el reportaje: Bs 6.395.163,44 bolivianos. 

Sobre el faraón que tanto daño hizo a Bolivia, vale la pena releer el artículo de Carlos Toranzo Roca: “Era mentira”, donde expone cómo el autoritarismo populista de Evo Morales quedó al descubierto a pesar de la masiva propaganda que hacían los esbirros de su gobierno para ensalzar su imagen. 

Amalia Pando contribuyó varias veces a denunciar los hechos de corrupción del reyezuelo del Chapare y de su sucesor. Hay un artículo cuyo título es muy claro, así como todo su contenido: ¡Roban que da calambre!. Yo mismo tengo un archivo con 84 piezas documentales sobre los malos manejos del faraón del Chapare y de su red de apoyo. 

Se han publicado libros de investigación sobre la corrupción del Fondo Indígena, el deplorable caso de la “cara conocida” Gabriela Zapata y la empresa china CAMC, la corrupción de YPFB, el asesinato del ambicioso empresario coimeador de Catler, y un largo etcétera.

Toda la información existe, pero los corruptos vasallos del faraón que dilapidó nuestro dinero a manos llenas, están libres o se han fugado. De ese periodo tan oscuro de nuestra historia quedarán solamente unas cuantas pirámides de la corrupción a la vista de todos. Sin embargo, todo lo demás permanece invisible, miles de “obras” regadas a lo largo y ancho del país, que enriquecieron a empresas “accidentales” formadas de la noche a la mañana para beneficiarse de contratos directos dispuestos desde la presidencia, proyectos mal ejecutados que suman varios miles de millones de dólares que nunca podrán recuperarse. 

No recuperaremos el dinero, ni la dignidad perdida por 20 años de gobiernos corruptos del MAS, pero al menos recuperemos la memoria, no nos dejemos doblegar por la desmemoria. 

@AlfonsoGumucio es escritor y cineasta 

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