El tema de los therians se ha convertido en una especie de “placer culpable” en esta época de saturación de contenidos. Gruesos segmentos de usuarios se desgañitan argumentando sobre la gravedad del fenómeno. Expertos lanzan sesudas explicaciones acerca de sus connotaciones clínicas, y los chicos se divierten encontrando un motivo para reunirse y llamar la atención.
La reseña de las múltiples identidades, también denominas “tribus”, que han surgido en la sociedad contemporánea, daría para llenar gran parte de los estantes de cualquier biblioteca pública.
En este caso hay ingredientes de mayor espectacularidad que, en varios de los otros, pero esencialmente responde a la misma necesidad que mueve a los “skaters”, los diversos grupos de “gamers” y otros.
Una mayor importancia global parece tener la incorporación de las mascotas, perros y gatos, a la estructura familiar y, en general, a la estructura social contemporánea. De ser animales funcionales y de servicio (cazar ratones, cuidar la casa) han pasado no solo a ser integrantes (en algún caso privilegiados) de la familia, en general objeto de enorme apropiación social.
En las calles de los barrios más alejados de Tarija (situación extrapolable a cualquier centro urbano del planeta), grupos de voluntarios recorren las calles buscando animalitos heridos y maltratados. En invierno construyen casetas en las calles para cobijarlos del frio y, de manera global, han estructurado un sólido movimiento que les busca hogar, impulsa legislación favorable para su subsistencia, hace campañas de sanidad, etcétera.
Quien suscribe estás líneas es parte del fenómeno y los cuatro “hijos–nietos” (tres caninos y un felino), que lo rodean mientras escribe estás páginas, son testigos de ello. Sin embargo, eso no impide que aprecie la pertinencia de esa famosa caricatura en la que una mujer pobre está pidiendo limosna junto a dos hijos desnutridos y una perrita, y se acerca una señora de clase alta para increparla, diciéndole: “Irresponsable, cómo tiene esa perrita en esas condiciones”.
Alguien podría decir que el aprecio por los animales (silvestres de lejos, domésticos de cerca) es parte de la evolución de la conciencia de la humanidad, al entender que cualquier tipo de vida merece respeto. Sin embargo, lo que llama la atención es el contraste entre el aprecio de la vida animal y el sistemático desprecio a la existencia de los seres humanos.
La explosión de “tribus” y la emergencia del “animalismo”, como una causa dominante en nuestra época, desmienten la afirmación repetida hasta el cansancio por libertarios y “ultra capitalistas” en sentido de que el ser humano es “codicioso por naturaleza”; es decir, un ser egoísta al que no le importan los demás.
Es más, demuestra que no solo somos solidarios, sino que tenemos necesidad de serlo. Y los estudios más recientes demuestran que el surgimiento de la sociedad no fue motorizado por la “ambición”, como ciertas tendencias “culturales” quieren hacernos creer, sino, más bien, por el sentido de comunidad y la empatía hacia los otros; es decir, por las mejores cualidades de un ser inteligente.
Lo que si realmente tendría que llamar la atención en esta época, no es por qué, repentinamente, se discute tanto el fenómeno “therian”, sino porque no se discute “nada”, o por lo menos “casi nada” en forma significativa, sobre temas que literalmente tienen que ver con la supervivencia de la humanidad tal como la conocemos, el calentamiento global o la disparidad en la acumulación de riqueza sobre la tierra, por dar dos ejemplos muy concretos.
Podemos imaginarnos el guion caricaturesco de dos extraterrestres que observan la tierra de lejos. Uno de ellos comenta: “El calentamiento de ese planeta en unos 50 años ya no permitirá vivir a su especie dominante, los humanos, ¿crees que estén discutiendo soluciones?, y el segundo responde: “No, parece que están ocupados discutiendo sobre unos chicos que se ponen máscaras de animales”.
Seguramente, cuando en 1989, Francis Fukuyama lanzaba su famosa tesis sobre El fin de la historia no se imaginaba que a lo que realmente se estaba dando paso era al muy posible fin de los seres humanos como especie.
El problema del cambio “ideológico–cultural” operado en ese momento no se está en que hubiera triunfado la democracia liberal como tendencia dominante, sino en que, en general, la “ideología”; es decir, la discusión sobre cómo debemos organizarnos como sociedad se devaluó, se “abarató” completamente.
A partir de los 90, la discusión sobre las ideas políticas se vuelve retrograda y la única discusión que da lustre es la que versa sobre “cómo hacer dinero”. Las escuelas ideológicas y de pensamiento se cierran en las universidades y las escuelas sobre negocios proliferan. La política deja de ser un asunto reflexión sobre el pasado y el futuro de la sociedad, y se convierte en un conglomerado de técnicas de marketing sobre cómo ganar elecciones.
Y si la sociedad ha llegado al consenso de que “el hombre por naturaleza es egoísta”, y sabemos que por ese egoísmo (traducido en la necesidad de obtener ganancia de la forma que sea) el fin del mundo esta llegando a su fin, entonces es lógico que pensemos en que la destrucción del mundo es inevitable, “inherente a nuestra especie” y que, por lo tanto, discutir sobre la forma en que la humanidad no se acabe es inútil, a pesar de que sepamos que la destrucción esta a tres pasos, y la veamos acercarse a pasos agigantados.
Ese es el contexto que explica que los seres humanos vuelquen su necesidad de empatía hacia los animales pequeños, y que los jóvenes busquen “tribus” e identidades varias que canalicen sus necesidades identitarias, y que nosotros nos dediquemos a discutir sobre la importancia que tiene que unos chicos con mascaras de gatos, perros y cocodrilos hagan diversas performances en una plaza o en la entrada de un restaurante.
Rodrigo Ayala Bluske es cineasta y gestor ambiental.