Durante años se observa cómo la izquierda (caviar) latinoamericana perfeccionó el arte de la distracción ideológica. El discurso antiimperialista, lejos de ser una herramienta de liberación, se ha convertido en un sofisticado mecanismo de justificación de la tiranía de sus acólitos, un escudo que protege a los verdugos mientras victimiza a los pueblos.
La reacción de la izquierda globalista (particularmente) ante la extracción de Nicolás Maduro fue una coreografía perfectamente previsible. Histeria selectiva, victimización del tirano y apelaciones desesperadas a una soberanía que nunca defendieron para los ciudadanos venezolanos, solo para su verdugo.
De un día para otro, quienes callaron ante las ejecuciones extrajudiciales, la tortura sistemática, el hambre inducida y los crímenes de lesa humanidad documentados por la ONU, convirtieron al propio Maduro en un “presidente legítimo” y en un mártir de una conspiración imperialista.
La narrativa fue automática, secuestro, violación del derecho internacional, agresión al pueblo venezolano. Ni una línea, ni una palabra, ni una mínima alusión a las víctimas reales, los presos políticos (torturados y ejecutados de formas que ni la mente más retorcida pudiera imaginar), las madres de los jóvenes asesinados en protestas, los millones de venezolanos expulsados de su patria por el hambre y la represión.
Peor aún, los mismos gobiernos y voceros progresistas que jamás se indignaron frente a los informes de la ONU, que describen crímenes de lesa humanidad en Venezuela, se declararon de pronto guardianes del derecho internacional y de la paz mundial. Cancillerías alineadas con el Grupo de Puebla y el Foro de Sao Paulo emitieron comunicados inflamados contra EEUU, la OTAN o el imperialismo occidental, pero evitaron deliberadamente mencionar la palabra “dictadura” para referirse al régimen que Maduro encabezó.
Intelectuales orgánicos, académicos militantes y opinadores profesionales inundaron medios y redes hablando de “precedente peligroso” y “ataque a la autodeterminación”, como si Maduro hubiera sido la expresión genuina de un pueblo libre y no el producto de elecciones fraudulentas, aparato represivo y control mafioso del Estado. Su mensaje de fondo fue execrable, la soberanía no es del pueblo venezolano, sino del aparato criminal que lo esclaviza. El crimen no es matar, torturar y exiliar a millones, sino atreverse a tocar al jefe de la banda.
Estos espacios no buscan el diálogo democrático, sino la coordinación de una estrategia regional para defender regímenes totalitarios bajo la falsa bandera de la "soberanía". Cuando el Grupo de Puebla se reunió en Bolivia, en marzo de 2024, la agenda oficial era financiera, pero el verdadero propósito se sospecha que era unificar esfuerzos para proteger a Evo Morales de procesos judiciales. La solidaridad horizontal que proclaman no es más que un pacto de impunidad mutuo, pero además cuentan con financiamiento (y bastante), seguramente hasta los más ingenuos deducirán de donde provienen esos recursos.
En Bolivia, mientras se machacaba con el discursillo antiimperialista, el crimen organizado tejió una red de alianzas que desmiente cualquier pretensión de independencia. Como nunca, el régimen saliente bajó el espinazo, pero los cipayos siempre son los que no condicen con su falsa moral e inexistente ideología.
A quién le cabe en la cabeza el acuerdo militar con Irán, firmado en julio de 2023, el cual establecía cooperación en defensa y seguridad, ignorando que este régimen teocrático aplica la pena de muerte a homosexuales, persigue y extermina a mujeres que se niegan a usar el velo y financia el terrorismo internacional; pero de eso la progresía globalista no dice nada, el lobby LGTB mutis, tampoco se vio ningún colectivo feminista repudiar semejantes atrocidades que se perpetran a diario y forman parte de la cotidianidad.
Su foco de atención son los crímenes en Palestina (absolutamente repudiables), pero silencio total en contra de China, que perpetra hace años crímenes de lesa humanidad contra los uigures en Xinjiang. Ahí, la izquierda antiimperialista, sobre todo latinoamericana, mantiene un silencio cómplice tan ensordecedor que roza en lo obsceno.
Desde 2017, el gobierno chino ha detenido arbitrariamente a más de tres millones de uigures en campos de concentración, donde padecen adoctrinamiento político, tortura sistemática, esterilización forzada, trabajo esclavo y violación de su libertad religiosa, pero claro, ahí cierran los ojos. En realidad, estas corrientes de la progresía globalista, en las que Bolivia está inserta, no son antiimperialistas; son antioccidentales. No defienden la soberanía de nadie, sino que sustituyen una influencia por otra mucho más autoritaria y corrupta.
La Misión Internacional de la ONU para Venezuela documentó miles de muertes por fuerzas de seguridad, ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas y torturas sistemáticas que constituyen crímenes de lesa humanidad. En Nicaragua, la ONU ha exigido que Daniel Ortega y Rosario Murillo rindan cuentas por ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas y torturas. Y de Cuba ni qué se diga, no alcanzarían ni mil artículos como preámbulo para describir esa barbarie, pero los progres enaltecen esos regímenes.
Esta hipocresía alcanza su cenit en Bolivia, mientras el gobierno de Morales/Arce condenaban el imperialismo yanqui abrazaban otro eje, igual de imperial, recibiendo vacunas rusas, dinero chino y asesoría militar cubana, venezolana e iraní. Mientras criticaban el intervencionismo, el Grupo de Puebla intervenía abiertamente en los procesos electorales y la política interior.
El antiimperialismo latinoamericano ya no es una ideología; es una estafa. Una estafa que permite a líderes progresistas, intelectuales y pseudosocialistas justificar la miseria, la represión y la corrupción, mientras, sin el menor rubor, acumulan poder y riqueza.
Es patético ver que desprecian la cultura occidental, pero les encanta vivir como burgueses occidentales. Aman el dinero y amasar fortuna es su verdadera razón de ser, lo cual no es malo; lo malo es que lo nieguen y combatan, al mismo tiempo, un contrasentido existencial: se llama hipocresía. Una estafa que vende la soberanía a potencias autoritarias mientras declama independencia. Una estafa que permanece en silencio ante crímenes de lesa humanidad cometidos por sus aliados, pero clama justicia cuando sus intereses están en juego.
La progresía globalista no ha traicionado sus propios valores, en esencia quizás nunca los tuvo. No defiende a los oprimidos; defiende a los opresores. No busca la justicia; busca la impunidad. No construye soberanía; construye dependencia. El antiimperialismo murió hace tiempo. Lo que queda es una máscara ideológica que oculta la más profunda de las hipocresías.
Franklin Pareja es cientista político.