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En voz alta | 26/01/2026

Derrota a los bloqueos

Gisela Derpic
Gisela Derpic
El debate abierto por las iniciativas legislativas para incorporar como un nuevo tipo penal a los bloqueos de caminos es crucial. Por de pronto, pone en evidencia los bríos renovados de los promotores de tales acciones llevadas a cabo otra vez apenas hace unos días. 

Previsible, dado que se salieron con la suya asestando un golpe muy duro a la deseable reposición del Estado de derecho en el país. Esto es que todos, sin excepción, actúen en sujeción a las normas bajo pena de sufrir las consecuencias legales en caso contrario. En otras palabras, parafraseando a la señora Patricia Bulrich, exministra de seguridad y ahora senadora de la república Argentina: “Quien las haga, las pague”. 

Esos autores intelectuales del estropicio son los traficantes del sindicalismo corrupto, mercenarios del autoritarismo masista, son beneficiarios de las redes de corrupción que implica la percepción de ingentes recursos económicos provenientes de los aportes obligatorios que mensualmente son descontados a los afiliados sin haber sido consultados, ni para haber sido afiliados ni para sufrir tales descuentos. 

Esos personajes oscuros ya anunciaron su decisión de luchar contra lo que llaman una medida destinada a coartar el derecho a la protesta en caso de ser promulgada la ley que convierta a los bloqueos en delitos. Son los nuevos voceros de los viejos discursos, cantos de sirena del socialismo del siglo XXI amenazando nuevamente.

Tal encrucijada obliga a una reflexión que no quede en la superficie y lo coyuntural, sino que se interne en las profundidades de la cuestión y derive en algunas claves necesarias para orientar el camino a seguir en adelante. 

A tal efecto, bien vale la pena empezar por el principio y esclarecer qué quiere decir la palabra “bloqueo” en general.

Según el diccionario de la RAE, un bloqueo es la acción y el efecto de bloquear. El detalle de sus sinónimos ofrecido por la misma fuente contribuye a precisar mejor su significado: obstrucción, atasco, aislamiento, incomunicación, asedio, cerco, sitio. 

Tales datos dejan claro que la palabra “bloqueo” es un sustantivo de aquellos que, en sí mismo, tiene connotación negativa, sin que en caso alguno pueda ser benéfica. Un bloqueo, por tanto, siempre acarrea efectos dañosos. 

Hay bloqueos de las arterias, de los riñones, de las vías biliares; del comercio, de las puertas, de los teléfonos, de la conexión a Internet y, por supuesto, de las vías de transporte, de los caminos.

Un bloqueo puede obedecer a distintas causas: naturales, orgánicas, técnicas y humanas. En este último caso, asociado a chantaje, como medio para obtención de algo. En especial en el ámbito político, dentro del cual el bloqueo de caminos fue propugnado por el maoísmo como método de lucha propio del campesinado. ¿Derecho a la protesta? ¡No! Táctica bélica abusiva. 

No es todo. Hay otro bloqueo potencialmente peor del que no se suele hablar: el bloqueo mental, el de las ideas, resultado del adoctrinamiento y de la impostura, del empecinamiento y del autoritarismo como rasgos culturales. Expresión fáctica de “le meto nomás”, “por las buenas o por las malas”, “hasta las últimas consecuencias”, “victoria o muerte”. 

El alimento de esta forma de bloqueo es, siempre, la ideología propagandizada a gran escala y convertida en bizarro contenido escolar. 

En el caso boliviano, aquella que asume que la culpa de sus males, sin excepción, es de otros: que los indígenas vivían en el paraíso cuando llegaron los infames conquistadores para arruinar su vida idílica; que el mundo entero tiene deuda con el país porque se llevó su riqueza sin haber pagado nada por ella; que las regiones atrasadas lo son por culpa de las pujantes; que la bonanza de unos es la única y directa causa de la pobreza de otros; que  el Estado tiene que solucionar todos los problemas de la gente, incluso de los más íntimos y básicos; que la justicia para los mercaderes de la pobreza es su impunidad. 

Sí. Como ilustra lo que dijo una vez una dirigente de mujeres en un taller respecto de la basura tirada por las calles y avenidas de Potosí: “Es por culpa del imperialismo yanqui”. 

O la respuesta a coro de muchos estudiantes de derecho respecto del sujeto que tiene el deber de manutención y protección de los niños: “El Estado”. Suficiente demostración del grave bloqueo mental que campea en Bolivia. O el dislate de un diputado del norte de Potosí hace más de 20 años, cuando se lamentó de que en su municipio no hubiera una carretera asfaltada de primer nivelo para bloquear. 

Sobre tales antecedentes, una convicción es la urgente necesidad de derrotar a los bloqueos de caminos; sin embargo, apareja otra, la necesidad de derrotar al bloqueo mental que yace en el fondo como causa principal de una práctica abusiva y perniciosa, cuyos resultado es la depauperación integral de la vida social en el país. 

Si no se va por ese camino, promulgar una ley puede reducirse a motivo de otros bloqueos que terminen en una nueva victoria de la insensatez, con segura abrogación. 

Gisela Derpic es abogada.


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