Circulan nuevos aires en el ambiente de este fin/inicio de año. Son refrescantes cual brisas generosas que alivia un verano inclemente azotado por la falta de lluvia que abochorna.
Se abren paso entre la fosca maloliente que invadió esta tierra, de a poco y sin cesar hasta impregnarlo todo, trocando el día en noche sin luna. Sí, pero la fetidez todavía está aquí, atrincherada en reafirmación de su negativa a terminar su señorío oscuro y arrinconarse de una vez. Se resiste manteniendo sus vestigios de distinto grado, sin remedio.
El camino para recorrer se hace largo y es mucho el tiempo para ganar hasta que predomine el oxígeno que confinó la caterva abusiva. Hasta que avance y alcance los más lejanos y pequeños rincones del territorio, expandiéndose vivificante. El secreto del éxito en tal empresa es disponerse al esfuerzo, la perseverancia y la paciencia ineludibles, aceptando que así tiene que ser, pues los sortilegios son placebos y las varitas mágicas no existen.
Es que el escenario de la aventura humana, aquí y allá, ayer, hoy y mañana, está marcado por la inevitable coexistencia, terrible y portentosa, de la contradicción y la complementariedad de los opuestos, por angas y por mangas.
Habitación de perenne compañía por la victoria de la unidad sobre la lucha de los contrarios, según explican los avances de la física, nada más y nada menos, extrapolados a todos los ámbitos. Por eso en materia de interrelación humana la democracia es siempre la única salida.
De un lado, las señales de esta complejidad inherente a la experiencia de los hombres se revelan novedosas y gratificantes, en detalles como estilos olvidados de ejercicio de gobierno, con autoridades y funcionarios de rostros que se muestran de frente, que miran a los ojos dejando aflorar intenciones y seguridad respecto de lo que les toca hacer. Son personas de bien, de trato afable pero firme que parecía haberse extinguido desde que se impuso el programa del odio, el resentimiento y la confrontación.
Después de dos décadas, muchos de quienes tienen autoridad parecen demócratas, vocablo aplicado sólo como adjetivo, por si acaso la tentación totalitaria pretenda derribar las barreras de sus escrúpulos morales, la noción cabal del servicio público. Algún día podremos aplicarlo como sustantivo, cuando todos sean demócratas… ojalá pronto.
Enfrente permanecen las señales opuestas del pasado a derrotar, variopintas y a cual peor, como el segundo a bordo, y en aquellos que se llenan la boca con retahílas cansinas sobre los pobres, pretexto de su enriquecimiento ilícito. El colmo es el prófugo de la justicia por delitos sexuales contra niñas lanzando a voz en cuello instrucciones a su esmirriado escuadrón de malhechores, ansioso de volver.
El pasado está también en los privilegiados con hiper sueldos a cambio de ningún trabajo; en los declarados en comisión dedicados a impedir a la gente que viva en paz mientras ellos se embolsillan el producto de un sindicalismo fascista, dinero arrebatado a “sus bases”, coactivamente.
Se hace presente en la imagen del cadáver del sistema político fagocitado por miles de gusanos hambrientos, candidatos a cualquier cosa sin el cumplimiento de algún requisito de calidad, clientes del lupanar de las agrupaciones y dizque partidos, venenos de la política de verdad. Son contados aquellos que no participan del nauseabundo festín; esos que merecen el voto ciudadano, que ojalá lo tengan.
Pero pese a todos los resabios del oprobio que se quedarán para recordar los errores de acción y omisión cometidos, es evidente que la disipación del desastre que hundió al país ha comenzado y de a poco vamos saliendo del foso sin fondo, único derrotero de esos saltos imaginarios al paraíso de la igualdad que al final operan como potentes excavadoras diseñadas con el fin de abrir inmensos huecos y taparlos después para enterrar allí la verdad, la indignación, la rebeldía y la esperanza. Con las vidas de la gente destrozadas, objetiva y subjetivamente.
El nuevo tiempo se patentiza en la verdadera Bolivia profunda: la ciudadanía comprometida con la verdad, con la sensatez, con la apuesta por lo que cada uno es capaz de hacer si se le deja, en ejercicio pleno de sus derechos a la vida, la libertad, la propiedad, a condición de no ponerle piedras en su camino y de garantizar su dignidad. Dispuesta al sacrificio para levantarse, al respeto y a la solidaridad con los otros, a la defensa de sus derechos ante el atropello del poder.
Tiene como precedente de alta significación política la decisión de soportar los sacrificios para salir de la crisis a condición del fin de la impunidad de los vagos y malvivientes, mercaderes de la pobreza y traficantes de la mentira populista autoritaria.
El nuevo tiempo que comenzó fue gestado con el “¡Bolivia dijo NO!”. Lanza un nuevo desafío, de mediano y largo plazo, sobre los despojos del sistema político, cuando la pestilente fauna cadavérica termine su macabra función y muera también, los ciudadanos demócratas construiremos otro, el renovado que merecemos para hacer grande al país.
Gisela Derpic es abogada.