A raíz de mi artículo del pasado viernes, Urnas y pipocas, un lector –de esos que me gustan–, me interpeló señalando que “sería más interesante preguntarnos por qué nuestra sociedad da lugar a que los candidatos sean así”, como los describo en ese texto.
A este lector, además de elector, le gana el cinismo y mira todo de palco, sin involucrarse. Dice que “hay falta de cultura política, que la política se percibe como cosa de viejos, de ricos, de empresarios o de políticos profesionales, no de la gente común, de los yescas, de los que viven del día a día. No ve ideología, solo oportunismo”. Y del oportunismo –bien lo señala– no se beneficia todo el mundo, sino los que ya están bien posicionados.
El planteamiento no es menor y merece una respuesta que vaya más allá del berrinche coyuntural. Porque es cierto: los candidatos no caen del cielo ni llegan en cápsulas espaciales. Pero tampoco lo hacen los votantes. Y ahí empieza el verdadero problema.
Hace algunos años, en el artículo, Que la historia no se repita (5/3/2021), escribí que los actores políticos no son marcianos. No vienen de Marte ni de una dimensión paralela. Son nuestros vecinos, compañeros de colegio, primos lejanos, amigos de barrio. Gente que se parece demasiado a nosotros. Y esa semejanza –incómoda, a veces obscena– es la que solemos esquivar mirando para otro lado. Preferimos creer que “ellos” son el problema, como si existiera una frontera moral nítida entre los que gobiernan y los que votan.
La democracia, nos guste o no, funciona como un espejo. Un espejo deformante, sí, pero espejo al fin. Elegimos –por acción u omisión– a quienes nos representan, y luego nos escandalizamos de vernos reflejados en sus torpezas, sus trampas y sus atajos éticos.
Nos molesta reconocer que esa viveza criolla que criticamos en el político es la misma que practicamos cuando estacionamos en doble fila, nos colamos en una fila “porque estamos apurados”, evadimos impuestos si se puede, o exigimos servicios públicos de primer mundo pagando como de tercer subsuelo.
¿De dónde esperamos que salgan candidatos distintos, si la materia prima es la misma? ¿Podemos importar dirigentes, como quien trae un goleador extranjero para salvar la temporada? ¿O pretendemos que, por algún acto de magia cívica, aparezcan líderes impolutos, en una sociedad que ha normalizado pequeñas transgresiones cotidianas como forma de supervivencia?
El votante promedio –ese que se queja en redes, pero no participa; que descree de todos, pero vota igual o no vota; que se burla del circo, pero compra pipocas– se parece mucho más a los candidatos de lo que está dispuesto a admitir. Comparte el mismo clima cultural, la misma relativización de principios, la misma tolerancia al “le meto nomás, después los abogados arreglan”. Todos jugamos en la misma cancha, con reglas flexibles y árbitros cansados.
Eso no significa resignarse. Aceptar que tenemos los gobernantes que se nos parecen no es una condena eterna, sino un punto de partida. El problema no se resuelve cambiando figuritas, sino cambiando hábitos. Involucrarse, informarse, exigir, participar, educar. No desde una moralina enciclopédica, sino desde una educación en valores, en responsabilidad cívica, en conciencia de que el voto no es un casting ni un meme compartido.
Reírnos del espectáculo puede ser terapéutico, pero mirar todo desde la tribuna también es una forma cómoda de lavarse las manos. La democracia no solo nos da derecho a elegir; nos obliga a hacernos cargo de lo que elegimos.
Si no nos gusta lo que vemos en escena, tal vez haya que apagar la tele y el celular, dejar las pipocas y preguntarnos –con un poco menos de cinismo y un poco más de honestidad– qué papel estamos jugando nosotros en esta historia que, si no aprendemos, corre serio riesgo de repetirse.
Alfonso Cortez es comunicador social.