Me resulta poco serio evaluar un gobierno que acaba de cumplir 100 días de gestión (5 % del periodo constitucional). Claramente, es más un ardid sensacionalista que una realidad objetiva. No obstante, casi todos se han dedicado a realizar la mentada evaluación.
A las autoridades se las ve algo triunfalistas; algunos analistas abrigan un cierto optimismo moderado. Una corriente de opinión siente que el país es diferente, que lo que viene podría ser cada vez mejor. Frases como 50/50; Bolivia al mundo, el mundo en Bolivia y otras más, no suenan, retumban. En contrapartida, otros, con más escepticismo que ilusiones, consideran que las cosas en esencia no han sufrido cambios profundos, tampoco estructurales y no avizoran un panorama tan halagüeño.
¿De donde proviene esta cifra mágica o cabalística?. Fue Hernán Siles Zuazo, expresidente de Bolivia, quien, probablemente, en un arranque de emoción carente de reflexión, hizo esa promesa emblemática el 10 de octubre de 1982, en un multitudinario discurso en la plaza San Francisco de La Paz. En un contexto de crisis económica extrema, se animó a declarar que en "100 días" aliviaría la situación económica mediante la lucha contra la corrupción y ajustes estructurales.
Pasaron 100 días, no solo hubo cambios, también quedan asignaturas pendientes. El primer cambio profundo es el cambio de eje. Nos distanciamos del club de los autócratas y totalitarios para alinearnos a occidente, no es una cosa menor. Sin un realineamiento geopolítico, los organismos multilaterales, que en esencia son corporaciones de poder económico y también político (sobre todo político), no habrían de ningún modo desembarcado en el país con tanto entusiasmo y proactividad.
Los cambios globales también se sienten en Europa, Asia, África y, por supuesto, en Latinoamérica. Por eso, pensar que lo que pasa en Bolivia es producto de un cambio de gobierno es no entender que esto forma parte de un nuevo tablero mundial, más ecléctico y diverso, que no solo involucra Estados; su composición incorpora actores no estatales (corporaciones) que en muchos casos superan el poder de los Estados mismos.
En segundo lugar (aunque extrañamente casi nadie dice nada al respecto), hubo una cumbre por la Justicia, realizada en Sucre, el 14 de noviembre de 2025, que convocó a cientos de representantes de todo el país para impulsar la reforma del sistema judicial. Fue algo así como la piedra fundamental de un proceso largamente añorado, pero preguntémonos ¿en que quedó la reforma del sistema judicial?
Cualquier reforma estatal, en todas sus áreas y dimensiones, no será creíble ni efectiva si no se trabaja en aquello que Bolivia nunca tuvo: un sistema judicial medianamente probo.
A diario escuchamos que el gobierno es una máquina recicladora de masistas, lo cual en cierta medida es verdad, pero más allá de esa situación, para salir del “Estado tranca” se debe trabajar en la mayor tranca; es decir, el sistema judicial corrupto e inservible. Penosamente, no se volvió a escuchar nada al respeto.
En tercer lugar, el ambicioso 50/50 parece una utopía. Evidentemente no es una tarea fácil, requiere una arquitectura jurídica y económica diferente, eso conlleva tiempo y recursos, sobre todo lo último.
Lo dije por activa y por pasiva en varios artículos, si en esta gestión se logra al menos el despegue de las autonomías será un gigantesco cambio para el país, no un mero suceso coyuntural.
La emergencia del auténtico poder regional podría romper definitivamente con el perverso centralismo y presidencialismo. A futuro, tendríamos un Presidente con poderes limitados y no un cuasi emperador con poderes ilimitados, porque, en definitiva, las autonomías se expresan en la desconcentración del poder y la descentralización fiscal, algo hasta ahora tutelado y neutralizado.
Esta asignatura aparentemente está en marcha, pero su materialización no será obra de un gobierno; requerirá de un gran consenso político y regional. A la fecha, los avances aún son exigüos.
En cuarto lugar, “Bolivia al mundo, el mundo en Bolivia”, quizá sea uno de los pilares más trabajados. Un país aislado y fagocitado por lo peor del vecindario no es fácil de recomponer. Este aspecto requiere una visión de Estado de alto calado. Quizás en este plano, el Presidente hace un trabajo a pulso, muy pragmático, aplica la “diplomacia directa” (me recuerda a Jaime Paz).
El restablecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos y Chile son la nota diferenciadora inmediata, dado que el anterior gobierno omitió todo contacto con el primero y puso un candado en la CPE con el segundo.
Cabe aclarar que para restablecer relaciones diplomáticas plenas con Chile no se puede ignorar el artículo 267 de la Constitución, que establece que el tema marítimo es irrenunciable. Qué dirá Chile cuando planteemos una agenda que incorpore el tema marítimo después de haber perdido catastróficamente el juicio en la Corte Internacional de Justicia en La Haya. En fin, las relaciones exteriores son aparentemente uno de los aspectos más trabajados hasta el momento, aunque falta mucho.
En quinto lugar, es evidente que las medidas más valoradas por propios y extraños son el haber levantado parcialmente la subvención de los hidrocarburos, estabilizar el tipo de cambio y mejorar la calificación de riesgo país, pero para atraer inversiones falta mucho.
Restituir la ansiada seguridad jurídica y el respeto a la propiedad privada no será suficiente. Bolivia precisa además de lo citado una política de incentivos que haga de nuestro país un espacio atractivo para las inversiones. Muy poco sucederá si no se comienza por la reforma del artículo 320 de la Constitución, porque nadie en su sano juicio invertirá en un país tan inestable, y peor si se tiene que someter a la jurisdicción y leyes bolivianas.100 días son quizás poco para unos o mucho para otros, pero en lo que sí coinciden todos es que el gobierno, en tan poco tiempo, haya sufrido un duro golpe en su representación parlamentaria. La gobernabilidad está literalmente en peligro y podría afectar la gobernanza.
De hecho, para aprobar el paquete de leyes orientadas a la reactivación económica el camino se ha complicado; sin embargo, para que el mismo paquete logre efectividad y consolidación requerirá modificaciones constitucionales que solo se logra mediante dos tercios de los legisladores.
Este aspecto está deteriorado. Hasta aquí la música suena bonito, pero si el gobierno no trabaja con urgencia para recomponer su cohesión interna y ampliar su espacio de alianzas, la música empezará a desentonar y chirrear. Dicho esto, si las cosas se recomponen con sentido de oportunidad, es vital el establecimiento de una agenda nacional multipartidaria, intersectorial y multinivel sobre acuerdos mínimos orientado a las reformas estructurales urgentes; caso contrario, habrá que invocar un triste consuelo: faltan 1.725 días.
Franklin Pareja es politólogo.