Me pregunto por qué las elecciones que acaban de pasar fueron tan apáticas. No voté porque vivo fuera del país; de haber estado en La Paz, lo hubiera hecho sobre todo para evitar sanciones, como una obligación, cero entusiasmo. Qué difícil decidir cuando todo el panorama político es gris.
Pueden surgir varias interpretaciones y habrá que ver los datos oficiales de participación, pero me queda claro que parte del eco del fracaso del masismo se refleja en que se llevó todo al barranco, hasta el interés en la política. El desencanto parece haberse expandido.
Por mi parte, espero poco de candidatos y campañas. Casi no revisé medios, nada capturó mi atención, discursos viejos, candidatos cansados, proyectos paupérrimos. En fin, una triste radiografía de la política en esta temporada.
Aún frente a ese escenario desolado, me atrevo a soñar lo que quisiera, pensando sobre todo en La Paz. Anhelo una ciudad que cambie dos dinámicas hasta ahora nefastas: la relación con la naturaleza y el principio de movilidad.
La Paz es una ciudad de agua (ríos y vertientes) y montañas, ambas sistemáticamente destruidas. Las vertientes las fueron secando o fueron mal aprovechadas, los ríos fueron vistos o como basurero o como amenaza. Se los ocultó –los entubaron–, se construyó avenidas encima, se los contaminó con materiales tóxicos hasta convertirlos en concentrados de olores asquerosos.
En vez de sacar provecho del regalo que es tener una urbe rodeada de agua –que en su origen es cristalina–, construir parques y diversiones integrándola a la vida diaria, fomentando que la población la disfrute y la convierta en parte de su esparcimiento, se prefirió someterla, ensuciarla, desperdiciarla, enterrarla para que por encima pasen más autos.
Lo propio con las montañas. Se aplanaron tantas, vimos año tras año cómo los tractores hacían desaparecer paulatinamente hermosos paisajes para construir casas y edificios. El ladrillo y el cemento sustituían lo que el viento y la lluvia habían esculpido en milenios. Podríamos tener envidiables parques protegidos en cerros cercanos, paseos, miradores, entretenimientos.
En suma, podríamos ser un ejemplo de ciudad que disfrute de su agua y de sus montañas, un modelo de relación con la naturaleza que se beneficia del envidiable regalo de su entorno natural.
Sé que no somos los únicos. Ciudad de México destrozó toda fuente acuífera, los canales y los lagos, y ahora sufre por falta del líquido vital; Chicago contaminó su río por décadas hasta que decidió recuperarlo, lo propio París y muchas otras metrópolis. Algunas ciudades, gracias a que discutieron el problema en su agenda pública, lograron revertir el proceso catastrófico.
Y paso al segundo eje: la movilidad. Más allá de mi pasión personal por la bicicleta, definitivamente creo que sólo poniéndola en el centro se podrá pensar la movilidad de otro modo. Podríamos ser un pueblo bicicletero ejemplar, que combine de manera eficaz e inteligente el transporte colectivo con el desplazamiento pedaleando, lo que beneficiaría a la salud, al tráfico y al entorno.
Hace poco la ex alcaldesa de París Anne Hidalgo dejó el cargo luego de más de una década en ejercicio. Sus resultados son sorprendentes: su legado es una ciudad verde, con parques y plazas, desplazamientos cortos de 20 minutos, calles peatonales cómodas y seguras, con árboles por todo lado, con kilómetros de ciclovías que convirtieron a la bicicleta en el principal transporte urbano. Un pueblo bicicletero a escala humana. Tuvo resistencias, críticas, burlas, sabotajes. Pero lo logró. No faltará quien diga: “París no es La Paz”, y es cierto: La Paz tiene todavía más condiciones naturales para lucir su belleza y aprovecharla para una mejor vida de todos quienes habitan esta maravillosa ciudad.
Decía que no escuché en los candidatos un plan urbano que retome estos temas. Todo indica que seguiremos la inercia: más autos, más tráfico, más avenidas sobre los ríos, más cerros destruidos. El progreso, lo llamarán muchos. La destrucción de una buena manera de vivir, diría yo. Triste. Ojalá me equivoque.
Hugo José Suárez es sociólogo, investigador de la UNAM.