Aunque todavía hay margen legal para algunos reacomodos, las listas de candidatos a gobernadores, asambleístas, alcaldes y concejales municipales ya se conocen y arrancó esta campaña corta que se avizora como un concurso televisivo de talentos o una telenovela mal producida: intensa, divertida y plagada de anécdotas jocosas y frivolidades, más espectáculo de feria que exposición seria de planes de gobierno y programas. Promete entretenimiento abundante, y si sos de los que disfrutan ver cómo cada día surge un nuevo personaje, más pintoresco que el anterior, esta temporada va a ser imperdible.
Para ocupar las casi 5.000 vacancias (incluidas las suplencias) de las administraciones autonómicas –departamentales y municipales– se han presentado más de 34.000 postulantes que pretenden administrar los nueve departamentos y los 343 municipios de este sufrido país.
Es muy llamativo ese extraordinario número de candidatos: casi siete postulantes por cada puesto a nivel nacional. Todos se presentan con la seguridad de quien cree que conducir un departamento o una ciudad es ganar un concurso de popularidad. Es como si en cada rincón del país se hubiera montado un reality show de entretenimiento –de esos que pueblan la TV basura–, donde un panel de “expertos” no elige al más capaz, sino a quien despierta más simpatía en la audiencia, y no necesariamente al que demuestra competencias para enfrentar los desafíos de la gestión pública.
Si somos serios y no nos autoengañamos, queda claro que esa abundancia de aspirantes no equivale a capacidad ni a preparación, y mucho menos a talento para administrar o gobernar. Lo más sugestivo –y hasta un poco tragicómico– es que muchos vienen avalados por followers y fama efímera en redes, al punto de que saber posar para una selfie, con filtro de perrito, o acumular millones de “me gusta”, pareciera garantía para arreglar el tráfico vehicular, reciclar la basura o equilibrar un presupuesto. Al final, da la impresión de que no elegimos a quien sabe gobernar, sino a quien mejor convierte nuestro desorden en un espectáculo viral.
Lo curioso –y preocupante– es que el título de “influencer” se ha convertido casi en un boleto dorado para presentarse como gestor público, como si saber viralizar un video fuera equivalente a tener propuestas sólidas para resolver problemas reales: desde el sistema de transporte público y la planificación urbana, hasta el manejo de la basura, la contaminación ambiental, la infraestructura de drenaje, la seguridad ciudadana, la atención en salud o la mejora en la educación.
Digo Santa Cruz, pero esto vale para cualquier rincón de esta patria nuestra: Sucupira —con sus calles atascadas, sus basurales que hacen parte de un decorado post-apocalíptico y una “planificación urbana” que a veces parece mapa de juego de azar– no es precisamente el lugar donde uno querría que alguien empezara a practicar gobierno por ensayo y error.
Elegir cuidadores de ciudad por fama en redes es como poner a un DJ a pilotear un avión: puede que la música sea buena, pero lo que necesitamos es aterrizar sin estrellarnos.
No digo que alguien que tenga presencia en redes no pueda tener buenas ideas. De hecho, algunos de esos candidatos podrían aportar innovación comunicacional y conectar con la juventud que se desentiende de la política tradicional. Sin embargo, no podemos correr el peligro de confundir fama digital con liderazgo real. Gobernar una ciudad no es hacer un reel bonito, conseguir likes o sumar seguidores. La política no puede convertirse en una competencia de hearts y shares.
Como señalaba Mario Vargas Llosa en La civilización del espectáculo, uno de los síntomas que aquejan a la sociedad contemporánea es la creciente frivolidad de la política, la idea de que “el único fin de la vida es el disfrute” y la inversión de la escala de valores en la que la forma importa más que el contenido, la apariencia más que la esencia, y el gesto hace las veces de idea. Si esta campaña sigue pareciendo más un espectáculo que política seria, más nos valdría tener pipocas a mano y sentarnos a ver el show.
Los influencers pueden tener millones de seguidores, pero lo que necesitamos son personas con cabeza –y corazón– para lidiar con desafíos concretos. Y si ese alguien resulta ser un influencer con ideas claras y un plan serio, ¡bienvenido sea! Pero no por los likes que consiga, sino por los resultados que entregue.
Alfonso Cortez es comunicador social.