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Políticamente in-correcto | 06/02/2026

El ocaso de los villanos, ¿les importará?

Franklin Pareja
Franklin Pareja
Lo único seguro de una autoridad es que algún día será una exautoridad. Últimamente veo que algunas han desaparecido y otras están siendo buscadas principalmente por delitos de corrupción. Idealmente, las personas otrora poderosas deberían poder salir a la calle sin causar sensaciones vomitivas o escatológicas adonde fueren. No obstante, hace algún tiempo, muchas exautoridades escapan porque son conscientes de lo que hicieron y prefieren rehuir la censura y el murmuro circundante. 

El poder sin virtud es arena entre los dedos, algunos tiranos ya no podrán ni siquiera rehuir. Nicolás Maduro, otrora voz estruendosa del "socialismo del siglo XXI", yace hoy en un recinto penitenciario estadounidense, y el silencio que lo rodea resulta ensordecedor. Luis Arce Catacora, expresidente boliviano detenido en diciembre de 2025 por presunta corrupción en el caso Fondo Indígena, pasó de ocupar titulares a convertirse en una insignificante nota al pie de página en la historia de Bolivia. 

¿Que tienen en común estas dos exautoridades?: están solos, nadie los extraña. Paradójicamente, en el caso de Luis Arce, hasta hace poco, su entorno de “llunkus” bramaba desafiante: “¡Lucho no estás solo carajo!”. En Venezuela, la circunstancial presidente Delcy Rodriguez dijo irónicamente: Venezuela ha “madurado”. 

La indiferencia popular hacia estos sujetos no es casualidad ni crueldad colectiva, es hartazgo, decepción, y quizás una fuerte dosis de rabia e indignación. En esa misma línea, el otrora "líder indígena continental" es ahora mismo un amasijo de nervios cuyo estatus es de un vulgar prófugo de la justicia, sus exadláteres lo abandonaron. Gobernó durante tres periodos consecutivos (2006-2019), ahora enfrenta una orden de captura por presunto delito de estupro (se llama a si mismo, perseguido político). 

Otro del mismo fuste es Rafael Correa (expresidente del Ecuador), desde su exilio dorado en Bélgica, donde obtuvo asilo político para evadir una condena de ocho años por cohecho, observa cómo Ecuador se prepara para desmantelar la Constitución que él mismo proclamó "duraría 300 años". Su inhabilitación política de por vida y la pérdida de su sueldo vitalicio como expresidente constituyen el epitafio de una era que él creyó inmortal.

Pero el cuadro de tiranos no termina ahí, en Nicaragua, Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo gobiernan bajo un cerco internacional cada vez más asfixiante. La Unión Europea ha extendido hasta octubre de 2026 las sanciones que incluyen congelación de activos y prohibiciones de viaje contra varios funcionarios del régimen. El Parlamento Europeo ha instado a promover investigaciones ante el Tribunal Penal Internacional, mientras el régimen continúa revocando nacionalidades y expulsando opositores.

En Cuba, Miguel Díaz–Canel enfrenta un escenario aún más crítico. La plataforma financiera estadounidense Kalshi, regulada por el Gobierno federal, sitúa en 52% la probabilidad de que Díaz–Canel deje el poder antes de enero de 2027. El propio tirano reconoció en diciembre de 2025 que el PIB cubano decreció un 4%, la inflación se disparó y la economía está prácticamente quebrada. 

Von apagones de hasta 20 horas, 90% de pobreza extrema y la pérdida de Venezuela como proveedor de petróleo tras la captura de Maduro, el régimen castrista tambalea y esta vez ni Rusia y China parecen interesados en apoyarles.

En contraste (luminoso), Luis Lacalle Pou concluyó su mandato presidencial en Uruguay en marzo de 2025 con un 58% de aprobación ciudadana, constituyéndose en el segundo presidente uruguayo en completar su período con indicadores tan favorables desde el retorno democrático. 

Ni qué decir del gigante Nelson Mandela (Sudáfrica), el prisionero de Robben Island que transformó su cautiverio en símbolo universal de dignidad y que continúa inspirando a la humanidad décadas después de su muerte. 

Mandela dejó una nación reconciliada; Lacalle Pou, instituciones intactas y una democracia vigorosa. Maduro deja a Venezuela destrozada; Arce, a Bolivia fracturada; Correa observa desde Bruselas cómo su legado constitucional será probablemente desmantelado; Morales vaga prófugo por el Chapare; Ortega envejece bajo sanciones internacionales; y Díaz–Canel atraviesa una crisis que presagia su fin.

Al final del día, las exautoridades que salen a tomar un café sin recibir el desprecio popular y que probablemente hayan dejado algo digno de recordar, se podrían catalogar como una especie en extinción. Otras, huyen como ratas, aunque probablemente no les importe, al fin y al cabo el desprecio a su inmoralidad será solapada (compensada) por su riqueza. 

La patología social está en la ausencia de moral, cada vez más personas piensan que su valor es secundario si el éxito viene en color verde. Que los moralistas sigan tomando café, y así nos va: estancados “ad infinitum”.

Franklin Pareja es cientista político.



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