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Desde mi barbecho | 06/02/2026

Pasajeros anónimos de un no-lugar

Alfonso Cortez
Alfonso Cortez
Mi hijo –que nos llevó al aeropuerto– me sugirió que escriba una segunda parte de Habitando no-lugares, aquel artículo de septiembre de 2024. Esta vez, el desafío no era el espacio, sino sus ocupantes. “Mirá alrededor”, me dijo, como quien invita a levantar la vista del libro, del celular y a recuperar el viejo oficio de observar.

Un no-lugar es un espacio intercambiable donde el ser humano permanece anónimo: aeropuertos, clínicas, hospitales, autopistas, hoteles, supermercados, salas de espera. Sitios donde estamos, pero no somos; donde pasamos sin dejar huella y la historia personal queda en modo avión.

Siempre que viajo –por tierra, mar o aire– llevo un libro conmigo. Por dos razones: para que, mientras el cuerpo se traslada, la mente haga su propio recorrido; y para levantar una muralla educada contra los conversadores seriales, esos que confiesan su vida a desconocidos y luego piden devolución. Un libro es transporte mental y biombo social.

Esta vez no leí. Le hice caso a mi hijo y me dediqué a tomar apuntes mentales de quienes habitaban ese no-lugar.

Estaban los adultos mayores que viajaban por primera vez. Caminaban despacio, con una mezcla de emoción y pudor, preguntando en voz baja, como si el aeropuerto fuera una iglesia moderna y temieran cometer un sacrilegio con el boarding pass.

Los niños, en cambio, iban desbordados de alegría. La terminal aérea era para ellos un tablero de juego. Hasta la demora les parecía parte de la aventura. Sus padres los miraban con esa sonrisa cansada que mezcla orgullo y ternura, y la certeza de que el regreso sería más ruidoso.

Había personas que viajaban por razones médicas. Rostros serios, carpetas bajo el brazo, silencios densos. Ahí estaba yo también, integrado a esa cofradía discreta que aprendió a leer exámenes como otros leen horóscopos, esperando que el destino esta vez fuera benigno.

Otros iban a enterrar a alguien. No necesitaban decirlo: el cuerpo los delataba. Bolsos pequeños, ropa oscura, miradas ausentes. Viajes que nadie quiere hacer, pero que igual hay que abordar.

Estaban los estudiantes que regresaban a sus centros de estudio, cargando mochilas infladas de ropa, libros y expectativas. Y los migrantes, esos para quienes un avión no era un traslado sino una tabla de salvación, la única salida visible.

También estaban los que volvían después de muchos años. Se les notaba en el acento híbrido, en la ropa que no combinaba con el clima local, en esa forma de mirar el país como quien revisita una casa que ya no es del todo suya.

Los mochileros merecieron un párrafo aparte. Avanzaban ladeados por el peso de una vida comprimida en veinte kilos de tela, parches y sogas. Sus mochilas entraban primero a los espacios y ellos pedían disculpas después. 

Cultivaban una mística de libertad que solía venir acompañada de una higiene intermitente. Convenía mantener distancia: no por desprecio, sino por supervivencia olfativa. Eran, en el no-lugar, una especie reconocible a varios metros, incluso con los ojos cerrados.

Los viajeros frecuentes –ejecutivos del aire– convertían el aeropuerto en oficina. Portátiles abiertos, llamadas en altavoz, audífonos que no aislaban nada. Trabajaban como si el mundo fuera un coworking y los demás, figurantes mudos.

Pasaron delegaciones deportivas, uniformadas e ilusionadas, con ese brillo de quien compite más por dignidad que por premios. Familias enteras, vestidas a juego, rumbo a parques temáticos o resorts con pulsera incluida. Novios en luna de miel, todavía intactos, convencidos de que el amor siempre tendría asientos juntos.

Había bailarines de carnaval, rumbo a Buenos Aires o San Pablo, con trajes imposibles y cajas gigantes donde viajaban sombreros, máscaras y plumas. El rey momo también iba ahí dentro: despachado como equipaje y marcado con una advertencia que parecía escrita para todos nosotros: FRÁGIL.

Y entonces… al salir del baño, apareció primero el hocico, luego el perro entero. Detrás, el policía del chaleco verde. Un detector de verdades químicas, husmeando mochilas, conciencias y nervios. 

Pensé en lo mucho que el Estado confía en un olfato entrenado y lo poco que confía en sus propios controles, sobre todo después del ya célebre episodio de las 32 maletas que entraron a Viru Viru con pasmosa naturalidad.

El perro siguió su camino, indiferente a las tendencias de redes y a los escándalos humanos. Nosotros volvimos a ser pasajeros anónimos de un no-lugar. Confirmé, una vez más, que incluso en los espacios sin alma siempre hay historias olfateando alrededor.

Alfonso Cortez es comunicador social.


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