Un meme es una idea, una imagen, una frase o un video breve y contagioso que circula por internet como chisme en barrio chico: vuela rápido y cambia mientras avanza. Suele ser humorístico, sarcástico o directamente cruel –a veces todo junto–. Se repite con pequeñas variaciones y funciona porque interpela: “sí, soy yo”, “es mi jefe”, “es el país”, “son nuestros políticos”, “así me siento”.
Puede ser una foto con cara elocuente y texto ingenioso arriba y abajo. Un video corto reciclado para mil situaciones distintas. O una frase que se vuelve muletilla colectiva y se nos pega como chicle: “puedeshershi”, “carajo, no me puedo morir”, “¡Bastaaaaaaa!”, “Na que weaaaar”, “Por qué cuerrrrreeeen”.
En el fondo, el meme es el chiste popular del siglo XXI: anónimo, colectivo, oportuno, intuitivo e inmediato, con malicia creativa y vocación de eternidad… hasta que llega el próximo y lo jubila.
Un meme dura cuando cumple al menos una de estas condiciones (si cumple varias, es inmortal). Es flexible y sirve para todo: política, pareja, trabajo, inflación o resaca. Resume algo que ya pensamos: no inventa nada, no necesita explicar, apenas guiña y traduce lo que está flotando en el aire. Tiene economía brutal: en una imagen dice lo que un editorial diría en 800 palabras. Y llega en el momento justo, porque un meme fuera de timing es como un chiste mal contado: nadie sabe cuándo reírse.
Los memes que mueren rápido suelen ser demasiado explicados, forzados o excesivamente locales. Hay excepciones: el “cara e´dengue, dengue, dengue” cruzó fronteras regionales gracias a un personaje irrepetible.
Los memes se han convertido en el lenguaje más nítido y directo de la cultura digital: fragmentos condensados de realidad que sintetizan la complejidad del presente y circulan a la misma velocidad de una sociedad rendida a la hiperestimulación. Aunque algunos los consideren una excrecencia de las redes sociales –basura digital para consumo rápido–, funcionan como una herramienta para procesar la incertidumbre y el humor nacional. Simplifican lo complejo. Son el estado de ánimo colectivo en formato comprimido.
Esta curiosidad y seguimiento de los memes no es nueva para mí. Una de las fuentes de las entradas de Diario de pandemia (2022) fue la recopilación de frases, memes y textos avispados que se hicieron virales durante el confinamiento. En ese libro reuní casi un centenar de descripciones de memes en los que el miedo, disfrazado de jocosidad o chiste, viajaba con la misma velocidad del patógeno. Detrás de ese humor que circulaba por las autopistas virtuales –aparentemente indiferente frente a las tragedias familiares que se vivían– había muchísimo miedo.
Antes, en la contienda política, circulaban panfletos o volantes para persuadir a los electores y conquistar votos. Hoy, las campañas se pelean con JPGs. Las redes sociales –sobre todo TikTok y Facebook– se han convertido en los principales canales de difusión de la propaganda electoral, donde la ironía y la sátira política hacen carrera.
El debate de ideas ha sido desplazado por la parodia de figuras públicas y la burla del adversario de turno. Algunos incluso han hecho de sí mismos un meme y han convertido la viralidad en capital político.
El Poder –así, con mayúscula– teme la ridiculización que puede contener un meme: no controla al autor, no hay firma, no hay vocero, no hay a quién llamar para “coordinar”. Nada asusta más al Poder que convertirse en un chiste recurrente. El humor siempre le provoca urticaria.
Un ministro o un vicepresidente satirizado pierde solemnidad y autoridad simbólica. Un meme lo desinfla. La gente no se ríe con el poder: se ríe del poder. Y, convengamos, hay poderosos que ya vienen caricaturizados de fábrica.
El meme es como una columna de opinión con esteroides y sin culpa. Mientras la columna argumenta y desarrolla, el meme sugiere y golpea. Frente al anonimato del meme, la columna se firma. Un meme bien hecho puede tener más impacto que una columna periodística sesuda, porque no se debate: se comparte.
A muchos lectores les da flojera leer la nota; prefieren “leer” el meme sobre la nota y ya tienen su opinión formada. La imagen o el breve texto del meme no busca convencer: consigue complicidad. Y, muchas veces, dice verdades que nadie se anima a escribir en serio.Algún día cuando sea grande– intentaré escribir un artículo “memetizable”.
Alfonso Cortez es comunicador social.