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En voz alta | 09/02/2026

La ONU y Bachelet

Gisela Derpic
Gisela Derpic
Las atrocidades cometidas en los dos episodios de la Guerra Mundial rebasaron todo precedente. Aquella conflagración se desató sin objetivos concretos en disputa, lo cual borró toda esperanza de un final sobreviniente una vez conseguidos. 

Quedó demostrada la voracidad de la maquinaria de muerte, adosada al incontenible apetito de expansión imperialista, ambos infinitos; tanto que solamente el apocalipsis atómico en su tremenda devastación le puso a la violencia descargada un punto con aspiración a ser final. Siempre con la temible posibilidad de que sea solamente suspensivo. 

El golpe descargado sobre la conciencia del mundo civilizado por la cuantía de los daños humanos y materiales de la contienda fue demoledor. Con sobrada razón, pues, entre la Primera y la Segunda cobraron más de 90 millones de víctimas mortales. Entre ellas una mayoría de población civil inerme; dentro de ella los más de 6 millones exterminados en los campos de trabajos forzados, escenario de ejecución de la llamada “solución final”, destinada a borrar de la faz de la tierra a los judíos y a otras razas y grupos considerados “inferiores” por aquellos que se propusieron un dominio de 1.000 años.

Esas agresiones a la dignidad humana mostraron la razón de la tenebrosa sentencia de Thomas Hobbes: “El hombre es el lobo del hombre”, haciendo sospechar dolorosamente que –como él mismo dijo– la única igualdad entre los hombres es su potencialidad homicida. 

Entre el horror provocado por semejantes desastres se abrió paso la conciencia de que había que comprometerse en “¡nunca más!”, a la guerra total y a la violación de los derechos humanos, se vislumbró la urgencia de construir una barrera suficiente para contener las ambiciones y resguardar la paz y la dignidad humana del fenómeno totalitario. 

Pero hubo una deficiencia de fondo: ese fenómeno fue identificado a medias. Los ojos de los líderes del mundo libre se posaron tan sólo sobre su versión alemana, pasando desapercibida la soviética. Esto como efecto simple y llano de la diferencia entre ser vencido o vencedor.   

En medio de una combinación de honestidad e hipocresía, de compromiso y disimulo, los estados reunidos en la sociedad de naciones decidieron que había llegado el momento de poner en pie un muro de contención institucional de naturaleza moral que impidiera que un horror así volviera a suceder. A la cabeza de esa iniciativa estuvieron los vencedores, habiendo compartido escenario EEUU de Norteamérica y la URSS. Por detrás de ellos 49 Estados. 

Estamparon sus firmas lado a lado el 24 de octubre de 1945 y se fundó la ONU. Del 20 de noviembre de ese año y hasta el 1 de octubre de 1946 se juzgó a los criminales de guerra nazis en Núremberg. El 10 de diciembre de 1948 se aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Había nacido el “sistema internacional de protección de los derechos humanos”.

Nació con pecado original: la presencia soviética tiñendo de la sangre que chorreaba de la maquinaria de muerte totalitaria. Qué lástima que Eisenhower y su alto mando militar no escucharon la recomendación del general Patton para continuar la ofensiva hacia el Este y liquidar al estalinismo. Todo llegó hasta el reparto del mundo entre las dos potencias, capitalista y socialista. Llegó la Guerra Fría y la brutalidad comunista contra millones de personas paso a segundo plano. 

Esa mancha de origen no desapareció; al contrario, se convirtió en un boquete de penetración sistemática de los enemigos de la libertad y la dignidad humana, a través del despliegue de una estrategia diseñada y aplicada según la experiencia totalitaria acumulada desde 1917. Las líneas de acción de tal estrategia fueron la conformación de redes de apoyo a través de la propaganda, la adulación, el chantaje y la corrupción, así como la infiltración de sus militantes y aliados en los órganos del sistema internacional. 

La recurrencia de la condena a Israel por sus acciones en Palestina y al supuesto “bloqueo” norteamericano a Cuba, paralela al silencio por al terrorismo fundamentalista islámico y a las violaciones a los derechos humanos por la dictadura militar cubana, son algunos de los resultados de tal acontecer. 

Igual que la incorporación de representantes de países alineados con el totalitarismo en los órganos basados en la Carta de la ONU, como el Consejo de Derechos Humanos y la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, y los creados en virtud de los tratados internacionales, como el Comité de Derechos Humanos y el Comité contra la Tortura donde la dictadura militar cubana ha temido participación.

No sólo allí. Con mayor fuerza en cuanta estructura técnica del sistema les fue posible perforar. Desde allí se manipulan informes, debilitándose aún más la eficacia de una institucionalidad moral carente de fuerza coercitiva. 

La postulación de Michelle Bachelet, encubridora de los crímenes de las dictaduras socialistas del siglo XXI a la Secretaría General de la ONU es el síntoma final de su descomposición. 

Gisela Derpic es abogada.


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